Viernes creativo: escribe una historia

Hoy os invito a nadar en la historia que os sugiera esta imagen de Fernando Ramos.

Fernando Ramos 2

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20 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Ese segundo en que se encoge el cuerpo entero, la piel se eriza, y los ojos se abren a una realidad que es imposible de retener, bajo el agua. Ese segundo en el que el calor de la cama se sublima y se convierte en frío húmedo. Ese frío que te paraliza la respiración y te hace boquear como salmón nadando contra corriente. Ese segundo en el que dejas de ser sirena, no eres más humano y eres sólo ballena. Ése, es el segundo que recuerdo cada segundo desde el segundo en que me dijiste hola por primera vez.

  2. El día que soñé que soñaba que el amor era el agua desplazada por el salto de la ballena en el mar de mi esperanza; ese día empecé a distinguir con claridad, inventando un sueño que se podía vivir, aquello que me dijiste, aquella revelación que, tras tu primer beso, todavía hoy me estremece y amenaza.

  3. Renato aseguraba, convencido, que había visto pájaros volando y peces en el mar. Se lo decía a todo aquel con el que se topaba. Todos le llamaban “el loco”, para abreviar, puesto que el mote con el que lo bautizaron, exactamente, era el de: “El loco que ve cosas donde nunca están, ni estuvieron, ni estarán, en el universo conocido o por conocer”. ¿Comprendéis, ahora, por qué se le solía llamar, simplemente, “El loco”?
    Pero, muy pronto, tuvieron que admitir que estaba del todo cuerdo, cuando los pájaros dejaron de nadar y los peces, con la majestuosa ballena al frente, vieron la ventaja de estar bajo el agua y echaron, con cajas destempladas, a los pobres inquilinos, de su hábitat.
    Renato es, actualmente, el alcalde del pueblo.

  4. La ballena (II)

    A las ballenas no les gusta que las encuentres, se vuelven esquivas, saltan. Hacen lo contrario de lo que creías que harían. Si buceas para ver cómo una de ellas coge agua, sacas la cabeza para ver cómo la expulsa, ese géiser en mitad del océano, entonces ella despliega sus aletas y desaparece de tu vista, echa a volar. Y buscas bajo el agua pero no ves nada, está borroso. Como todo lo que miras de frente. Como la vida.

  5. Rutina
    Ella soñaba que algún día podría ser libre, sin las ataduras del día a día. Soñaba en alzarse y volar, en sumergirse y escuchar el silencio… sus pensamientos.
    Como cada mañana, allí estaba, frente a su vida. Despierta. Como cada día afrontaba una jornada más de rutinas. Siempre se prometía que en el próximo amanecer tendría el valor de escapar a su sueño.

  6. MÍRAME

    No sé qué tienen tus ojos que, cuando me miras, me siento menos vulnerable. Olvido todos mis complejos, puedo enfrentarme a todo e incluso me desprendo de la soledad que pesa sobre mis manos. Abandono la gran ballena que me ahogaba y emerge la sirena que dormía dentro de mi letargo. Ahora, tú, con tu mirada la has despertado.

    Nada volverá a ser lo mismo, me has enseñado que soy capaz de andar el camino, sola o a tu lado. Has logrado que la vida ya no me asuste, que pueda volar sin miedo a que me hagan daño.

  7. Intimidaciones

    Siempre has hecho el grande. Eres pedante y fatuo, en todo. Has de sobresalir, destacar sobre los demás. Para los que como yo sabemos cómo las gastas, tu forma altiva de llamar la atención, ya está demodé, y no nos afecta.
    Te has burlado de mí como te burlas de quienes son mejores que tú, y más, si hueles el éxito ajeno.
    Vas a caer en picado.
    A mí no me vas a encontrar. En estos años de convivencia que tú has pretendido hundirme, yo he tocado fondo, y he aprendido a nadar en las aguas más profundas.

  8. Manual para salir a flote

    Al principio el agua estará fría y el aire será pesado. Dirás “¡al diablo!” y te sumergirás sin miedo, con ansia. Retendrás oxígeno en tus pulmones. Tu cuerpo se acostumbrará a la temperatura del amor y te convencerás de que puedes nadar de la misma forma que una ballena podría volar. De hecho, nadarás como sólo puede hacerlo quien ha soñado ser una ballena que sobrevuela las aguas. No temerás a las corrientes, el capitán Ahab te parecerá un principiante, las fosas abisales se iluminarán bajo tus brazadas. Bucearás entre delfines y caballitos de mar. Todo cambiará cuando descubras que necesitas respirar, que no puedes sobrevivir a un océano eterno de promesas saladas, que tarde o temprano deberás hundirte hacia la superficie. Y sacarás entonces la cabeza antes de tomar la decisión. Te dirigirás hacia la orilla o dejarás que la corriente te arrastre hacia donde varan los sueños que no se cumplen. Amarás de nuevo o morirás por primera vez. En ambos casos, flotarás.

  9. Billete, por Luciano Doti

    La ballena nadaba en las aguas de la península Valdez. Saltaba para emerger y sumergirse una y otra vez. Sus ancestros habían escapado exitosamente de los antiguos barcos balleneros con base en las Malvinas; ella ya no serviría para elaborar el aceite que alimente las lámparas de una estirpe de piratas. Ahora era monumento natural y hasta había llegado a ilustrar el billete de $200.
    La mujer nadaba en las aguas de la pileta del club. Quería desenchufarse un poco, dejar de pensar durante un momento en los problemas económicos que la estresaban. Sin embargo, pensó que era un mamífero en el agua, y eso la llevó a la ballena y al billete de $200.

  10. Mi amiga la ballena

    —Siéntese, por favor. ¿Es la primera vez que acude a terapia?
    —Es la primera vez que me obligan a hacerlo.
    —Eso no responde mi pregunta, señorita. Para que esto funcione tiene que responder de forma concisa. ¿Es la primera vez que acude a terapia?
    —No.
    —Por lo que veo, no le sirvió de mucho. Persiste en afirmar que tiene como mascota a un cetáceo.
    —Yo no tengo mascotas. Tengo una relación especial con una ballena, con la que tengo el honor y el placer de nadar todos los días.
    —Eso no es posible.
    —Lo que usted diga. ¿Puedo irme ya?
    —Le recuerdo que está aquí por orden de un juez para sustituir la condena impuesta por terapia. No creo que deba recordarle que ha atacado a un grupo de bañistas.
    —Ellos atacaron primero. Yo solo hice lo que tenía que hacer. Proteger a los míos. Los seres que amo. Cualquiera con dos dedos de frente lo hubiera hecho. Pero ellos se libran y yo tengo que hablar con usted qué piensa que estoy loca desde que me senté en la silla. Juzgan sin saber porque tienen la mente estrecha y cuadriculada. Tienen que verlo todo para creerlo y cuando lo ven, entonces sospechan que es falso. Nado con una ballena, la cual me respeta tanto como yo a ella. Y eso es más de lo que puedo decir de los humanos con los que me cruzo a diario. Es mi mejor momento de cada día. Si quiere puede venir conmigo, tendrá que nadar en alta mar, tendrá que dejar los prejuicios y tendrá que ser respetuoso con ella y con el mar. Entonces juzgará si estoy loca o los locos son los que se lo pierden…

  11. SIMBIOSIS

    Cansada de naufragar una y otra vez en mis relaciones, decidí afincarme cerca del mar y dedicarme a explorar sus profundidades. Todos los días salía con mi barca y mi equipo para sumergirme en las cristalinas aguas y fue en una de estas excursiones cuando nos encontramos. Desde entonces, nos hemos vuelto tan inseparables, mimetizamos tanto la una con la otra, que he notado que me están saliendo escamas y día a día me encuentro más a gusto debajo del agua. Esta última semana he logrado respirar ya sin la botella de oxígeno, y ella ha logrado volar sin ningún esfuerzo. La gente nunca creerá que tengo una relación perfecta con una ballena que vuela, pero no insisto, porque no quiero que vengan a nuestra isla y lleguen a ver mis branquias.

    Manoli VF©

  12. Volar
    Alba se arrastra hasta el instituto. De lunes a viernes se cuelga su pesada mochila a la espalda y sale de casa. Sola. Alba da un pequeño rodeo para no encontrarse con nadie; y para que le dé tiempo a terminar su palmera de chocolate. Ya apenas escucha, pero hubo un momento en el que le hacían daño las palabras. Gorda. Vaca. Foca. Ballena. Vas a reventar. Y las risas. En clase se sienta muy cerca del profe y hace que atiende. Aunque vuela. En los recreos ha aprendido a volverse invisible; y funciona. Los martes y jueves va a la piscina. Todavía le sonroja compartir vestuario, mostrar tanta carne. Inspira, espira, inspira, espira… se embriaga de vapor y cloro, del fondo azul de la pileta, y cuando el monitor se lo indica, da un salto y despliega las alas.

  13. Trueque
    Amir siempre había vivido en una antiquísimo caserón victoriano de tres plantas, desde el día que aprendió a dar sus primeros pasitos correteaba entre sus juegos de infancia por el dédalo de las estancias. Sólo tenía vedada la entrada al desván, como precaución permanecía siempre cerrada bajo llave. A sus doce años los numerosos intentos por acceder a ella habían sido infructuosos. Sus ruegos siempre recibían la banalidad de las respuestas esquivas, le contestaba su padre: -Amir, es solo el espacio que resta entre el tejado y la segunda planta, no hay más que un entramado de envejecidos travesaños que cimbrean la techumbre, ni siquiera hay una triste bombilla con la que iluminar sus quebradas sombras.
    El último día de colegio del curso escolar, Amir salió antes de lo previsto de clase, cuando llegó a su casa permanecía en silenció, como si los motores de la vida cotidiana estuviesen detenidos, sus padres estaban fuera en sus respectivos trabajos. Al final del oblongo pasillo por las asustadas escaleras que ascendían al desván vertiginosamente, resbalaba por los peldaños una tenue luz ambarina. Amir subió los escalones de dos en dos y al fondo vio a su abuelo Tareq junto a un extraño artefacto de tonalidad ferrosa.
    -Hola abuelo, ¿pero que es este artilugio? Parece una máquina del tiempo.
    -No es una máquina del tiempo, bajo ningún concepto se te ocurra manipularla nunca, ya sabes que tienes vedado subir aquí arriba.
    -Sí, ya lo sé abuelo, ¿pero dime por favor para que sirve?
    -Es una máquina que tiene el poder de invertir el comportamiento natural.
    -No lo entiendo, ¿cómo invertir el comportamiento natural…?
    – Tiene tres modos de operar: modo animal, modo objeto y modo persona. Si lo ponemos en modo objeto: la luna y las estrellas pueden posarse sobre la laguna de aguas claras .Si lo ponemos en modo animal: una mariposa puede blandir sus alas y explorar las profundidades abisales de la mar y la ballena surcar el cielo azul marino. Si lo ponemos en modo persona: los hombres honrados serán los culpables.
    -Pero abuelo, ¿estás seguro que la máquina no se encuentra en funcionamiento en modo persona?
    j. mariano seral

  14. No me cuenten cuentos
    Traumatizado por los cuentos infantiles, cuando crecí empecé a investigar por mi cuenta, para saber cuánto había de cierto en ellos.
    Uno de los que más me impresionó fue el de Pinocho, sobre todo el suceso de su viaje en la ballena donde iba Gepetto.
    Que a Gepetto se lo tragara una ballena, no sé, no sé, no lo veo claro ya que yo suponía que sólo se alimentaban de placton…
    Pero que Pinocho esperase a que la misma ballena se lo tragara a él… después allí tan tranquilos, hacen fuego, la ballena estornuda… vamos eso no hay cuento que se lo “trague”
    Me parece poco digerible. Con este argumento me sumergí en aguas profundas a ver si pasaba por ahí la dichosa ballena. Pero eso no ha ocurrido y ahora que he encontrado una, esta me esquiva, nada contra corriente o sale volando cuando yo me lanzo a su captura.
    Me temo que no podré desvelar el secreto de este cuento. Mejor me pongo a tostarme bajo el sol.

  15. METAMORFOSIS
    «¿Qué me sucede? Siento mi cuerpo diferente desde la mañana.

    ¿Y esta manera de desplazarme en el fondo del mar? Es extraña, no puedo moverme igual.

    Saldré a la superficie para aclararme y así saber que me ocurre.

    ¡Eureka!

    Fuera del agua vuelvo a ser yo».

  16. MareHada

    Nací con aletas en los pies. Mi madre me dijo que era normal, que durante la gestación le recetaron largos paseos por la playa y baños de agua salada. Quizá esa fuera la razón de desarrollarlas en su útero, donde habité durante doce meses.

    Conforme fui creciendo mi fosa nasal iba menguando hasta quedar reducido a dos orificios que se desplazaron a lo alto de mi cabeza y unas largas barbas comenzaron a asomar en mi mandíbula.

    Nunca pregunté por mi padre, solo me dijo, cuando cumplí los ocho años que un día de marea baja, en la que la luna brillaba de un azul intenso, halló a un hombre varado en la orilla cuyos ojos la embebieron entera y, sin saber como, su piel comenzó a volverse tersa y grasa durante los breves minutos que mantuvieron la vista fija el uno en el otro.

    No sé si es cierto, pero a veces la veo deambular sola por la playa removiendo la arena y siento como su tristeza hace que mi corazón lata cuatro veces más fuerte que los días de marea alta.

  17. KOHOLA
    El náufrago divisó una isla y, con las últimas fuerzas que le quedaban, consiguió llegar remando a ella. La creía desierta, pero su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que estaba habitada.
    Los indígenas tenían aspecto de melanesios. Les habló en inglés y francés, pero no logró que le entendieran. En cualquier caso, parecían amigables: le ofrecieron pescado y agua fresca. Por signos, el náufrago trató de preguntarles si habían visto a otros europeos. Le llevaron a una cabaña y le mostraron los restos del naufragio de un barco holandés: una espada oxidada, trapos harapientos y un cuaderno de bitácora. La última anotación había sido realizada el 7 de febrero de 1817.
    Al cabo de las semanas, los nativos le habían aceptado como uno de los suyos. A los niños les gustaba tocarle la barriga y sonreír.
    Aunque el náufrago les había dicho su nombre, los indígenas le llamaban Kohola. Tardó dos meses en entender el significado de esa palabra. Cuando les preguntaba, ellos se limitaban a reír y a mostrarle los dientes. Supo por fin que los nativos llamaban kohola a las ballenas la misma noche en que le ataron a un poste y le destriparon para comérselo.

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