Viernes creativo: escribe una historia

¿Qué lluvias recuerdas al ver esta imagen de Constantina @focuscada?

Constantina - focuscada

@focuscada

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14 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. La ciudad se agrieta a pasos agigantados. No llueve desde, exactamente, seis años, tres meses, diez días y dos horas. El cómputo lo lleva don Andrés, el científico, que trabaja en la Estación Espacial. Cada vez que observa vistas aéreas, el alma se le vuelve pequeña, se le encoge hasta el punto de dudar ser poseedor de la misma. Por eso, ha convocado una reunión de urgencia con los poderes fácticos: el Gobierno y la Iglesia. En especial, esta última tiene un papel muy importante: lograr que al fin llueva, a través de las plegarias al Santo. No se han escatimado recursos económicos. Se compraron cientos de paraguas y se situaron a varias alturas para que se sintiera intimidado el cielo y se percatase de la necesidad de lluvia que acucia a todos.
    Hace exactamente once minutos, Andrés detecta la caída de dos gotas de agua, sobre el paraguas más elevado. Han sido solo dos pero, al instante, su rostro se ha llenado de lágrimas y sus ojos sonríen, complacidos.

  2. EL DÍA DE LOS PARAGUAS

    El día de los paraguas fue un día que amaneció igual que los que le habían precedido en lo que llevábamos de año: lloviendo, como si el caudal de las nubes no fuese a agotarse nunca. Los pocos turistas que aparecieron por la playa, vagaban por ella como náufragos desorientados hasta que, a última hora de la tarde y sin previo aviso, tuvo lugar el milagro: Un ángel invisible barrió todas las nubes del firmamento e hizo volar todos y cada uno de los paraguas, que ascendieron al cielo confundiéndose con el aleteo de los pájaros.

  3. Elegires

    Cuando llueve, cada paraguas elige a la persona que le va a llevar. Tienen que fijarse bien, que sean de buena calidad, pues algunas se dan la vuelta los días de viento, otras salen volando al menor descuido o se quedan olvidadas en los bares o autobuses. Con suerte, es posible quedarse con una pareja de enamorados o con una familia entera. Y vivir con ellos, llevarlos a casa, depositarlos en el personero en temporadas secas. Hay personas, todos los paraguas lo saben, que duran una vida entera de lluvias intensas, solo hay que saber escoger. Por eso esperan tanto.

  4. ALAS DE ATARDECER

    Espera inquieto, frente al mar, un nuevo atardecer. A pesar de los muchos intentos que ha realizado, todavía no ha logrado su sueño. Volar con las gaviotas hasta despedir al sol. Para ello se ayuda con un paraguas y su sombrero, como Mary Poppins, aunque no le está resultando nada fácil. Cada vez que lo intenta, llega un poco más alto, pero no lo suficiente.
    Múltiples paraguas han quedado suspendidos en el cielo, uno por cada fracaso. Le sirven de motivación para no desistir y le recuerdan que, siempre se puede llegar un poco más allá.
    Quizás hoy, tampoco cumpla su sueño. Lo importante no es conseguirlo, es seguir soñando.

  5. Parapluie
    Al atardecer paseamos hacia el malecón. Sentados frente al mar nos embelesó el aleteo de gaviotas confiadas que, en sus vuelos bajos nos vinieron a saludar. Ellas se dirigían hacia el puerto, intuitivas en su cita con los pescadores que, a su regreso de faenar mar adentro, llegaban con las redes pletóricas, colmadas de pescado en sus barcazas. En el cielo despertaban las estrellas y la luna nos sonreía en su cuarto creciente.
    Me sentí la mujer más feliz sobre la capa de la tierra, cuando a mi oído entre tus delicados besos, susurraste nuestra canción preferida, la del paraguas. Mi corazón se elevó en aquel instante hacia el paraíso. Y el tuyo también.

    Escúchala si quieres detenerte unos minutos.
    Parapluie

  6. INVENTOS
    Cuando llega la feria del pueblo, nuestro alcalde intenta superar la osadía del año anterior y se inventa diversiones que, a veces, no resultan del todo coherentes.
    Este año hizo colocar un sinfín de paraguas en medio del parque. Después lo pensó mejor y acabó poniéndolos en la playa, por lo del espacio.
    La cuestión era que el que más paraguas alcanzara sería el ganador de un premio que, por cierto, nunca supimos en qué consistía.
    Los mozos más ágiles empezaron a tirar de los paraguas más cercanos, pero cuando hubo que coger los más altos, la cosa se puso difícil. Más aún cuando estos empezaron a elevarse.
    Agarrados a los paraguas nuestros chicos han viajado por el aire. Han llegado a otros mundos y les ha gustado tanto lo que han visto que han decidido no volver.
    Las mozas solteras estamos pensando en atar unos cuantos de esos paraguas al alcalde para que pruebe sus “grandes ideas”

  7. LLUVIA DE ESTRELLAS

    Tú eras más de soñar, yo de cumplir tus sueños. Tú querías saborear cada instante, yo tan solo vivirlos contigo.
    Hace tiempo que tu vida pendía de un gota a gota, entre sábanas blancas y ecos de silencio. Un atardecer me susurraste al oído: “Cariño, esta noche he soñado que volaba bajo una lluvia de estrellas”. Consulté internet, pero había que esperar hasta el verano.
    El tiempo venció a la espera. El mar de tu mirada arribó a su última playa. Guardé tus buenos días a besos en mi piel y tu sonrisa en mi recuerdo.
    Llegó agosto, enlacé tus cenizas a tu paraguas azul y la brisa del mar te dio las alas para volar con las Perseidas.
    Tú eras de soñar, yo de cumplir tus sueños.

  8. Las aves habían aparecido como de la nada. Nadie sabía lo que había provocado aquella súbita aparición. Algunos, temerosos de que pudieran atacar a los humanos, buscaron protegerse con lo que tenían más a mano, una lluvia de paraguas. Desconocían que los pájaros únicamente se habían reunido para llevar a cabo la tradicional emigración anual en busca del calor para poder procrear en un entorno mucho más adecuado.

  9. QUE LLUEVA, QUE LLUEVA…

    Aquel verano llovió a mares en Cherbourg. Los turistas, ataviados con chubasqueros y botas de agua se paseaban aburridos de un lado a otro. Las nubes oscuras no dejaban en paz al cielo y solo destacaban los colores chillones de los múltiples paraguas que invadían el malecón.
    Las únicas felices eran las ranas que lanzaban sus croa croa saltando de charca en charca y la señora Emery, propietaria de la paragüería, que hizo como vulgarmente se dice, su agosto.

  10. El viaje

    “Sigue el camino de baldosas rojas hasta el final, encontrarás la puerta que buscas”

    No dejaba de escuchar esas palabras en mi cabeza, tan solo habían pasado doce segundos desde que el señor mayor las había pronunciado. Yo no buscaba una puerta, en realidad vagaba desolada buscando consuelo. O paz, o lo que sea que curara un corazón solitario. Harta de la soledad y de ser invisible, había decidido desaparecer para siempre. Aunque no sabía cómo hacerlo. Quizá un billete de avión solo de ida a Australia. Nadie, absolutamente nadie me echaría de menos.

    Lo extraño no era que el señor supiera mis motivaciones al caminar, lo inquietante es que ni siquiera le había preguntado. Muerta de curiosidad seguí sus indicaciones. El camino de baldosas terminaba en una escultura enorme de la que colgaban paraguas abiertos. Tres personas esperaban haciendo fila, mientras otra saltaba para coger uno de los paraguas.

    De repente volví a ver al anciano a mi lado, sonreía y me señalaba la fila.
    “Ve y espera tu turno”.

    Vacilé un segundo y me coloqué en la fila. ¿Qué tenía que perder? Justo en ese momento la persona que saltaba consiguió agarrar el mango del paraguas, este empezó a ascender y desaparecieron entre las nubes.

    Los paraguas se movieron, giraban, cambiaban de posición. Como las fichas de dominó al barajarlas. El siguiente en la fila entró y comenzó a saltar para coger otro de los paraguas. La misma escena una y otra vez hasta que llegó mi turno.

    La curiosidad se había apoderado de mí siendo más fuerte que el miedo. Cuando los paraguas pararon su movimiento salté lo más alto que pude. Conseguí llegar hasta uno de los paraguas y sentí una emoción desmedida. Una sensación de libertad y felicidad como nunca había sentido.

    Me agarré fuerte al mango mientras el paraguas atravesaba un conjunto de nubes. Al cabo de unos minutos descendió hasta llegar al suelo. Un grupo de personas esperaban mi llegada. Me recibieron con sonrisas y abrazos. Estaba abrumada. No me conocían, pero me besaban y saludaban.

    Me acompañaron hasta una pequeña casa de piedra. Uno de ellos me explicó que sería mi nuevo hogar. Podía escoger entre varios trabajos en la aldea: mecer a los bebés, escuchar a los abuelos o bailar con los jóvenes.

    “¿Estoy muerta?” Conseguí preguntar.
    “Estabas muerta, pero en vida” fue la respuesta.

  11. La Poeta de Itaca
    Amir echó el anzuelo en las soñolientas aguas de la playa noctámbula, bajo el aletargado eco de las olas que rompían en la orilla con su rutinaria copla. Percibió que la mar se turbaba al emerger entre los destellos del sosiego, una sirena de cabello áureo con mirada de miel.
    -¿Quién eres? –le preguntó Amir absorto.
    -Soy la Poeta de Itaca.
    La sirena se acercó con parsimonia hasta la orilla y rozó con sus labios de néctar los de Amir, fundiéndose en un apasionado beso, tras unos minutos, sin previo aviso se desvaneció bajo el centellear de la luna blanca.
    Al día siguiente Amir se disponía a pescar en el mismo lugar, a la misma hora, a sus pies llegó una botella con un mensaje, era un poema de la Poeta de Itaca. Amir le contestó con su tosco lenguaje. Durante unos meses se fueron intercambiando cartas manuscritas bajo el salvavidas del vidrio. La Poeta de Itaca le anunció que volvería el tres de noviembre a hacerle una nueva visita.
    Amir pensó en escribirle un poema para recitárselo, pero sabía que sus dotes como poeta eran nefastos, así que tras meditar en el remanso de la noche, optó por componerle un poema visual en la playa con el declinar del sol. En su composición cambió los verbos por una diáfana cúpula de paraguas en el aire, los adverbios por gaviotas que contorneaban su silueta con el carboncillo de la penumbra, los adjetivos por fulgentes estrellas que iluminaban la noche, el sujeto por la luna de candil, el predicado por la fina arena que alberga efímeras huellas.
    Llegó la hora, pero la Poeta de Itaca no acudió a la cita. Al día siguiente mientras pescaba le llegó una botella con una nota de disculpa: -Se me desenhebró la aguja del tiempo y no pude ir.
    Amir con expresión de mimo de corazón de alambre, paseó durante horas bajo un paraguas, para encender una sonrisa en su rostro que no se apagase con las lágrimas que llueven en el universo de los corazones partidos.
    j. mariano seral

  12. María Belén Mateos Galán‎El bic naranja: viernes creativos
    9 min ·

    POROSA DICHA DE LACRIMAL

    Las gotas eran persistentes. El pluviómetro se volvía loco ante esa desmesurada demanda de lluvia, que caía en la tierra sedienta de humedad. La condensación del vapor de agua contenida en aquella sigilosa nube, anunciaba buenas nuevas.
    Las lágrimas explosionaban en los lacrimales de quienes miraban al cielo y no se contenían en mostrarlo.

    Mil paraguas se abrieron a un tiempo y mil pupilas sonreían, ante semejante paisaje, incrementando la risa y el júbilo enloquecido por la corriente porosa que fluía en plena libertad.
    Su frecuencia se fue frenando al ritmo que se moderaba la exaltación de quienes brincaban entre el vergel, que crecía sin medida, en el huerto, y sin demasiado éxito en la cosecha.

    Pero lo que importaba, era esa forma elíptica sin retorno que volvía a sumergir, a pesar de pulverizar el aire en una continua mueca infértil, abrasada por el sol, que les castigaba cada día impar y cada momento par de sus fluviales días, en un cielo abierto al libre albedrío de su expresión.

    Sombrillas elevadas a una bóveda celeste, regalo de un instante de dicha eterna y fructífera felicidad.

  13. El nuevo mundo

    Debí imaginar que no nos lo habían contado todo. En realidad, solo habíamos recibido unas pocas instrucciones para aterrizar. Abre bien las piernas y no sueltes tu dispositivo de caída hasta tener los dos pies bien asentados sobre la superficie terrestre. Suelta después el paracaídas y relájate observando la puesta de sol. ¿Qué había que hacer después en este planeta desconocido? Preferimos no preguntar.

    No nos habían dejado otra elección: colonizar un astro deshabitado o pudrirnos en el penal de la luna X15B12, así que arrastramos unos días la amargura del destierro. Al poco tiempo, comenzamos a descubrir las ventajas del satélite azul: temperaturas agradables, días largos, ausencia de meteoritos y la policía estelar bien lejos de esta galaxia. Un paraíso para los fuera de la ley.

    Transcurridas las primeras jornadas de adaptación, comenzamos a intimar, a querer saber los unos de los otros. Había llegado gente de muchos planetas, con delitos de lo más variopinto: asesinos, estafadores, pederastas, ladrones, violadores, corruptos. En esta vida nueva no importaba demasiado lo que habías hecho antes, no tenías a nadie que te pudiera juzgar.

    Conocí a Eva. No nos preguntamos demasiado. Era rubia, alta y su mirada tenía la calidez de un atardecer de otoño. Buscamos un lugar para vivir cerca del mar, alejados de los otros, donde nadie nos recordara nuestro turbio origen. Tuvimos hijos y los criamos allí, alejados de todos. Simulamos que éramos oriundos de este amable planeta, terrícolas de cepa. Mentimos sobre nuestro origen, quienes había sido nuestros padres, de dónde procedían nuestros ancestros.

    Un día, dando un paseo, descubrimos, abandonados, un montón de aquellos dispositivos que nos habían permitido llegar a este paraíso. Los niños nos bombardearon a preguntas sobre ellos. Por fortuna, Eva, oriunda de Iridis, tenía el enorme don de la improvisación. Cogió el aparato por el mango y comenzó a darle vueltas. Esto es un paraguas, dijo, y sirve para resguardarnos de la lluvia. Los chicos se quedaron prendados de aquel objeto volante, sin que supieran muy bien a qué se refería su madre. Faltaban todavía algunos siglos para que se inventara la primera tormenta.

  14. EL DÍA DE LA ASCENSIÓN

    Cuando dejó de llover para siempre los paraguas se volvieron demodés. La mayoría fueron arrojados sin piedad al vertedero o reinventados como lámparas o perchas. Otros, aparcados en altillos de armarios, sucumbieron de tristeza enterrados bajo montañas de polvo y ranciedad y se fueron extinguiendo, uno tras otro, año tras año.
    Pero los más audaces sobrevivieron. Como momias que resucitan salieron de sus zulos sacudiéndose la nostalgia, desde los cuatro puntos cardinales, para despedirse de este mundo ingrato y volar hacia otro mejor. Un día, todos los paraguas del mundo ascendieron a la vez hacia el espacio cual miembros de alguna secta religiosa. Quienes lo presenciaron quedaron fascinados por tan extraordinario espectáculo. “Algo insólito”, repetían los noticiarios, “realmente asombroso”, declararon los testigos.
    Jamás hubieran adivinado que aquellos artilugios existían porque alguna vez en la historia el agua se derramó pura y gratuita desde las nubes del cielo. Imaginar que una sola gota pudiera desperdiciarse hubiera sido más inconcebible que dotar de raciocinio a un pedazo de tela sujeta con alambres.

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