Viernes creativo: escribe una historia

Hoy os voy a pedir una cosa un poco incómoda: que os desnudéis y os abráis para contar algo que os haga sentir cierta vergüenza, que os coloque al borde de algún abismo de esos que tenéis como escritores. Que entréis con vuestro bolígrafo —un bic naranja, cuál si no— en los recovecos que más os cueste y salgáis de ellos con algo para mostrar.

La imagen de Erwim Wurm ilustra bastante bien lo que os pido. 🙂

Erwin Wurm

Erwim Wurm

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10 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Me da asco este tío. Con su carita de bueno, pero clavándotela por la espalda. Su barba bien recortada, su pelo casualmente desarreglado, sus camisas de manga larga con el puñito vuelto, sus pantalones pirata, sus mocasines marineros, como si estuviera a punto de subirse a un yate que lo conduzca a la Conchinchina.
    No lo puedo evitar, le lanzo un escupitajo que se queda adherido en el espejo donde se refleja mi rostro. Menudo gilipollas, me digo. Cierro la puerta y salgo a la calle, a ver si alguien tiene el valor de meterse conmigo.

  2. Y ese es el verdadero miedo
    A la mediocridad
    Al conformismo
    Al tedio
    A que cada amanecer no sea más que un día más, y no el día más
    A que mis textos sean cada vez menos imaginativos
    A que mi vida sea cada vez más predecible, menos vivible
    A que no estés
    A que esté
    O a que no estemos nunca en el espacio ni en el tiempo
    A no decir lo que siento
    A no vivir lo que siento
    A decir lo que se espera que diga
    A hacer lo que se espera que haga
    Tengo miedo a estar sentado frente a mí mismo y no tener valor de decirme lo que tengo que oír, y sólo regalarme el ego.
    A que te esté contando esto y no sea cierto, sea sólo una postura literariamente correcta.
    A que lo creas, y empatices. O que no lo creas. O que suene falso. O verdadero.
    Sobre todo, mi miedo más terrible, es a mí.

  3. Azucena se propuso ser escritora. Y se puede decir que lo es. Pero su editor no está demasiado contento con algún aspecto de su prosa. Suele recriminarle que es un tanto mojigata y que huye de regodearse ante las escenas eróticas, en sus novelas. Ella, al escuchar sus quejas, se defiende, con los colores avivándole el rostro, aludiendo a que fue educada en la corrección verbal y con cierta represión sexual, por lo que es incapaz de transcribir palabras malsonantes o escenas de sexo.

    El editor, hoy, ha puesto a Azucena en una situación delicada: o escribe como la gente de la calle, o que se despida de trabajar para su editorial. Entonces, la jjoven escritora, que no conoce a ningún otro editor para su obra, comienza a decir:

    -Cabrón, ¿vas a acabar con tu puto discurso y dejar esa mierda de prejuicios ante mi conojuda manera de escribir, hostia?

  4. Oquedad de placer

    Aquel día sentía mis ojos como ciegos, mi boca muda, me faltaba el aire y me pesaba el silencio.
    Jorge Javier se acercó a mi.
    Me acarició sensualmente la espalda.
    Sus manos descendieron con lentitud hacia mis nalgas y…
    ¡um! —me susurró
    —menos mal que has dejado mi preferido sin tapar.

  5. Alas de maniquí
    Hoja desnuda encuadernada bajo la liviana corteza del lomo del libro, como maniquí minimalista en el escaparate tras el límpido vidrio mostrando su insinuante sensualidad estática.
    Hoja desnuda, entre abrazos, entre apasionados besos, que muestra y oculta tras el biombo de la metáfora.
    Hoja desnuda, que se torna en mensaje que viaja en una botella de cristal turquesa, que la princesa amada no ha de leer o desdeñará.
    Hoja desnuda tiznada por los posos de un café pospuesto mes tras mes, removido bajo el tintineo de la cucharilla del embuste en la taza de loza.
    Hoja desnuda, que se viste con verbos pudorosos desnudando el alma del escritor, o quizás sin saberlo sea la tuya la que ha desvestido furtivamente bajo el seudónimo.
    j. mariano seral

  6. MI PRECIPICIO

    Termino la frase, punto y aparte. Después de agitar hay que volcar el contenido y es el momento de hurgar en los sentimientos de la protagonista, que lleva mi nombre, redactar sus porqués en voz alta para que cualquiera pueda leerlos. Un enorme espacio virgen me mete prisa, me presiona. Pretende sacar a la intemperie pensamientos que siempre estuvieron bajo llave y que no saben, o no quieren, transformarse en palabras. Me siento como si alguien me obligara a bajarme las bragas en un autobús lleno de conocidos y reprocho a mis dedos, que tiemblan a la hora de la verdad, que me hayan depositado en este precipicio en el que lanzarme es exponer mis tinieblas bajo los focos.
    De repente mi pantalla se ilumina, el texto muda del negro al rojo y parpadea, desafiante. “No te atreves”, me dice, “no quieres que nadie sospeche quién vive dentro de tu cáscara”.
    Y entonces siento hambre, sed, recuerdo que no he tomado mi magnesio y que no he sacado pan del congelador. Me levanto y como, bebo, pongo una lavadora. Se me ha roto una uña, observo, y mientras echo el suavizante me alivia la paz de saber que no es cobardía, es que con una uña rota no se puede seguir tecleando.

  7. UNA MUJER Y UNA AMANTE
    Tengo una mujer y una amante. A las dos las necesito. De ninguna de ellas puedo prescindir. Una me mantiene; la otra me permite soportar la vida.
    Resulta difícil complacerlas. La que más sufre, sin duda, es mi amante. A veces no le hago caso durante semanas. Pero, cuando vuelvo a su lado, siempre me recibe con los brazos abiertos. La convivencia con mi mujer es más difícil. Con ella hay pocos, muy pocos momentos de alegría, y muchos de tristeza, amargura y pesadumbre.
    Tengo una mujer (el trabajo) y una amante (la escritura). No se conocen entre sí.

  8. ÚLTIMO TOQUE PERSONAL

    La papelera hace aguas, mis lentes enloquecen imaginando el duro metal, de mi pluma enardecida, clavándose en el hueco nasal de mi editor. Suscribo lo que he escrito y él, con ese aire de prepotencia, cabecea hasta afirmar, con seguridad, que ni las grapas de mis papeles merecen la pena ver la luz.

    Vuelvo al vértigo del folio en blanco, a la tinta que ladea entre el verbo y las frases inconclusas que levitan, temerosas, en mi sencillo Bic naranja.

    Decido dejarlo por hoy y comienzo de manera impulsiva a rubricar unos finos alfiles en el muñeco hecho a su minuciosa imagen y soberbia semejanza.

    Quizá mañana sea tiempo de reflexión.

  9. LA CÁRCEL
    Desde que entraste y se fraguó la espera de tu exoneración, cada uno de nosotros, en su propio lugar de habitación, comenzamos nuestro calvario. En ese momento supe que la prisionera sería yo y también la muerta. Estuvieras en el lugar que fuere, ya me había perdido adentro de tus ojos.
    Y tu inocencia tan tangible dejaría de serlo, porque es preferible cualquier asesinato real, que el homicidio del corazón de una mujer que ni siquiera conoces y con solo mirarla la mataste.

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