Viernes creativo: escribe una historia

Es viernes, apetece salir a algún espectáculo, ya sea cine, teatro, un musical, un show de patinaje artístico o una exhibición de lanzamiento de flores. Llegáis a la taquilla y os encontráis con esta imagen tan sugerente de Joel Meyerowitz. ¿Qué historia hay ahí?

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Joel Meyerowitz

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13 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. — Todos los sitios a dos dólares, ¿verdad?
    — Ja, ja. Nunca antes me habían hecho ese chiste, ¿cuántas quiere?
    –Todas, está claro. ¿Cuántas hay?
    — Caballero, ¿qué quiere…?
    — A usted, extraña voz. No veo tu rostro, pero quiero cerrar el cine, cerrarlo para ti y para mí, que podamos ver la película de hoy, que será la de nuestra vida; quiero seguir escuchando tu voz en la penumbra, sentir la vibración de tu cuello en la oscuridad de la proyección. Cogerte de la mano, ser tuyo, hacerte mía y, después, fumar en ese entrepiso autorizado que anuncia sobre su rostro escondido. Y no quiero ver si tus ojos tienen la luz que sueño o tu rostro es tan níveo como imagino y…
    — O sea, que no quiere verme la cara… ¿Me está llamando fea? ¡Seguridad!
    — Pero, pero…
    — ¡¡ Seguridad !!

  2. Desde adolescentes, a Iván y a sus amigos les encantaba ir a aquel cine. La película que ofreciesen era lo de menos. Se sentían subyugados por la taquillera, de la que conocían todo, menos su rostro. En contra de lo esperado, no tenían ninguna curiosidad por saber cómo era su cara, puesto que tenían todo el resto del torso a su disposición, y ello era lo realmente interesante. La mujer dejaba entrever, como al descuido, uno de sus pechos, lo que provocaba el deleite de los muchachos. Su uniforme consistía en una especie de batín masculino (como el que usaban sus progenitores), lo cual los subyugaba aún más. Sin embargo, toda esa magia erótica se rompía cuando se escuchaba su insoportable voz de pito preguntado: ¿qué fila quieres?

    Con el paso de los años, la taquillera cambió de vestuario. Ahora, ni el torso, ni el rostro (que seguía oculto) atraían a nadie, pero su voz había cambiado. Iván y sus amigos seguían yendo, cada sábado, para escuchar la belleza hipnótica de las palabras en tan armoniosa voz.

  3. Puesto fijo

    Hace veinte años que la taquillera del cine Rex no sale de su habitáculo. Su visión del mundo son los espectadores que solicitan sus entradas y los carteles con los próximos estrenos. Que sepamos, se alimenta de la comida que el dueño del cine le lanza por la trampilla inferior. Yo me enamoré de ella hará una década. Le pedí una cita de amor y su respuesta fue tajante: “solo nos quedan butacas para la Fila 1”. Es monotemática, como sospechaba. En mi segundo intento, hará cinco años, fue incluso más incisiva: “Aforo completo”, dijo, y bajó la cortinilla. Hoy lo intentaré por tercera y última vez. Estoy dispuesto incluso a comprometerme a vivir con ella dentro de la taquilla, pero no habrá una cuarta vez. Si me rechaza, le pediré una cita a la taquillera de los cines Palafox: a esa, me consta que incluso la dejan salir a pasear los jueves por la tarde.

  4. Sesión de tarde

    Y ella es siempre la misma, pero tapa su cara para que no la reconozcamos. Primero nos vende entradas a dos centavos, después nos acomoda mientras nos apunta a los ojos con la linterna y por último sale al escenario. Durante todos estos años ha renovado semanalmente su repertorio. Ha sido capaz, por ejemplo, de lanzarse cuchillos, cortar cebolla sin llorar, bailar la polka, elevarse por encima del suelo, hacer desaparecer a los de la fila de atrás, proyectar películas con ella de única protagonista y besar, sin que se den cuenta, a todos los guapos que pasan por la sala. No nos perdemos una sola función. Y ya lleva noventa años pero, como digo, ella es siempre la misma.

  5. OSADÍA
    Angustias llevaba tres años trabajando como taquillera de los Cines Riazor.
    Cada tarde noche se pasaba ocho horas delante de la ventanilla, vendiendo entradas detrás del cristal y, ofreciendo las mejores localidades a sus clientes.
    Les entregaba las entradas con una amplia sonrisa, que quedaba oculta por el cristal.
    Pero su risa solía ser más espléndida cuando la dirigía al caballero que pedía la fila ocho, y que siempre acudía solo.
    Pero esa tarde fue diferente. Aquel hombre tan atractivo, por fin, atesoró el valor necesario para atreverse a confesarle que sólo acudía al cine para estar cerca de ella, y que quería pedirle una cita.
    Ahora sus gestos detrás de la taquilla sólo expresaba felicidad, ese estado de gozo que surge cuando te sabes amado.

  6. Teatro

    A la boletería uno se acerca casi sin mirar. La persona allí dentro es un ser apenas animado al cual le solicitamos lo que queremos y no más que eso. Nuestra atención se posa sobre ella sólo durante los escasos segundos en los que se produce el intercambio; luego, por lo general, la olvidamos.
    No vi bien su rostro, me lo tapaba el pequeño círculo enrejado incrustado en el vidrio por donde había que hablarle, pero vi su cuerpo, y noté que era una dama bien formada. Me quedé pensando en ella, en que tal vez albergara una historia más interesante que la que iba a ver.
    Cuando finalizó la función, me sorprendí apurándome para ir al hall de entrada. Busqué sin éxito a esa mujer. Posiblemente ya se hubiera retirado y lo mismo decidí hacer yo.
    Al llegar a la esquina, apareció ante mí. Estaba con un hombre. Discutían. Él la tomaba de un brazo, de modo algo brusco, y abordaban un taxi. ¿Cuál sería su historia? ¿De cuántas de esas historias somos extras involuntarios?

  7. CINE DE ARTE Y ENSAYO…

    Soy muy aficionado a ir al cine y desde que cerraron el de mi barrio he caído en una depresión. Pero es que aquel cine tenía su encanto. No porque exhibieran películas en versión original de cine chino, coreano o tailandés. Ni porque fuese la única sala X de mi ciudad. Ni por sus precios baratos. Ni tampoco por escuchar la voz sensual de su taquillera. Ni mucho menos porque cuando comprabas cinco entradas, la susodicha, te enseñaba una teta. Y si comprabas diez te mostraba las dos. Incluso si adquirías una fila completa se ponía de pie, le veías la cara y algo más… Verdaderamente por lo que echo en falta mi sesión de cine, allí, es porque en aquella sala permitían fumar.

  8. ¿La vida es un teatro?
    Dominique, dudaba si su vida era real, o era un personaje secundario evadido de la gran pantalla y extraviado en una noche primaveral entre los bulevares de Paris. El destino siempre la menospreciaba: cuando salía de casa, el cielo irónico tiznado de azul, con su lápiz de carboncillo entre sus dedos líquidos tachonaba un nubarrón sobre su cabello azabache precipitando cristalillos irisados de lluvia. En sus citas de juventud, el inexorable tictac del reloj las borraba en las agendas de sus apuestos pretendientes, bajo el pretexto del olvido, y no acudían a la fuente de aguas claras. Hasta en su ocupación diaria como taquillera en El Mouline Rouge tras el diáfano vidrio, el destino ponía una celosía pixelando su rostro, como al gendarme junto al malhechor en el noticiario. Hasta que un día conoció la felicidad de la mano del amor que se vive con intensa pasión, cuando paseaba con su amado por las riberas del Sena bajo el quedo cascabeleo de las hojas doradas de los chopos, le decía: – Franchesco, pellízcame, ¿eres de verdad? ó ¿somos histriones de una comedia?
    j. mariano seral

  9. CANTO O CUENTO

    Parece una persona, pero es solo una atracción en una capital de provincias. Dentro de una urna y con un par de monedas, canta o cuenta, el cliente elige.
    Si se prefiere que cante, entona a capela cualquier canción de las últimas cinco décadas. Sorprende la amplitud de su repertorio y que nunca confunda las letras. Eso sí, las adorna con gorgoritos a destiempo que provocan, a veces, carcajadas en sus oyentes, pero ella nunca se ofende, ni se calla. Una vez empieza sigue hasta el final aunque el espectador se haya marchado antes de que termine. Inasequible al desánimo, como una máquina.
    Si se escoge que cuente, solicita un tema y narra una historia que se paga por minutos así que hay que llevar suelto, por si la cosa se alarga, para que continúe; de lo contrario, se queda en silencio, el cliente se marcha sin un desenlace, con una incertidumbre sin remedio, y aunque se le suplique un final precipitado, ella, inmune a ruegos, continúa su relato solo si hay contraprestación de por medio, programada como está para seducir con su elocuencia.
    —“Quiero saber cómo has llegado hasta aquí”, le dije, “llevo suficiente para que me cuentes tu vida entera”.
    —”Mi historia cuesta dos dólares, caballero”, contestó.
    Y entonces supe cómo se fugó con catorce años con el único amor de su vida, quien le robó su condición humana para convertirla en un negocio. Desde entonces es una voz sin rostro, sin sentimientos, solo un instrumento que intercambia palabras por calderilla.

  10. La mujer sin rostro

    Laura compraba las entradas sin sospechar que para mí era algo insoportable. Entrábamos al cine y en el instante en el que mis ojos podrían ver el perfil de su rostro, miraba hacia el lado contrario. A veces bajaba la mirada al suelo musitando un cobarde al aire, inaudible al resto. No podía, no debía ponerle rostro. Si lo hacía se convertiría en una mujer real.

    Su figura, su voz. Sus formas tras el cristal se colaban en mis sueños. En los desvelos, en las noches de amor con Laura, aunque de amor fueran cada vez menos. Laura que había sido mi todo se desvanecía entre mis dedos.

    El cine nos concedía un tiempo juntos sin mediar palabra. Sin intentos de conversación. No existían incómodos silencios. Lo que Laura no sabía es que su plan de evasión me estaba envenenando por dentro. Esa mujer sin rostro me perturbaba. Era cuestión de tiempo.

    Quisiera decir que no ver su rostro me para, pero de nuevo han vuelto las ansias de poseer cuerpos sin rostro. De nuevo la sed, las ganas de contener últimos alientos. Miradas apagadas.

    Esa mujer sin rostro me llama, por las noches me susurra que lo haga. Que acabe con todas, empezando por Laura.

  11. Ahí va mi contribución del martes al viernes creativo:
    Una chica con recursos
    Cuando le ofrecieron el trabajo de taquillera dudó bastante. Siempre fue una chica reservada, que disfrutaba del silencio y la soledad para escribir largas historias. El hecho de tener que ver pasar continuamente gente y tener que conversar con ellos aunque solo fueran dos minutos “¿fila 8 o superiores?, ¿asientos centrados o laterales?” no le hacía ninguna gracia. Luego estaba, eso sí , el asunto de pagar el alquiler y la comida. Así que no le quedó más remedio que aceptar. Menos mal que siempre fue una chica con recursos y encontró la manera de mimetizarse con la taquilla de tal forma que nadie tuviera la tentación de preguntar algo más allá del precio de las entradas. Entre sesión y sesión se acostumbró a escribir microrrelatos.

  12. FUNDIDO DE IMÁGENES

    Cada día al llegar al asiento de la taquilla, Clarisa lo elevaba a la altura exacta de la rejilla de voz, ocultando su rostro maquillado hasta la perfección. Se empolvaba la nariz en un último toque, remarca el brillo de sus labios con un glos y atusaba su cabello.
    Después, con una dulce melodía y una dicción de lo más sugerente, preguntaba a cada uno de los asistentes a la sesión, que butaca deseaban ocupar. Por más que estos codiciaran verla se tenían que conformar con percibir ese tenue perfume que se escapaba por la celosía del cristal.

    Los espectadores miraban la pantalla con ansiedad, como si con el inquieto punteo de sus dedos pudieran acelerar la proyección. Al finalizar, tras un sonoro aplauso, un acalorado acomodador les abría las puertas y estos se apresuraban hacia la salida, pero siempre encontraban la taquilla cerrada y a su lado una delgaducha mujer de facciones descoloridas, alborotado pelo y apestando a tabaco.

  13. HAPPY END
    Muchos creen que estoy detrás de un cristal blindado para proteger la recaudación. Nada más equivocado. Desde que las salas de cine están obligadas a programar sólo películas nacionales, no se ingresa mucho dinero. Además, el encargado viene cada hora para llevar la recaudación a la caja fuerte. Si estoy detrás de un grueso cristal es para protegerme de los espectadores que, cuando acaba la película, vienen a quejarse de que no ha cumplido sus expectativas y exigen muy enfadados que les devuelva el dinero. Algunos, incluso, esperan a que termine mi turno para seguir calentándome la cabeza. Por eso, no sólo procuro ocultar el rostro sino que vengo con una peluca al trabajo. Añoro la época en que en el cine sólo se programaban películas americanas, con su inevitable happy end.

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