Viernes creativo: escribe una historia

En verano la imaginación es como una burbuja que sube a la superficie para mostrarnos su interior. ¿Qué os sugiere esta fotografía de Raquel Rodríguez Suárez?

Raquel Rodríguez Suárez

Raquel Rodríguez Suárez

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17 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Gaspar podía entender a los que pensaban que estaba loco, sin embargo, él no tenía culpa de poseer ese don. Cuando llegaba la Navidad, y se colocaban las bolas en el árbol, veía a personas dentro de ellas. No tenía ni idea de quiénes eran, pero todos vestían de manera extraña y extravagante. En ocasiones, se trataba de dos niños, cogidos de la mano; otras, lo que se apreciaba era a una anciana sentada en una silla… Cada bola tenía una escena que los demás miembros de la familia no podían ver.
    Todo tomó otro cariz cuando esas personas comenzaron a hablar…

  2. PARA TODA LA VIDA

    Hay burbujas de jabón, de helio, de champán e incluso burbujas inmobiliarias. Y luego están estas: las burbujas con pareja de niños en blanco y negro. También hay madres bondadosas, autoritarias, madres coraje e incluso madres de alquiler. Y luego están esas: las que visten a sus respectivos hijos el uno contra el otro. A juzgar por la imagen, esos dos niños habrán crecido, madurado, envejecido e incluso ya estarán muertos. Puede que hasta se hayan casado entre ellos, por mutua solidaridad. Pero seguro que el fantasma de esa fotografía con sus grotescos trajes les ha perseguido toda la vida. Y seguro también que nunca han olvidado, ellos no: hay gestos que no se le perdonan ni a una madre.

  3. Pompas

    Dicen que te haces viejo cuando te es más fácil recordar algún episodio de la niñez que lo que has hecho ayer por la tarde. Yo no me siento especialmente vieja, pero desde luego me resulta más fácil recordar ciertos pasajes de mi pasado que mi actual existencia. ¿Por qué?

    Porque en todos y cada uno de los recuerdos que tengo apareces. Como burbujas de jabón inundan mi mente. Las burbujas de convierten en improvisados marcos de fotos donde las escenas se congelan para siempre. Tú y yo disfrazados mientras nuestras madres nos contemplaban orgullosas. Tú y yo desnudos en el barreño. Tú y yo el primer día de colegio. Tú y yo compartiendo nuestro primer beso. La mili, mi graduación en Bellas Artes. Nuestro tercer hijo…

    Falta un mes para el estreno de la exposición, se llamará “Pompas” y será como siempre en tu honor. Celebraremos tu año de ausencia. ¿Celebrar? ¿Se puede celebrar el acontecimiento más doloroso de tu vida?

    Permanecerás para siempre encerrado en burbujas suspendidas en el aire. Preciosas pompas repletas de amor. Recuerdos de toda nuestra vida.

  4. En impro
    Aquellos veranos eran solo nuestros. Creábamos mundos donde no había nada. Un castillo encantado en la encina seca del camino. Un océano en la charca de al lado del cobertizo. Un espeso bosque en el jardín de la abuela. Afuera, más allá de la cerca de la finca, el espacio, inquietante y oscuro. Prohibido. Improvisábamos sobre la marcha mil aventuras. De dragones y princesas; de piratas y navíos; de hadas y duendes; de selenitas y naves espaciales. Saltábamos de uno a otro como si fueran pompas de jabón que flotaran a nuestro alrededor. Hasta que descubrimos el teatro, con sus reglas. Y lo separamos todo en actos. Hasta que empezamos a plantearnos la presentación, el nudo, el desenlace; a rebuscar el vestuario en los arcones del desván; a escribir los diálogos. Hasta que llegó el primer el beso. Instintivo, delicado, tímido. Por exigencias del guión. Y nuestros mundos empezaron a estallar como globos que se hinchan en exceso. Solo entonces nos atrevimos a cruzar la puerta de salida. De enfrentarnos al espacio; inquietante y oscuro. Prohibido.

  5. Que desde nuestro nacimiento vivimos en una inestable burbuja que se puede deshacer en segundos. Mantenerla sin que se rompa en el universo de la vida no depende nosotros, pero sí movernos dentro de ella en la forma en que más felices nos encontremos. Saludos.

    • DE ELFOS Y NIÑOS

      Tan pronto como llegamos a la casa de la laguna, Rubén comenzó a hablar de sus nuevos amigos. Siempre que estaba alegre decía que andaba cerca Lucas, y si mostraba el ceño fruncido echaba la culpa a Lili, la pequeña bruja que vestía de negro. Su fantasía era tan grande que no paraba de dar detalles sobre los niños: que si Lucas vestía pololos blancos y gorro cónico mientras Lili llevaba encajes negros y tocados en el pelo; que si los dos habitaban en la laguna y se materializaban al tomar contacto con el agua, que si eran niños por el día y por la noche elfos… La verdad es que, ni yo ni mi marido, le hicimos caso hasta que no sacamos aquella foto cerca del lago.

      Encapsulados, cual un par de duendes en una burbuja, vimos entonces a Lili y Lucas, con las extrañas ropas que describía Rubén, flotando en una gran gota de agua.

      Manoli Vicente Fernández

  6. RECUERDOS DE LA NIÑEZ

    De niños siempre vivimos en la enorme mansión, los dos solos, rodeados únicamente del servicio doméstico, no teníamos ni amigos, ni compañeros; acudían profesores particulares a darnos clase.Éramos alumnos brillantes.
    Lo peor que recuerdo era la época de los Carnavales, mi madre nos colocaba unos disfraces horrendos que confeccionaba con ayuda de una modista y luego mandaba al fotógrafo de turno retratarnos para la posteridad. Odiábamos ese momento; entonces nos inventábamos un mundo paralelo donde se viajaba en pompas enormes de jabón.

  7. Pompas
    A veces me salen al encuentro dos niños disfrazados y sé que uno de ellos soy yo, pero no consigo determinar cuál. Si lo intento, me empieza a doler de cabeza y la imagen estalla como si hubiera estado flotando dentro de una pompa de jabón. Me salpica apenas el rostro y hago como si me fuera a secar la humedad con la manga, pero en realidad, lo que me seco son las lágrimas que si las dejara comenzarían a salir.
    La mujer de la chaqueta gris no quiere que llore. Siempre me lo dice. Y yo quiero complacerla, porque sé que la amo. Cuando llega y se sienta a mi lado después de plantarme dos besos, sé que la amo. Habla y habla sin parar, y me coge las manos, y me muestra unas fotografías de cuando era pequeña, dice. Y me pone crema. Eso me gusta mucho. Tiene las manos suaves, como la voz.
    – ¿Dónde está Juanito? – le pregunto. Uno de los niños de la fotografía se llama Juanito. – Si no volvemos temprano mamá se enfadará…
    Ella vuelve a cogerme las manos y me mira como si no estuviera preocupada. Pero sé que lo está. Que estoy diciendo algo que la pone triste.
    Por eso no hablo hasta que se va después de darme otros dos besos.
    La pompa vuelve a flotar frente a mí, pero ahora tiene una niña en su interior. Una niña cogida de la mano de un hombre que mira feliz a la cámara. Es la imagen de una de las fotografías que la mujer de la chaqueta gris me ha mostrado.
    – Aquí estamos los dos – me ha dicho y ha deslizado mi dedo por el papel amarillento acariciando el pelo de la niña. El hombre sonriente he de ser yo. Y la niña se parece a él.
    La pompa estalla otra vez. Un hombre de traje habla en la tele. Creo haberlo visto antes.Tengo ganas de llorar y no sé por qué.
    – Es la hora de la cena, Don Francisco – dice la mujer de la bata azul y conduce mi silla por un pasillo.
    Soplo para intentar formar una nueva pompa que me saque de la oscuridad. Pero ya no lo consigo. La mujer acerca una cuchara llena a mi boca. La abro sin protestar.

    http://laletradepie.com/pompas/

  8. THE SHOW MUST GO ON!

    Aurora y yo siempre quisimos seguir la tradición familiar. Llevábamos el circo en la sangre. Ella soñaba con ser trapecista y yo deseaba ser el payaso principal. Viajábamos siempre con la casa a cuestas, de pueblo en pueblo, a través de llanuras y bosques, de ciudad en ciudad. Aquella caravana destartalada era nuestro hogar.

    Un atardecer, el circo detuvo su marcha. Montó su campamento en el bosque para descansar. Todavía recuerdo aquel ruidoso chisporroteo del fuego, del que no pudimos escapar.

    Las noches de tormenta ofrecemos nuestro espectáculo, atrapados en cada gota de lluvia que el cielo derrama sobre la ciudad.

  9. TROTAMUNDOS

    Como casi nadie, tenía una cámara fotográfica. La mayoría de nuestras fotos de entonces son suyas. Nos traía obsequios de sus frecuentes viajes. Recuerdo una pequeña maleta forrada de tela escocesa y cubierta de etiquetas. Nunca la abrí. Nada podía contener en su interior más valioso que aquellos sugerentes nombres de ciudades.

  10. ROSEBUD

    – ¡Madre mía Susan! Es que cada vez que te veo me muero de risa. Tienes una pinta… La verdad, si vas a bailar “La muerte del cisne”, te aseguro que se muere al verte.
    – ¡Calla Charles!, no te rías. No me hace ninguna gracia estar aquí. Además, si hablamos de vestiditos, tú pareces un arlequín de bazar chino, estás más descolorido que las viejas fotografías de mamá. Encima, el culpable de todo eres tú. Ya te dije que no tocases las cosas de esta bruja, que si nos pillaba verías. Si al menos nos hubiera dejado un abrigo o una mantita para cuando nieva…
    – Pues, Susan, prepárate, súbete al trineo y abrázate fuerte a mí, que vuelve la indeseable de la nieta y, de nuevo, agitará esta dichosa bola de cristal.

  11. Norte, Sur, Este y Oeste.
    Mi abuelo Tomás me contaba que desde que tenía uso de razón ya era el novio de mi abuela. Su padre era un terrateniente con solares por la zona del norte de la ciudad y los padres de Angelita los tenían en la parte oeste. A base de una buena cantidad de mantequilla, el Ayuntamiento de entonces decidió ampliar las avenidas justamente por el norte y el oeste. El mismo día que se celebró el acuerdo municipal, los padres de mis abuelos lo celebraron por todo lo alto. Y antes del banquete llevaron a los pipiolos que ya estaban comprometidos al estudio de Don Anselmo, artista del daguerrotipo especializado en este tipo de postales fotográficas. Pero resulta que al día siguiente hubo elecciones y ganaron los de Podemos de entonces, es decir, los republicanos radicales, que al poco tiempo anularon las ampliaciones y decidieron que la ciudad debía crecer por el sur y por el este. La ruina llegó a ambas familias y hubo un tiempo del que solo nos quedaba el recuerdo de tan infausta fotografía. Hoy, 100 años después, la conservo como oro en paño junto a las escrituras de mis múltiples propiedades. La vida ha dado muchas vueltas y la más importante es que después de la Guerra que hizo nuestro tío Francisco, las aguas volvieron a su cauce. Qué bonita fotografía! Qué bonitas avenidas embellecen el norte y el oeste de mi ciudad!

  12. El juego de la vida

    El ilusionista avisa desde lo alto de su carromato, empieza el juego de la vida. Empapa en jabón un pequeño dispensador, sopla sobre él y forma una pompa que muestra en su interior una sala abarrotada de público. París, suspira. En otra burbuja aparece una limusina. En una tercera pompa de jabón, una exuberante rubia lanza besos en forma corazón. El futuro que la magia nos anticipa, pregona. Carmen, mi novia, insiste en que compremos uno de esos artilugios asombrosos, mi cuñado la apoya. Al final parece que el charlatán nos ha tomado el pelo, me dice Emilia con cierta sorna. Precisamente Emilia es la primera en probarlo. Para nuestra sorpresa, su burbuja exhibe una pareja de niños alegres que corretean por un jardín floreado de margaritas. Teo y Olga, susurra y la abrazamos mientras exclama divertida que son sus hijos. Carmen no quiere ser menos que su hermana y prueba a proyectar su futuro. Pero su pompa de jabón parece velada como una incolora burbuja de aire. Repite intento. A la cuarta oportunidad se da por vencida y abandona como meses antes hizo con sus clases de secretariado. A mi cuñado le sucede algo similar. No sabéis utilizarlo, me burlo de ellos y, por continuar con la guasa, mojo el dispensador en jabón, soplo y en mi burbuja aparecen Teo y Olga. Los cuatro nos miramos sin ser capaces de articular palabra hasta que Carmen me escupe un te odio con rabia y se marcha llorando. Mi cuñado corre detrás de ella. A Emilia y a mí nos invade un ataque de risa.

  13. PIGMENTO DE ESPUMA

    Mis glóbulos rojos se dispararon en el último análisis. Quizá el contemplar la imagen, encerrada, de mis niños, fue el detonante que desbordó el escaso gas que me quedaba en los días impares y que jaleaba a los pares blancos ejecutando una respuesta ósea en mi célula madre, desangrada, en un pigmento que ya no reconocía ni tenía tiempo de defenderlos ante la bestia que golpeaba, a cada latido de piel, un instante de su inocencia.

    Cristal quebrado y disfrazado de aire agitado en alcohol, abandonado de sueños e hirviente en una ola espuma llena de rabia al saber… que ya nunca seré suya.

  14. ALEGREMENTE
    Durante todo el viaje en autobús, Nizar no paró de preguntarse si ella se había casado. Su primo, gracias al cual había conseguido la dirección de Leila en la ciudad, no se lo había aclarado; cuando se lo preguntó, se había limitado a sonreír y mover los hombros. Resopló aliviado cuando advirtió que en el buzón aparecía el nombre de Leila junto al de otra mujer. Le pareció normal que compartiera piso: el noticiario no paraba de decir que, en la ciudad, los alquileres se habían puesto por las nubes y que mucha gente no podía permitirse vivir sola.
    Mientras subía las escaleras, repasó una vez más lo que iba a decirle. Le contaría que, mirando las viejas fotos que había dejado su madre, encontró aquella que les habían hecho a Leila y a él. Le recordaría que sus madres eran inseparables. Mil veces dijeron que hacían muy buena pareja: estaban hechos el uno para el otro. Desde luego, no le mencionaría a Hanae; no tenía por qué saber nada de ella.
    Cuando Nizar llegó a la puerta del piso del Leila, se tomó su tiempo para llamar. Se pasó la mano por el pelo, que raleaba. Por un momento se preguntó cuál sería el aspecto de Leila. En el pueblo, las mujeres de su edad tenían la piel quemada por el sol y la cara llena de arrugas. Había escuchado que se había hecho maestra; seguro que se conservaba guapa.
    Por fin pulsó el timbre. Al cabo de unos instantes abrió un niño. Nizar calculó que tendría unos nueve años.
    –¿Qué quiere, señor?
    –Buscó a Leila Chafik.
    –Es mi madre –dijo el chiquillo alegremente.

  15. NIÑOS ENJAULADOS

    Un día la gente perdió la capacidad de reproducirse. Luego se abolió la arcaica costumbre de tener animales como mascotas, lo que ha ocasionado la moda de los sustitutos virtuales. Con ellos se puede hacer lo que se quiera sin tener que presentar ante las autoridades ningún calendario de vacunaciones.
    Es chocante ver a algunos pasear hologramas por las aceras limpias y los parques silenciosos, mientras otros, los más nostálgicos, siguen teniendo pajarillos enjaulados o roedores que corren en una huida perpetua.
    Muchos más de los que cabía esperar, con total impunidad, dan rienda suelta a sus más siniestros apetitos y no es extraño enterarte de que tu respetable vecino goza viendo cómo sus mascotas se despedazan o las deja morir de hambre. Ningún gobierno va a molestarse en corregir un vacío legal para impedir, por ejemplo, las peores aberraciones con niños irreales.
    Esta es la prueba más evidente de que ya no hay la esperanza para la raza humana. Nos hemos corrompido hasta desencadenar nuestro propio fin.

  16. https://albada2.blogspot.com.es/2017/07/inmortalizados-en-jabon-de-lluvia.html
    Paula y Luisito gozaban de la libertad de vestirse de lo que quisieran. Cerca de su casa pasaban los trenes que iban a cualquier lugar que la enciclopedia mostraba como ciudades, y que ellos no creían poder visitar jamás.

    Tenían el permiso paterno para irse a dar una vuelta tras la siesta, y ellos llevaban semanas posando en la alameda del pueblo, poco concurrida a las cinco de la tarde.

    Ese día aciago, en el que desaparecieron para no volverse a hallar, se habían colocado unos trapos, fingiendo ella ser un hada madrina bruja y él un arlequín loco, y como cada viernes, posaron para los viajeros. Consistía en quedarse quietos por un minuto, mirando al convoy. Luego volvían a casa.

    Al llegar la noche les echaron en falta. Y hasta siete días después les estuvieron buscando, con ahínco ,pero sin resultados. En los años sesenta los críos que desaparecían no armaban tanto revuelo en los medios de comunicación como ahora. Los padres, afligidos, acabaron por darles por muertos, entre sollozos y réquiems sin ataúdes para olvidar.

    Desde entonces corre la voz, de que, desde el tren de Ourense a Monforte de Lemos, cuando llueve, si miras hacia poniente, ves burbujas irisadas. Todas ellas con Paula y Luisito viviendo en ellas. Inmortales en su pose frente al destino de un billete de tren.

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