Viernes creativo: escribe una historia

¿Qué historias os cuenta al oído esta fotografía de Hellen van Meene?

Hellen Van Meene

Hellen van Meene

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13 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Éramos tres, sí, pero solo dos, en realidad. Tú siempre has querido volar sola, libre, y nosotras te lo permitimos. Ahora soy una y necesito sumarte, pero tú no sabes perdonar que no te llamase en años, que no te escribiese y que mi vida te hubiese dado la espalda.
    Éramos tres y ahora somos una y una y una. Únicas en nuestra soledad. Nuestro orgullo ha hecho su trabajo y nosotras lo hemos completado.
    Solo quedo yo. Vosotras ya no estáis, es imposible reencontrarnos. Intento volver a sumar con otras, pero solo resto. Resto ausencias, resto risas, resto abrazos…

  2. Tres hermanas

    Se quedaron ciegas, las dos, las gemelas. Yo las miraba todo el día, acechándolas. No podía creerme que fuera cierto, pero sí, no veían. Las ví tropezar, agarrarse una a la otra, pedir ayuda, mis padres corriendo de aquí para allá, angustiados.
    Todo había cambiado desde aquel momento,en que decidí que ya era hora que me hicieran caso a mí, la pequeña, y no a ellas , tan guapas, tan iguales, tan dóciles, todo el mundo quería conocerlas. Mi madre, orgullosa, hasta las había presentado en un concurso de belleza. Había que hacer algo. Y funcionó. El liquido que les puse en sus colirios embellecedores, que cogí del laboratorio de papá, dió resultado, aunque reconozco que me asusté mucho con sus gritos y los de mamá. Ahora ya no gritan, están tranquilas, aunque lloran bastante a menudo. Pero viene aún más gente a visitarlas y desde luego a mí ni me ven. He mirado otra vez en el laboratorio otras cosas que creo les irán bien en su desayuno. No quiero que lloren más por su ceguera, al fin y al cabo las quiero, son mis hermanas.

  3. Las gemelas cuchichean.

    Cuando eran apenas dos bebés idénticos, fue la primogénita la que se encargó de cuidarlas y de descubrir que, cuando alimentaba a una, era la segunda la que eructaba. De que, cuando cambiaba el pañal de la segunda, era la primera la que gemía de gusto al sentirse seca. Se maravillaba cuando jugaba a apretar un pie en el porche delantero y que gritara de dolor el jardín trasero. Crecieron como ventrílocua y muñecos mágicos, y se rieron tanto de los vecinos y amigos de sus padres.

    Ya son niñas bonitas las gemelas. Ya sueñan con el placer físico y, como el juego de antaño, prueban. Así que la una se encierra en el cuarto de baño con las revistas ajadas y provoca que ella agarre un cojín, un manta, la almohada, al gato y se retuerza entre sofocos rojos en los pómulos durante de la comida de Navidad, bajo el árbol.

    Ya tienen amigos especiales, amigos íntimos que no saben hasta dónde llega su poca intimidad con las gemelas. Porque ellas sienten que, cuando él toca la mano de ella, la otra siente la electricidad de ella en su corazón. O incluso más abajo de su corazón. Y que cuando aquél desnuda y acaricia la pubertad de la otra, es ella la que se retuerce de placer en el sofá de casa mientras ve el programa que tanto les gusta a las dos.

    Ya las gemelas se abrazan. Se tocan. Ahora descubren una nueva dimensión del placer físico en la intencionalidad de la otra en ella y de ella en la otra. Mientras su confidente de antaño las odia por no tener esa conexión, las gemelas dejan deambular sus deseos inocentes por el lado salvaje de la vida.
    Su hermana mayor se siente olvidada y, aunque sabe que son parte de su carne y de su sangre, se siente sola y el único deseo que le corre por donde deben correr otros es el de deshacerse de ellas.

    Cuchichean las gemelas, la primogénita observa.

  4. Los panes y los peces, las hermanas

    Odio cuando mi hermana se multiplica. Nos enfadamos y, para ganar la pelea, se vuelve dos, tres, veintisiete, las que necesite para parar mi rabia. Yo ya la conozco y por eso traigo un cuchillo y me dedico a matarlas. Pero nunca recuerdo cuál es la de verdad.

  5. CONCIENCIA

    Soy la mala, que a nadie le quede ninguna duda de que soy la mala. Las tres hemos crecido juntas, las tres dudamos de nuestra existencia como hermanas, las tres reímos y lloramos juntas y por separado, como si para todas eso significara lo mismo. Las tres parece que queremos a papá, las tres parece que odiamos a mamá. Pero ellas solo se miran la una a la otra, ciegas. Y a mí me ha quedado la parte de los sentimientos. Soy la mala y algún día, pronto, seré la única.

  6. LA CASA DE LAS HERMANAS
    Cuentan que primero eran dos. Dos chicas lánguidas y delgadas. Podían verse sus siluetas al caer la tarde, paseando descalzas por la parte de atrás de la casa. Decían que el monstruo las había enterrado en el jardín, bajo la mirada helada de su madre. La propiedad estuvo mucho tiempo en venta sin que ningún posible cliente se atreviese siquiera a visitarla. Hasta que llegó Peter con su hija, una joven tímida que apenas tenía amistades. La niña se identificó tanto con las anteriores jóvenes, que pronto comenzó a vérsela al caer la tarde paseando descalza por la parte de atrás de la casa…
    MVF ©

  7. El antifaz fonético
    -¡Daniela me siento ridícula, nos están observando todos! –dijo Andresa.
    -¡Disimula un poco hija!, ¡desde luego que sosa eres!, ¡parecemos dos maniquís anacrónicos! –contestó Daniela.
    -¿No sé de donde has sacado estos atuendos tan arcaicos? Seguro que del desván del viejo baúl de la abuela. Ya te dije que no me parecía buena idea disfrazarnos de chicas.
    -Más ridícula era tu idea de pretender utilizar el antifaz metafórico, añadiendo a nuestros nombres simplemente la feminidad de la vocal “a”.
    j mariano seral

  8. EL JARDÍN… PROHIBIDO

    Mamá nos dijo: “Esperar aquí fuera y vigilar.” Después entró en el cobertizo del jardín y cerró la puerta.
    Cuando vimos aparecer a papá, el miedo nos paralizó. Irrumpió en la caseta. Entonces cesaron los gemidos. Comenzaron los gritos, los disparos… el silencio.
    La verdad, nosotras no quisimos evitarlo. Estábamos cansadas de guardar aquel secreto y de compartir al jardinero con mamá.

  9. INSEPARABLES.

    Tengo dos años menos que Estrella y Luna, mis hermanas gemelas, pero nunca he existido para ellas. Son tan cómplices en todo que han creado su propio mundo, dónde yo jamás tendré un lugar.

    Cuando aparecen por el jardín, he de conformarme con observarlas desde la distancia mientras ellas cuchichean. No sé cómo decirles que, a pesar de lo mucho que se esfuerzan por salir del pozo, nadie, excepto yo, puede verlas.

  10. PASO AL VACÍO

    Solo fue un susurro, un eco de palabras etéreas, las que atravesaron el muro que le separaba, hacía más de un lustro, de sus hermanas.
    Sentía sus inquietos pies al borde del encuentro…

  11. CONNIVENCIA

    —¿Dónde vais tan frescas? ¡Hace un frío del carajo! ¡Y además descalzas! ¡estáis locas! —gritaba la abuela, desde la ventana de la cocina.
    Mis primas, las gemelas, no hacían caso y corrían hacia el fondo del jardín, yo la más pequeñas las seguía sin rechistar. Allí, de pie, cogidas de la mano entonaban mantras hasta que entraban en trance y empezaban a levitar. Yo, apoyada en la esquina del cobertizo miraba de reojo al vecino de al lado que nos observaba a través de los setos.
    Ese día, no sé si por el intenso frío o por otro motivo, no regresaron de su viaje astral; se quedaron tiesas, congeladas. El vecino, un apasionado del tema, tuvo la gentileza de acogerlas en su casa para observar su evolución. Las han examinado los mejores expertos en la materia y no encuentran explicación; «tal vez despierten en primavera» —comentan.

  12. Venganza
    Contaba la abuela que se crió con dos hermanas gemelas hijas de los dueños de la casa donde sus padres servían. Decía que ella iba siempre vestida con la ropa que las señoritas desechaban. Que, aunque dejaban que jugara con ellas, lo tenía que hacer desde unos metros más atrás y además en calidad de observadora.
    Pero un día, sin pensarlo, tuvo la oportunidad de vengarse de ellas. Era el cumpleaños de las niñas y en la casa se había preparado una fiesta. Su madre le dijo que planchara los vestidos de las gemelas y que lo hiciera con la plancha casi fría. La abuela puso la plancha sobre uno y dejó que se hiciera un buen agujero. Después cogió el otro vestido e hizo lo mismo. Las niñas se presentaron en paños menores ante sus invitados.

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