Viernes creativo: escribe una historia

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Vincent Bourilhon

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15 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. ¡Me dejasteis solo, malditos! ¿Por qué no habéis rematado la faena? Queríais que sufriese el desgarro de la ausencia de mis compañeros, que su sangre tiñera mi piel, que jamás pudiera olvidar esta masacre.

    Mis gritos no os ablandan. Sois pedernales sin alma. Veo cómo os alejáis camino abajo, entre bromas de salvaje primitivismo, y me siento impotente. El cielo negro parece querer descargar su ira. Pero ya será demasiado tarde.

  2. Hijos de un dios menor
    Nos abandonaron como guiñapos, en un lugar a kilómetros de ninguna parte. Mis hermanos lloraron hasta caer rendidos, con los pies sangrando, agotados de caminar en una dirección que nos reconducía, una y otra vez, al mismo lugar de partida.
    Sin alimentos, sin cobijo, sin fuerzas, se dejaron caer en los brazos bondadosos de un Morfeo que más tarde los depositaría en los de Tánatos, como pago a una deuda entre los dioses.
    Yo, con las pocas fuerzas que me quedaban, supliqué a las deidades, imploré clemencia, reproché su maldad incontenida, pero solo conseguí aumentar su cólera y desde las alturas, entre negros nubarrones, apareció Thor y envió truenos y relámpagos; más tarde descargó con furia toda el agua almacenada en las nubes.
    Me tumbé junto a los míos y me dejé mecer entre agua y tierra por un Eolo caritativo que nos depositó en un jardín idílico lleno de sueños cumplidos.

  3. Morir en vida

    Te mueres en el mismo instante en el que dejas de querer hacer y tan solo esperas.

    Esperas dejar de sufrir, y te abandonas. Delegas cada una de las decisiones que debes tomar para luchar. Para quererte, para seguir adelante. No te vale el amanecer, ni el sol. Ni la brisa del mar, ni los besos de los que todavía te quieren.

    Das por perdido lo que aún tiene sentido. Para ti ya no.
    Te despides, y pides que los demás no te lloremos, porque tú te vas a quedar tranquilo, a gusto. Por fin dormirás y se acabará el sufrimiento. El resto tenemos que aceptar que no quisiste intentarlo en ningún momento. Simplemente esperas que seamos capaces de decirte adiós, y continuemos con nuestras vidas.

    Pero lo que tú quieres es imposible y la decisión más egoísta de la que he sido testigo. Eres libre de esperar y cumplir tu destino, el resto solo podemos caminar. Alejarnos, porque verte morir en vida, duele más que verte morir de verdad.

  4. Pensaba que por fin había encajado en un grupo que me comprendía y respetaba. Un grupo de compañeros leales con los que no tenía que fingir ser quien no era. Habíamos coincidido en una etapa del camino, y enseguida conecté con ellos. Cierto que eran un tanto singulares, pero no mucho más de lo que era yo mismo, después de todo… ¿de quién puede decirse en nuestros días que no sea singular? Jamás pasó por mi mente, ni por un momento, la idea de que todos ellos fuesen un engaño más del sistema. Solo cuando la tormenta dañó sus baterías y cayeron delante de mí, uno tras otro, me di cuenta de lo estúpido que había sido confiando mi amistad a un puñado de replicantes.

  5. Escena, por Luciano Doti

    Nubes negras cubrían el cielo. Pronto, el trueno, el relámpago y quién sabe qué más. Un hombre, de rodillas, gritaba con la vista clavada allí arriba; los tendones de su cuello marcados por el esfuerzo de la voz; las palmas ofrecidas a la inmensidad. Otros hombres yacían recostados sobre el sendero, suerte de camino rural angosto, bordeado por alambrados de púa que intentaban limitar lo inabarcable. Todos parecían ser parte de un ritual. Sin dudas, habrían esperado ese momento: el de la tormenta, que solía llegar cada año para esa fecha.
    Fuera de foco, alguien le indicó al de la voz que se expresara aun con más énfasis. Él trató de complacerlo. Así continuó el ritual, hasta que ese alguien fuera de foco lo interrumpió.
    -¡Corten!

  6. —¡No es momento de dormir, maldita sea! ¡Se aproxima un tornado! ¿Qué queréis? ¿Que cargue yo con todos vosotros? Aquí os dejo, yo me largo. Ahí se os lleve el tornado, y la madre que os parió. Lo que no entiendo es por qué os parecéis tanto a mí. Lo mismo sois yo, y si os lleva el tornado, a mí también me lleva, aunque salga pitando. Joder. Venga, arriba, no puedo con vosotros. ¿Por qué vais iguales? ¿De qué secta sois? A mí no vendáis cuentos. Bueno, me voy. Ahí os quedáis, seáis mis yoes sin gusto, mis conciencias, la secta de la segunda venida de Cristo o los pitufos de mayores. Yo me voy, que de aquí a un rato vais a parecer peonzas en el cielo.

    Tras decir esto, el espíritu del tornado siguió su camino, acabando con todo lo que se interpusiese en su camino, lavándose las manos y clamando el son de paz con su camisa blanca.

  7. ANTES DEL DILUVIO

    Después del potente ritual para que llegara la lluvia los chicos cayeron exhaustos salvo uno, Noé, que seguía gritando llamando el agua.
    Parece que por fin el cielo ha escuchado la plegaria, a lo lejos ya se amontonan nubes negras cargadas del preciado líquido. Se acabará la sequía, los embalses se llenarán otra vez. Luego vendrán las inundaciones…

  8. En un lugar muy apartado de la ciudad, bajo un cielo plomizo, Marshal espera la llegada del cometa Hale junto a los chicos que están listos para partir.

    Todos visten pantalones deportivos, zapatillas de marca y un holograma atado a sus cuellos, es un cordón en el que se vislumbra una cabeza alargada, de tez gris, rapada y de ojos verdosos. Están dormidos por la toma de un barbitúrico, disuelto en una bebida de zumo de manzana y vodka.

    Le fue fácil convencerlos de lo que tenían que hacer, ya que en sus prédicas constantes les habló de desechar las envolturas (los cuerpos), para con ello lograr dejar la tierra y buscar una forma de vida superior en el espacio.

    El día ha llegado y por ello confiados se lo tomaron, con la creencia que al despertar estarán montados en una nave que viene con el comenta y va con destino a esa nueva vida y a la diestra de su creador.

    El cometa hace su aparición, el líder grita: “¡Estamos listos!, ya son muchos años de aprendizaje aquí en este planeta Tierra, abandonaremos con alegría este mundo”.

    Y convencido de haber sido escuchado, el fundador de la secta se toma el brebaje y se acomoda a la par de sus discípulos.

  9. AROMA MARCHITO DE CAMPO

    Gritó desde la impotencia la muerte en la falda de madre, en la ebriedad teñida de finita de vida,
    en el secreto que aullaba ausencia y soledad en cada gota perdida. Equilibrio de tierra…
    Azul, blanco, dolor, quejido, otoño en un tiempo perdido entre el eco de un adiós y un lugar devastado de colinas.
    Raíz derrotada en lavanda, preludio de lluvia, campo en barbecho de silencio.

  10. MÁRTIRES
    Ya no te creemos, Sivarich. Llevas años diciéndonos que te disparemos, que quieres hacer leyenda dejando tu cadáver tendido en el barro. Pero nunca mueres. Es inútil. Hemos vaciado mil veces nuestros cargadores sobre tu silueta suplicante, pero siempre hay una pega: no te gusta cómo caes o te parece poco épica tu figura tendida en la cuneta. Entonces te levantas y nos instas a que volvamos a intentarlo. A ti te sobran vidas y a nosotros nos faltan balas. Ya no, Sivarich.

  11. REBELDE

    Primero, uno a uno, fueron despojados de su identidad al ser detenidos. Uniformados, con camisa negra y pantalón blanco, pasaron a formar parte de los vencidos. Solo él opuso resistencia. Soportó amenazas y vejaciones, pero mantuvo la ropa y la dignidad. Los vencedores acabaron por aceptar su rebeldía y lo dejaron en paz.

    Al amanecer, el cielo se vistió de luto. Aquellos hombres, armados de locura, eligieron a unos cuantos prisioneros al azar, entre los que se encontraba él. Al llegar a un campo cercano, los obligaron a tumbarse al borde del camino, intercalados en posición fetal. Obedecieron sin rechistar. Él se negó a cumplir la orden. Permaneció de rodillas hasta que le alcanzó la sinrazón de la guerra.

    Gritó hasta su último aliento mientras del pecho se le escapaba la vida y la libertad, tiñendo su camisa blanca.

  12. CLIC… CLIC… CLIC…

    Al atardecer, con las primeras tormentas que anuncian el final del verano, nos llevaron a un lugar desconocido en medio de la nada. Nos hicieron descender del camión y adentrarnos entre el vallado de dos campos. A los pocos pasos nos dieron el alto e indicaron que nos arrodillásemos con la mirada perdida en el suelo. Entonces el jefe de aquella jauría se situó en el extremo de la fila opuesto al mío y disparó en la nuca del primero. Fue poco a poco, uno tras otro. De reojo observé como caían. Como la sangre que manaba de sus cabezas teñía la tierra apagando aquel verde, que dejó de ser esperanza. Pude ver como la mayoría yacían con el pantalón mojado por el miedo. Conforme se acercaba, mi corazón parecía que iba a reventar. Quería gritar, pero el pánico atenazaba mi garganta. Llegó tras de mí, al sentir el frío cañón sobre mi nuca, noté aquella humedad caliente derramarse entre mis piernas. Escuché un clic y el silencio. Otro clic y otro más, pero la muerte no llegaba. En ese instante mi ejecutor me dio una fuerte patada en la espalda y gritó: ¡Hijo de perra, vive, así sufrirás más, ya que nunca podrás olvidar esto!

  13. Esperanza
    Un buen día la Tierra se puso en movimiento y giró en torno a un trazado elíptico entre la Luna y el Sol. Una Tierra de nadie sin más dueño que el Universo, sin más fronteras que la mar, los ríos, las montañas, las estrellas.
    Millones de años después llegó el hombre orgulloso, ufano, altivo; levantando muros y alambradas estribadas por el adverbio posesivo “mío”, desterrando incluso a sus congéneres al vacío de la nada.
    Pero allí estaba Manuel impertérrito gritando: “equidad”.
    j. mariano seral

  14. EPIDEMIA

    Aquella fiebre enfermiza se hizo viral hasta el punto de asolar a la ganadería autóctona de la zona y con ello también a las personas que se abastecían de dichos recursos.
    Los pocos sobrevivientes huían despavoridos alrededor de las dehesas acotadas con alambradas de espino bajo un cielo de escombros cobaltos que envolvía en sus fauces a quienes yacían esparcidos por la hierba presos del pánico y de la implacable guadaña que blandía la parca segándoles su aliento.

    Solamente un hombre hincado de rodillas con los brazos abiertos y el torso erguido suplicaba clemencia víctima de su desesperación a un dios desconocido e implacable. Quizás un gesto inútil, quizás un pequeño desafío o tal vez un acto heroico… Aunque algunos todavía lo juzguen de fanático loco o de líder sectario, nunca sabremos que podía ocultar semejante conducta en aquellos segundos previos a su muerte.

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