Viernes creativo: escribe una historia

Maravillosas las instalaciones de la artista plástica Fardou Keuning que se pueden ver en La Neomudéjar, en Madrid. ¿A que se os ocurren mil historias?

Fotografía de Manu Espada.

Fardou Keuning

Fardou Keuning

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14 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. No sé por qué me han juntado con esta panda de raritos. No tengo nada que ver con ellos. Yo soy perfecta, tengo dos piernas, dos brazos y un hermoso cuello. Creo que hablaré con la Directora de este colegio de tullidos. No debo seguir ni un día más aquí… Y espero que no se pongan a criticarme esos ignorantes por el simple detalle sin importancia de que yo no tenga cabeza. Ellos son los defectuosos, yo no.

  2. Guarda silencio, no hables con el compañero, deja de moverte, pon atención, saca el lápiz. Escribe despacito y con buena letra, pon la fecha de hoy: veinticuatro de noviembre de mil novecientos ochenta y tres. Hoy es tu cumpleaños, te hemos comprado una tarta, haremos una gran fiesta. Puedes invitar a tus amigos. Tus padres queremos para ti lo mejor, por eso te hemos mandado a ese colegio Algún día serás un hombre de provecho, y tendrás una vida feliz. Algún día.

  3. Sueños congelados

    Allí quedaron nuestros sueños. Sentados en la misma posición en la que siempre estuvieron. Clara quería ser cantante, Diego futbolista. Tom pintaba duendes en cada esquina de las hojas de su cuaderno azul. “Mi padre no me dejará estudiar Bellas Artes, él quiere que sea abogado”, se lamentaba.
    Rick sonreía e iluminaba campos de futbol. Miradas tímidas, roces de piel. Besos en la mejilla.

    Allí quedaron nuestros sueños y nuestra inocencia. Apaleada por la madurez y esas prisas por crecer. Por obtener una independencia ficticia. Una libertad enlatada, cubierta por facturas y tipos de interés.

    Allí se quedaron los amores pausados en un tiempo que no nos pertenecía. Viajando por estados superpuestos como el gato de Schrödinger. Quizá vivos en otro lugar, quizá algunos aún esperando su momento…

  4. Toma tu número y espera, me dijiste; tú serás el siguiente y el último. Debí sospechar que nunca lo sería, una vez comprobé las caras de los demás; los que aguardaban su turno con la sonrisa congelada desde el momento en que escucharon, ellos también, que la espera finalizaba con ellos.

  5. En el ambulatorio

    A cada uno de nosotros nos rogaron que cogiéramos un número y que nos sentáramos en la sala de espera. Casualmente todos estábamos citados a la misma hora y entraríamos en la consulta por orden riguroso de llegada.
    Después de media hora no habían llamado a nadie. Alguien dijo: «Todavía no ha llegado el médico».
    Luego perdimos la noción del tiempo y aquí seguimos esperando.

  6. –Rufo, estoy muy descontento.
    –¿Por qué, César?
    –Lo sabes bien.
    –César, os quejasteis de que los senadores no paraban de hablar en vuestros recitales. ¿Acaso no han guardado silencio esta vez?
    –Sí, Rufo, claro que han guardado silencio. ¡Estaban muertos!
    –¿Cuál es, entonces, el motivo de vuestro descontento, César?
    –Ay, Rufo, nadie me ha aplaudido cuando he terminado de recitar mi magnífico poema.

  7. No hubo peor castigo que la eternidad.
    Sus travesuras fueron de tal magnitud que cada uno de sus miembros sangraron ante la pena sentenciada a golpe de instrucción.
    Ningún movimiento, nada de respirar sin permiso, nada de mirar por encima del compañero, nada de desplomarse del asiento, nada de querer copiar…

    Hoy su texto mudo gravita en un ciclo perdido, en el aula de un curso, en la tregua de un recreo que sabe a trance y degusta su maestra con un placer dudosamente inconfesable…

  8. AQUÍ NO HAY QUIEN VIVA

    —Bueno ¿ya están todos sentados? Pues empezamos la junta de vecinos. Como único punto del orden del día trataremos la fiesta del próximo día uno. Sí, Dª Remedios ¿dígame?

    —Querría pedir, que la Anselma del 3º tenga cuidado al regar las plantas, que me moja todo.

    —Eso dígaselo a mi hija, que es la que se encarga —contesta desde el fondo la Anselma.

    —Vale, aclarado. Por cierto, D. Ricardo, haga el favor cuando salga a pasear, de taparse un poco, que desde lo de su accidente tiene un aspecto desagradable para la vista. ¿Qué quiere, Dª Gertrudis?

    —Agradecería. a Mariana y su marido, que no pongan este año flores naturales, es que soy alérgica al polen.

    —Vale, oído cocina —contesta Dª Mariana, y susurrando entre dientes —Pues si no quieres caldo, toma dos tazas.

    —Bueno, almas cándidas, creo que está todo aclarado. Disfruten de la fiesta. No armen mucho jaleo. Y, sobre todo, nada de correr por los pasillos ni lanzar fuegos fatuos a altas horas de la madrugada, que aquí, quien más quien menos solo desea descansar en paz.

  9. Performance
    Nos sentamos exhaustos cuando nos dolían las palmas de las manos de tanto aplauso, cuando nos ardían las gargantas de pedir otra y otra a voz en grito, cansados de esperar aquellos bises que no acabaron de llegar. Aguantamos los fríos de invierno, los vientos y las lluvias que nos dejó la primavera, el calor tórrido del verano, la inestabilidad del otoño. Acudimos al desplome del escenario, a la desolación que conquistó a las bambalinas, a la extinción lenta, fatal e inexorable de las candilejas. Sufrimos el asedio hosco de gentes extrañas, sobre sillas convertidas en potros de tortura, hasta que notamos, por fin, que el espectáculo éramos nosotros.

  10. SU TURNO
    La gente del condado de Carlsbury siempre ha sido muy cívica. Incluso en exceso. En Carlsbury colocas una ventanilla, un cartel que ponga “Espere su turno”, una docena de sillas y es cuestión de minutos que los asientos se llenen de gente dispuesta a esperar. Lo de menos son los motivos de la espera: lo importante es seguir al pie de la letra las indicaciones del cartel. Por eso, no es extraño encontrarte, al torcer cualquier esquina, a un grupo de cadáveres momificados esperando su turno. Y no es extraño tampoco que algún espontáneo se acerque a uno de ellos y, dándole un par de toquecitos en la espalda, le susurre al oído: “¿El último, por favor?”.

  11. COMPETENCIA DESLEAL

    Desde hace unos años, programamos cursos de reciclaje para nuestros residentes. El tiempo pasa, las modas cambian y para no quedarse obsoletos asisten a las clases que se les imparten. La verdad, es que son unos alumnos excelentes. Permanecen quietos en sus asientos mientras atienden en silencio. A veces, cuando levantan la mano para preguntar, sufren algún que otro percance propio de su edad, pero no hay ningún problema. Siempre encontramos la manera de solucionarlo tras aclararle sus dudas.

    Últimamente, el colectivo sufre de mucho intrusismo, sobre todo desde que está de moda disfrazarse de zombi la “Noche de Halloween”.

  12. EN PERIODO DE PRÁCTICAS

    A ver, puedo entender que sea obligatorio practicar el oficio de la enseñanza antes de dar clases en la universidad y también que la formación varía dependiendo del colectivo al que va dirigida. Pero es que el grupo que me ha tocado no motiva mucho, la verdad. Ni son participativos, ni tienen iniciativa, ni se les ve el interés por ninguna parte. Vaya, que yo me preparo las clases a conciencia pero me vuelvo a casa con una sensación bastante poco estimulante.

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