Viernes creativo: escribe una historia

Hoy os pido que escribáis una historia del circo, de este artista que, como os podéis imaginar, hace algo espectacular con ese estupendo atributo que guarda en su calzón.
¿Qué? No lo sé, ¿me lo contáis?
La maravillosa fotografía es de Evgeny Mokhorev.

evgenymokhorev

Evgeny Mokhorev

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

 

Anuncios

7 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. LA ÚLTIMA FUNCIÓN

    Me siento en la barra atestada del bar. Espero unos instantes a que alguien repare en mi indumentaria. Nadie se gira.
    Esta tarde, en el viejo circo, medio desvencijado, que inspira más pena que alegría, he tenido una actuación pésima, espantosa, la peor de mis veinte años de profesión. Nadie se rió. Ni siquiera pude percibir una leve sonrisa. El público parecía hecho de cartón piedra. Me acerqué a ellos e incluso me atreví a tocar el brazo de un niño. Estaba extremadamente frío. Hice lo mismo con el resto de las personas situadas en la primera fila. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Todos estaban helados e inmóviles. Entonces, corrí, desesperado, buscando la salida.
    Sigo tomando mi café. ¿Qué puedo hacer? Me duele mi respiración. ¿Y si me acusan a mí? Yo no soy responsable de su muerte… ¿o, tal vez, sí?
    (Participación mía en ENTC)

  2. Vaya con la ancianita (¿vieja verde?)

    El anuncio lo decía bien claro: Se necesita tracepista que se mantenga firme en la cuerda floja. Y allí que fui yo. Mis años de experiencia en el circo como funambulista me daban la confianza de que podría pasar sin despeinarme la prueba a la que fuera sometido, así que allí me fui y esperé en aquella salita que más que de espera era de desesperación. Más de un cuarto de hora le dedicaban a cada candidato y todos, sin excepción salían con cara de vinagre, andando a paso ligero y dando un portazo que los cuadros de la pared tardaban diez segundos en quedarse quietos. Llegó mi turno y cuál sería mi sorpresa cuando una ancianita me dio unos calzoncillos que parecían de su nieto y me hizo ponérmelos allí delante de ella. Después me hizo pasar por el patio de luces del edificio de una ventana a otra por los alambres del tendedero para traer unas prendas de ropa que decía que se habían quedado enganchadas.
    Yo también, al igual que mis antecesores salí corriendo de aquella casa.

  3. EL MÁS DIFÍCIL TODAVÍA

    Cuando acudieron a mi despacho los trapecistas del circo, mi primera intención era despedirlos. Su número se había quedado obsoleto. Irina era una antigua campeona olímpica rusa de barra fija que siempre trabajaba con su marido, Trabukonov. Nunca supe si ese era su verdadero nombre o si tenía algo que ver con los atributos que ocultaba bajo las mallas. Al ver las lágrimas de Irina, les di una semana para introducir mejoras.

    Al cabo de siete días, me llamaron a la pista central para que viera las modificaciones en su actuación. Ambos comenzaron a balancearse en sus trapecios. Irina se soltó y tras dos giros en el aire, se asió con sus manos en aquel mástil erecto que sobresalía entre las piernas de Trabukonov. Después se lanzó de nuevo al vacío, dio dos giros mortales con triple tirabuzón, para caer, otra vez, sobre su marido. En esta ocasión se sujetó con la boca, manteniendo entre sus dientes el miembro viril de Trabukonov.

    Ante aquello, y mientras aplaudía entusiasmado, solo pude gritar: ¡Este número es la polla!”.

  4. EL HOMBRE DIANA

    Aunque, Sergei Nabokov nació en el circo y, a pesar de que, la genética le había regalado un cuerpo escultural, no lograba encontrar su sitio. Probó como funambulista, pero fue un verdadero fracaso. No logró mantener el equilibrio dado al excepcional tamaño de sus atributos masculinos. Después lo intentó como trapecista. Fue un completo desastre. Casi se mata al no poder soportar sus piernas el sobrepeso de su entrepierna.

    Un golpe de suerte le mostró la respuesta que buscaba. La marcha repentina del «Hombre cañón» le dio la oportunidad de ocupar su lugar. Descubrió que, gracias a lo bien dotado que estaba, donde ponía el ojo ponía la bala.

    • Javier Puchades

      EL MÁS DIFÍCIL TODAVÍA

      Cuando acudieron a mi despacho los trapecistas del circo, mi primera intención era despedirlos. Su número se había quedado obsoleto. Irina era una antigua campeona olímpica rusa de barra fija que siempre trabajaba con su marido, Trabukonov. Nunca supe si ese era su verdadero nombre o si tenía algo que ver con los atributos que ocultaba bajo las mallas. Al ver las lágrimas de Irina, les di una semana para introducir mejoras.

      Al cabo de siete días, me llamaron a la pista central para que viera las modificaciones en su actuación. Ambos comenzaron a balancearse en sus trapecios. Irina se soltó y tras dos giros en el aire, se asió con sus manos en aquel mástil erecto que sobresalía entre las piernas de Trabukonov. Después se lanzó de nuevo al vacío, dio dos giros mortales con triple tirabuzón, para caer, otra vez, sobre su marido. En esta ocasión se sujetó con la boca, manteniendo entre sus dientes el miembro viril de Trabukonov.

      Ante aquello, y mientras aplaudía entusiasmado, solo pude gritar: ¡Este número es la polla!”.

  5. EL MÁS DIFÍCIL TODAVÍA

    Cuando acudieron a mi despacho los trapecistas del circo, mi primera intención era despedirlos. Su número se había quedado obsoleto. Irina era una antigua campeona olímpica rusa de barra fija que siempre trabajaba con su marido, Trabukonov. Nunca supe si ese era su verdadero nombre o si tenía algo que ver con los atributos que ocultaba bajo las mallas. Al ver las lágrimas de Irina, les di una semana para introducir mejoras.

    Al cabo de siete días, me llamaron a la pista central para que viera las modificaciones en su actuación. Ambos comenzaron a balancearse en sus trapecios. Irina se soltó y tras dos giros en el aire, se asió con sus manos en aquel mástil erecto que sobresalía entre las piernas de Trabukonov. Después se lanzó de nuevo al vacío, dio dos giros mortales con triple tirabuzón, para caer, otra vez, sobre su marido. En esta ocasión se sujetó con la boca, manteniendo entre sus dientes el miembro viril de Trabukonov.

    Ante aquello, y mientras aplaudía entusiasmado, solo pude gritar: ¡Este número es la polla!”.

¿Qué opinas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s