Viernes creativo: escribe una historia

¿Qué hay al otro lado de la escalera? Con esa pregunta y esta fotografía de Anne Nobels podéis escribir lo que queráis.

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Anne Nobels

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6 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Ven, sube conmigo, princesa.
    No temas si la escalera se cimbrea ante tus pies
    ni que el hálito de tus sueños te amenace
    con esos escalones gigantes.

    Allí arriba resuenan ecos de armonía,
    esa música acordada que te mecerá
    en mi ausencia.

    Ven, sube conmigo, princesa.
    No detengas tus pequeños pasos
    y permite que entre la sonrisa franca,
    sin cortapisas,
    cuando yo solo sea una reminiscencia.
    Tu inevitable pasado.
    Un latido lejano.

  2. LA ESCALERA
    La sombra se había perdido escaleras arriba. Aunque todavía podía escuchar cómo sus pasos se volvían cada vez más lejanos. Le llevaba bastante ventaja. Y sólo él podía contestar sus preguntas. No podía correr. Debía tener cuidado en no delatarse pues la madera de las escaleras se escuchaba demasiado. La luz que entraba por la ventana del descansillo le cegó. Usó su mano a modo de visera y con la otra se agarró a la barandilla. Cuando notó que incluso ésta podría hacer puenting, la quitó rápidamente.
    El último tramo de escaleras llegaba a su fin. Con la lengua fuera, cogió aire tras el último escalón, antes de enfrentarse a él. Se detuvo ante la única puerta existente.
    —Señor, señor —gritó abriéndola sin avisar—. ¿Podría decirme por qué ha venido huyendo hasta aquí? ¿Qué ha venido a buscar?
    Sacaba la cámara de la mochila sin ver que el hombre tenía una pistola en la mano y le apuntaba. Sólo atinó a escuchar el gatillo antes de sentir la bala penetrándole en el pecho, cayendo, al instante, al suelo, con un reflejo de estupor en la cara.
    El hombre dejó la pistola en la mesa donde se había estado apoyando mientras le esperaba y se sentó en el marco de la ventana abierta que había al lado. Cogió el móvil y marcó un número.
    —He matado al último papparazzi —dijo antes de que la voz sonase al otro lado de la línea.
    —No, la última papparazzi soy yo —escuchó al otro lado del teléfono. Un pitido se oyó al otro lado de la línea y un segundo después, la casa saltó por los aires.

    Charo Anadón

  3. El final de la escalera

    Mi madre vivía en la planta baja de un edificio de la calle Amargura. Siempre me pareció una ironía del destino, pues era el estado habitual en el que vivía ella desde que mi padre había decidido formar una familia nueva en la otra punta del mapa. Él se había mudado a la calle Felicidad con una mujer risueña y encantadora. Había tenido dos preciosos hijos rubios y adorables. Mientras que mi madre había preferido convivir con la amargura pegada a su cuerpo, en vez de rehacer su vida y pasar página.
    En todas las conversaciones lanzaba una puñalada a mi padre. Si por ella fuera, él hubiera sido el culpable de todos y cada uno de los males que sucedían alrededor del mundo. Satán era un bendito a su lado.
    Ella sospechaba que yo seguía en contacto con él y de vez en cuando, me daba una paliza en la que descargaba toda esa amargura con la que ya no podía cargar.

    La casa siempre estaba en la penumbra, sin espejos donde mirarse. Ella detestaba su aspecto y no salía jamás a la calle. Una mañana me llamó.
    —Sube al piso de arriba y dile a ese bastardo que deje de arrastrar cosas. Es molesto.

    Sentí terror. El edificio me daba pavor. Esa escalera que crujía al subir. Nunca me había atrevido a pasar del primer peldaño.
    —No, por favor. No me obligues a ir —supliqué.
    —Sube o te vas a enterar.
    Lo dijo con un tono de voz que me heló la sangre.

    Subí. Caminaba despacio mientras la madera crujía bajo mis pies. El sonido de mi latido retumbaba en mis tímpanos. Temblaba.
    Llegué a la puerta, me armé de valor y llamé.
    Me abrió un señor muy mayor. Llevaba unas gafas apoyadas al final de la nariz y me observaba por encima de ellas. En una mano sujetaba un libro.
    —¿Quién es, querido? —dijo una voz femenina desde el interior.
    —Una jovencita con cara de susto — contestó con la sonrisa más amable que había visto.

    Desde ese día subí cada tarde. Julia preparaba galletas y Manuel me ayudaba con los deberes. Me inculcó la pasión por los libros. Ambos convirtieron mi vida en algo más soportable, regalándome el cariño que mi madre me negaba. Al final de la escalera que tanto me aterrorizaba me esperaba el paraíso. Desde entonces me enfrenté a todos los miedos que me fui encontrando por el camino.

    Dice una canción: “Cuando ya no sepas dónde ir, solo vete donde dé más miedo…”

  4. LA REFORMA

    He adquirido el viejo caserón del bosque. Al encontrarse deshabitado durante los últimos cincuenta años, he tenido que acometer algunas obras. El contratista me ha dicho que en tres semanas la reforma estará terminada. La planta baja y la superior están casi acabadas. Y que para tener acceso a lo que parece ser un desván, en la parte más alta de la casa, solo falta por derribar una pared que hay al final de la escalera
    Esta mañana, me ha llamado muy angustiado el encargado de la obra. Me dice que tienen todo preparado para comenzar a tirar el tabique. Pero, cada vez que levantan la maza, escuchan con estupor que hay alguien que llora al otro lado de la pared.

  5. AL ANOCHECER

    Despierto conmocionada por el golpe. Alguien me ha empujado desde lo alto de la escalera de caracol. Alzo la mirada, pero no consigo ver a nadie, solo la sombra de la ventana que el sol proyecta sobre la pared. Cuando recobro la compostura, reinicio el ascenso con mucho esfuerzo, pero de manera silenciosa. Toda precaución es poca. No sé quién está al acecho. Mi respiración agitada impide que escuche la suya con nitidez, pero sé que está ahí.

    Llego arriba sin que descubra mi presencia. Agazapada en el rincón espero a que anochezca. Planeo mi venganza mientras me balanceo en mi telaraña.

  6. Arriba está ella, no puede caminar y sola espera.
    Pasan los días y en su silla de ruedas mira a través del cristal de su ventana, allí cada a la misma hora está él, con periódico y su gabardina vieja.
    El que saltándose el semáforo dejo su cuerpo sin piernas.
    Él no la ve, la ignora.

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