Viernes creativo: escribe una historia

Una imagen vale más que mil palabras, yo me conformo con que pongáis unas pocas a esta fotografía que nos cuenta tantas historias, de nuestra compañera Elisa de Armas.

Elisa de Armas

Elisa de Armas

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6 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. SOLEDAD
    Alma tenía una muy buena amiga que, al quedarse viuda, había llenado su casa de gatos, para tener compañía. No lo comprendió, entonces. Ahora, sin embargo, cuando rondaba los setenta, se identificaba mucho con la situación de Adelita. Con el paso de los años, su frustración por no poder ser madre y por no tener a alguien que la quisiera de verdad provocó su deseo de acumular muñecas de porcelana. Hacía mucho que había perdido la cuenta de cuántas tenía. Las cambiaba, las llenaba de besos, cantaba canciones infantiles a sus oídos y sonreía, feliz, por tenerlas cerca.

    El día que Antonio, el sobrino que la abandonó, se llevó sus ahorros y los dilapidó, retornó a casa, para ver si podía conseguir algo más, Alma sintió que su vida terminaba. Él decidió que ella estaba loca y se empeñó en conseguir que la llevaran a un psiquiátrico. La anciana, cuando la trasladaban, pudo ver cómo el maldito encendía una hoguera en el jardín, en la que se escuchaban los gritos desesperados de sus hijas, reclamando una salvación que jamás iba a tener lugar.

  2. La vieja del visillo

    Dicen que si te portas mal la vieja del 5º C te convierte en muñeca. Que odia a los niños. Yo la veo cómo se esconde tras el visillo mientras jugamos en la plaza, nos observa detrás de sus gafas de culo de vaso y acaricia el pelo de una muñeca, no siempre la misma. Me encanta ponerme detrás de un seto y mirarla, como hace ella con nosotros. A veces subo hasta su casa y me quedo pegada a la puerta, se me agita la respiración y estoy tentada de llamar para pedirle que me enseñe sus muñecas. Así yo podría enseñarle otro día mi colección de viejitos desvaídos, con sus bastones torcidos, las piernas arrugadas y las gafas rotas.

  3. Y el sueño se hizo realidad

    Jacinta vivía en una modesta buhardilla de un antiguo edificio, junto a una vieja fábrica de muñecas. Era viuda y siempre había añorado la compañía de unos hijos que la vida se lo había negado.

    Una noche alguien llamó con insistencia a la puerta de su domicilio. No parecían golpes, sino algo más delicado, por lo que le costó distinguirlos entre el bramido del viento y el croar de los sapos en las orillas de la charca. Al final corrió a abrirla y atónita contempló la figura de una pálida niña que balbuceando le pidió ayuda.

    —¿Por qué me miras de esa forma tan extraña? Nunca te he visto por aquí y además una niña no debe escaparse de casa. ¿De dónde vienes? ¿Qué quieres de mi? —no dejaba de formularle preguntas sin darle opción a responderlas.

    La visita la había desconcertado de tal forma que la desconocida temió responderla, puesto que temía lo peor si le contaba la verdad y prefirió mantenerse en silencio, mientras Jacinta la invitaba a sentarse a la mesa del comedor junto a una de aquellas desvencijadas ventanas por las que divisó a sus «hermanas» gemelas.

    —¿Quienes son y por qué vienen a buscarte?… —le cuestionó la mujer a la forastera.
    —Son mis hermanas de la fábrica. No les gusta vivir allí encerradas, llenándose de polvo en sus cajas de cartón, prefieren quedarse con nosotras.

    A partir de entonces, nadie en la fábrica sospechó de Jacinta ni del paradero de aquellas muñecas. Ella, mientras tanto, las cuidaba con el mismo cariño de una madre.

  4. Ejército
    La vieja portera no soporta la lluvia que mancha las ventanas en otoño. Ni el murmullo que originan los vecinos al encontrarse en la escalera. La vieja portera hace tiempo que no soporta nada ni a nadie. Desde que se quedó sola, desde que su marido desapareció tras los pasos de una cupletista de tercera; desde que sus hijos tomaron otros rumbos y se olvidaron de ella, perdida en la memoria, entre regañinas, ausencias y castigos. La vieja portera está, desde hace tiempo, en guerra con el mundo. Recluta en los rellanos peponas olvidadas o perdidas. Recoge a las muñecas que esperan en las puertas de las tiendas o en los bancos de los parques. A las que duermen sucias y olvidadas en los cubos de basura; a las que abandonan tullidas de piernas, brazos o cabeza. Las cuida a todas, las viste, las peina, las arregla. Las ordena en perfecta formación. Escuadras de Nenucos y de Nancys, pelotones de Barbies y de Lidias, patrullas de Barriguitas y compañías de Chochonas. Todo un regimiento a sus órdenes, que espera a que la imagen exótica de un genio oriental, rescatado también del baúl de un antiguo vecino, active las ansias de venganza de sus corazones de plástico.

  5. MARÍA

    Hace demasiado tiempo que a María se le escurrió la vida entre los dedos. Una niñez solitaria la rodeó de amigas imaginarias con las que jugaba y tomaba el té. La adolescencia le llegó cargada de miedos e imposiciones paternas que le cortaron las alas antes de volar. Más tarde, un matrimonio de conveniencia y un marido posesivo educado a la antigua, le regalaron una jaula dorada donde criar a sus hijos. Se dedicó a cuidar de su familia hasta que los pequeños crecieron y alzaron el vuelo. Entonces, se ocupó de sus padres hasta que llegó su último aliento.

    Ahora, el olvido le ha devuelto sus muñecas y no se cansa de jugar.

  6. LA COLECCIONISTA

    Después de algún tiempo, pese a las dificultades y contratiempos, creo que la he completado. Tengo toda la colección de muñequitas: La Barbie de la hija de la panadera; la Repollo de la sobrina del bar de la esquina; las Bratzs de las gemelas de la portera; la Nancy de la inquilina del entresuelo; la Barriguitas de la nieta de la del tercero y, hoy por fin, la más deseada, la Mariquita Pérez de la ahijada cursi de la del ático. Ahora, el problema es ver dónde la escondo, ya que en las paredes del trastero no caben más niñas.

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