Viernes creativos: café para dos

Buenos días amigos,

Estaba buscando la propuesta de esta semana y me he encontrado con Glen Martin Taylor (@glenmartintaylor) un ceramista que crea piezas que no dejan indiferente a nadie. Tiene maravillas pero yo me he detenido en la que os traigo. A simple vista son dos tazas con unas ruedas algo toscas, pero al mirarla bien se encuentran cosas. Yo, sin ir más lejos, me he acordado de un novio pesadísimo que quería que hiciéramos todo juntos.

Pues aquí os la dejo con la libertad de que vayáis a su perfil y elijáis otra, siempre citando al artista por favor, que es la forma de difundir el arte.

Un abrazo y que disfrutéis del fin de semana.

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3 pensamientos en “Viernes creativos: café para dos

  1. https://jmvanjav.wordpress.com/2020/11/14/viernes-creativos-cafe-para-dos/

    No tenía plan para este viernes salvo la siesta acostumbrada y un par de películas de cine clásico. Así que cuando me vibró el móvil con un mensaje de WhatsApp lo miré con más indiferencia que curiosidad. La sorpresa fue que procedía de un número no registrado en mi agenda.

    Con un breve texto, Hola, tomamos un café y dos iconos con la tacita, no había indicio alguno que me indicara la identidad del remitente. Pensé, por la familiaridad, de que seria de alguien con mi número memorizado por equivocación.

    Seguí viendo Testigo de cargo y me olvidé del tema. Al rato una nueva vibración me volvió a sacar de la película. Esta vez aparte de repetir el mensaje salía mi nombre de pila después del saludo. Bueno, mi nombre es bastante corriente y podía seguir estado mi interlocutor equivocado.

    Para evitar que se repitiera la situación opté por contestar diciendo que no sabía quién era y que seguramente se estaba equivocando. No tuve tiempo de quitar la pausa del reproductor cuando una nueva vibración seguramente de disculpa por el error acabaría con la confusión de la invitación.

    Pues no, la intriga fue en aumento, cuando me dijo que si sabía perfectamente quien era yo y que nos conocimos hace tiempo ya aunque hubiéramos estado distantes. La foto que salía en su usuario era femenina en pose de retrato, pero a contraluz; con lo que sus facciones, vagamente familiares, no me sacaban de la duda.

    La película se quedó pendiente para otro momento, la conversación con el móvil tomó todo mi interés. Por la forma sutil de sus respuestas evitando darme su nombre y acabar con el misterio decidí aceptar finalmente la invitación de mi interlocutora; ahora si, completamente intrigado.

    No conocía el local de la cita, algo apartado de la zona transitada. Su aspecto, lleno de cuadros florales y alacenas rústicas con dispares colecciones cerámicas, me recordaba a un salón de té de época antigua. Unas pocas mesas con sillas de madera y manteles a juego con la decoración aumentaban más ese toque retro.

    Llegue el primero y me senté en la mesa de la esquina junto al ventanal como acordamos en uno de los mensajes para quien primero llegara. Al poco se abrió la puerta del local y, aparte de fijarme en la mujer que acababa de entrar, me di cuenta de que solo había dos personas más en la mesa del extremo opuesto.

    La recién llegada vino sin dilación a sentarse en la silla de enfrente. Estaba claro que era mi cita y yo tan despistado como de costumbre ni me había fijado todavía es su aspecto ni dato físico alguno. Ahora sentada y tomando el café prometido ya tendría tiempo para subsanar esa apatía mía así como descubrir la relación que manteniamos.

    El café finalmente fueron dos acompañados de la exquisita repostería del establecimiento. A nuestra edad una cita inesperada es un lujo que merece celebrarse por todo lo alto y así lo hicimos. Fueron las dos horas más agradables que recordaba en muchos años.

    Al final se aclaró todo y era más simple de lo que se podría cualquiera imaginar. La buena mujer hacía poco se había trasladado y no conocía a nadie aquí. Se le ocurrió hacer alguna amistad usando la mensajería del móvil marcando números aleatorios. Y por la forma de responder buscar un perfil afín, misma ciudad, nombre específico, solitario, tímido y algo romántico.

    Yo cumplía con todo ello y ahí estaba hablando placidamente con ella. Cuando me dijo que yo era su intento número cien me sentí halagado por su tenacidad y haber dado conmigo. Aunque mi sonrisa por ello trato de disimular el rubor su mirada picarona me dejo claro que no lo había conseguido y debí de ponerme si cabe más colorado.

    En las dos horas de merienda tuve tiempo de darme cuenta de que mi acompañante sin ser llamativa si tenía un físico agraciado potenciado por una elegancia innata. Su tono de voz entre cálido y misterioso manteniéndote la mirada resultaba casi hipnótico. Así que cuando al despedirnos se ofreció a llevarme en su coche la respuesta por mi parte fue un sí completamente emocionado.

    Eso es lo último que recuerdo de aquella cita a ciegas tan especial. Me desperté como de un sueño tremendamente pesado, estaba de pies en un callejón. Al fondo se veía la ventana de un local que rápidamente, por la decoración, reconocí como el lado opuesto del salón de té donde había estado.

    A mis pies, apoyado contra unos contenedores, un cuerpo inerte abierto prácticamente en canal, me miraba con los ojos en blanco. Sus zapatos de ante marrones me recordaron a los míos. Y tanto el pantalón de pana como la camisa de franela, a pesar de las grandes manchas de sangre, hubiera dicho que yo las tenía iguales.

    La verdad es que soy despistado de narices, tarde un rato en darme cuenta de que mi ropa era idéntica. Y de que la expresión del difunto era igual que la mía si ponía yo los ojos en blanco. Por último caí en que el viernes de mi cita misteriosa era también día trece.

  2. Enlazados
    Llevaba trenzas la primera vez que la vi, sonreía a todos con descaro y eso me dolía, no sé qué hubiera dado, en aquel entonces, por qué la sonrisa fuera para mi.
    Lo que son las cosas, aquello no era más que una treta de enamorada para que me fijara en ella. Claro que eso lo supe mucho tiempo después. Que torpe soy, cuánto me costó entenderlo.
    Los años no le han restado encanto y los celos ya están superados, sé que las sonrisas son solo para mi. La edad de las trenzas quedó atrás, suspendida, como sus recuerdos, ahora no sé qué daría por qué me reconociese.

  3. Viernes creativos: café para dos y II

    Continuación, desenlace o Epílogo de mi café para dos

    Cuando abrí los ojos, completamente sobresaltado por aquella visión de mi mismo despachado como una res de matadero, los ojos de Ella no disimularon su pícara sonrisa. Durante unos segundo traté de situarme, estaba recostado en el sofá, y por el dolor de cuello seguro que pasé allí toda la noche.

    El café cargado con su cucharadita de azúcar de caña, que bien me conoce esta mujer, era el bálsamo que necesitaba para despertar por completo de mi recurrente pesadilla. Sin decirnos nada con mirarnos nos bastaba, bebimos de nuestras tazas sorbo a sorbo y sin prisa, esta exquisita infusión que nos hace volver a nuestro ser a primera hora de la mañana. El silencio, durante este ritual, es la culminación del momento; máxime estando tan bien acompañado.

    Bueno, hoy es sábado y como ayer fue trece, se nos ocurrió ver el maratón ochentero de películas que, a propósito, pasaban el canal de cine. Como siempre, que ceno fuerte y con vino, yo acabo durmiéndome en el sofá. Ella me tapa como un niño pequeño. Y a cambio se libra de mis ronquidos de motosierra, provocados por la pizza especial de barbacoa que me comí durante la cena.

    Ya desayunando en la cafetería de la esquina, es nuestra primera parada antes del habitual paseo, recordamos entre risas nuestra primera cita a ciegas, precisamente un viernes trece, de hace más de un año. Cuando Ella me iba a dejar en casa, Yo me empeñé en encargar la cena y ver alguna película de miedo, para celebrar una cita en día tan especial.

    Menudo anfitrión que fui en aquella ocasión, al rato después de cenar, tieso me quedé en el sofá; y Ella, por simpatía o empatía, al poco hizo lo propio en la otra mitad. Por la mañana cuando me desperté, de esa pesadilla recurrente, y la vi pensé que seguía metido en el sueño. Mientras la miraba, entre complacido y estupefacto, Ella abrió los ojos. Y lo primero que me dijo, aclarándose la garganta y muy seria, fue que nunca en la primera cita había pasado la noche con su acompañante.

    A nuestra edad el sentido del humor, como casi todo, va un poco más lento, pero en cambio las carcajadas nos duran bastante más. Así fue en aquel primer sábado y este otro al recordarlo de nuevo.

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