Viernes creativo: escribe una historia

Hoy he elegido para nuestras historias este collage de la artista Sara Shakeel. A ver qué nos inspira.

Sara Shakeel

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8 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. SIN ÉXITO

    ¡Como suponer que la vieja no iba a caber en la lavadora! Sí, ya sé. Debí tener en cuenta que mide 1,80 y que pesa noventa kilos, pero era tal mi deseo de centrifugarla a máxima potencia y que diese vueltas sin parar, que no me detuve a hacer cálculos tan nimios como esos. Si lo hubiese logrado, ¡sería tanta mi satisfacción! Podría verla despeinada, cuando su cabello parecía disecado, de tan perfecto y colocado que estaba siempre… Y que perdiese ese equilibrio insultante de su vida, siempre recta como una escopeta mirando hacia el cielo. Nos miraba, a los dos, con esa altanería que da el poder mal entendido, ¿O ya no te acuerdas?
    ¡Cómo me gustaría que se la tragase el tambor de la lavadora y, de paso, la tierra removida por las palas justicieras!

  2. Como estudiante universitario, apenas disponía de espacio en aquel reducido apartamento, que compartía con otro joven, por lo que se vio obligado a dedicar una tarde a la semana, para realizar su colada, en una de las lavanderías más próximas del barrio.
    Recostado en el sofá leyendo una novela de terror sintió agarrotarse los músculos y entumecerse el pensamiento… Las horas pasaban y el libro acabó cayendo al suelo.

    Cogió una bolsa de deporte con la ropa sucia y se dirigió hasta la lavandería. No obstante, aquella vez le pareció demasiado extraño la gran agilidad de sus movimientos al desplazarse, sin apenas notar cansancio físico. El paisaje parecía mantenerse en una extraña coloración y los viandantes con los que se cruzaba tenían una inexpresiva mirada en sus rostros.
    Cuando accedió al establecimiento algo le hizo retroceder el paso. De forma instintiva se frotó los ojos y trató de enfocar la mirada hacia lo que le pareció estar fuera de lugar, pues no halló normal aquella extraña visión, unas piernas de mujer colgando en el borde del tambor de una de las lavadoras… ¿Qué era aquello? —se preguntó desconcertado, pensando si debía o no llamar a la policía.

    —¡Ayúdeme a salir de aquí! ¡No estoy muerta! —escuchó aterrado aquellos gritos de socorro. Sin embargo, el miedo le mantenía paralizado completamente.

    —¡Ayúdeme a salir de aquí! ¡No estoy muerta! —repetía incansable, mientras otra voz, mucho más cercana, le decía al oído ¡Tomás, despierta, ya es hora de irnos a la lavandería!

  3. La claraboya
    Tomaba asiento Melina en un banco de listones de nogal sin respaldo, mientras leía una novela de Javier Marías esperaba que se encendiese el led escarlata que indicaba que había finalizado el lavado y secado, abría el hermético ojo de buey y cerraba sus ojos de miel para recibir con sosiego la intensa fragancia a lavanda que invadía con avidez hasta el último rincón de la estancia, tras extraer las sábanas de seda no podía evitar entrar en el tambor acerado, al igual que hacía su gatito Bola de Nieve cuando todavía era un niña en la casa de sus padres, aunque para Melina se convertía en una claraboya que le permitía evadirse al campo e impregnarse de sus almibarados aromas, como cuando paseaba por los caminos de la florida campiña y extendía sus manos y rozaba con delicadeza con la yema de sus dedos los suaves pétalos violetas, que oscilaban durante unos segundos como la estela de una estrella fugaz en una noche primaveral. Su ensoñación duraba hasta el momento que sonaba el timbre de la puerta que indicaba la entrada de otro usuario y se veía sorprendida en tal tesitura, ruborizándose como sus sábanas bermellón.

  4. La claraboya por José Mariano Seral
    Tomaba asiento Melina en un banco de listones de nogal sin respaldo, mientras leía una novela de Javier Marías esperaba que se encendiese el led escarlata que indicaba que había finalizado el lavado y secado, abría el hermético ojo de buey y cerraba sus ojos de miel para recibir con sosiego la intensa fragancia a lavanda que invadía con avidez hasta el último rincón de la estancia, tras extraer las sábanas de seda no podía evitar entrar en el tambor acerado, al igual que hacía su gatito Bola de Nieve cuando todavía era un niña en la casa de sus padres, aunque para Melina se convertía en una claraboya que le permitía evadirse al campo e impregnarse de sus almibarados aromas, como cuando paseaba por los caminos de la florida campiña y extendía sus manos y rozaba con delicadeza con la yema de sus dedos los suaves pétalos violetas, que oscilaban durante unos segundos como la estela de una estrella fugaz en una noche primaveral. Su ensoñación duraba hasta el momento que sonaba el timbre de la puerta que indicaba la entrada de otro usuario y se veía sorprendida en tal tesitura, ruborizándose como sus sábanas bermellón.

  5. ROPA SUCIA

    En los últimos tiempos, la temperatura en mi vida se había elevado tanto que mi corazón se había encogido. Ya estaba harta. Reprimiéndome, en dosis concentradas, intenté suavizar la situación con él. Reflexioné para no mezclar los aspectos más claros de mi existencia con aquellos pensamientos oscuros que me hacían ver todo, cada vez, más negro. Recurrí a mis amigas, pero todas me decían lo mismo: «Los trapos sucios se lavan en casa». También fue inútil programar citas con aquel profesional especializado en problemas de pareja, él nunca acudía. Pero lo que me hizo perder la cabeza, que provocó que me retumbase como un tambor, y que centrifugó por completo mi interior, fue encontrar, en el fondo del saco de la ropa sucia, aquellas braguitas tan sensuales que no eran mías.

  6. VIAJE INTERESTELAR

    Contigo, solía introducir las sábanas en el tambor de la lavadora. Añadía una dosis extra de jabón y suavizante. Elegía el programa largo y me sentaba a esperar. Veía flotar la sal de mis lágrimas, las estalactitas que se formaban en tu lado de la cama y mis horas en soledad. Giraban a gran velocidad durante el centrifugado hasta desaparecer por el desagüe. Al abrir la portezuela, olían a ternura, a ausencia, a caricias por estrenar.

    Con él, todo ha cambiado. De su interior fluye un universo de abrazos infinitos, restos de besos bajo la luna y de estrellas con destellos que laten de este amor que habita nuestra galaxia.

  7. No paraba de decirme que pusiera la lavadora. ¡Qué pesada! Estaba mañana y noche con lo mismo. Cuando se iba me lo recordaba y cuando regresaba me reprochaba que no la hubiera puesto. Estaba harto. Era un sin vivir. Un sábado por la mañana ya no pude más. Volvió a recordármelo. Puse la lavadora, señoría, y la metí a ella dentro.

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