Viernes creativo: escribe una historia

 

Libros, una pareja, un corazón… ¿Qué más se necesita para construir una historia? Tus palabras, claro.

Inspírate con esta foto de Vincent Bourilhon.

©Vincent Bourilhon

©Vincent Bourilhon

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14 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Érase que no se era

    Cuando se encontraron, todo les decía que estaban hechos el uno para el otro, a ambos les gustaban las mismas cosas, como los espaguetis boloñesa con la salsa aparte, caminar despacio junto a los oficinistas con prisa, mirar como las nubes tapan el sol y este trataba de salir en una lucha ya resuelta o dormir con un trozo de sábana enrollada en el pulgar de la mano derecha. Ambos amaban el cine francés, las exposiciones de arte renacentista y las ruinas de castillos. Y los dos leían mucho. Cuando empezaron a citar títulos parecía imposible tanta coincidencia. No había un solo libro que él hubiera leído y ella conociera, y viceversa. Pasaron una tarde entera mezclando páginas, ella contaba el principio de una historia y él la terminaba, o al revés.
    Es verdad que alguna mejoró con el cambio, pero en general, fue tan desastroso para la literatura que habían conocido, que no dijeron de volver a verse. Y no leyeron nada durante mucho, mucho tiempo.

  2. A Ana no le gustaba leer historias de amor, “¡menuda cursilería!”, solía decir sobre ellas, en cuanto tenía una oportunidad. Pero muy pronto se hizo una devoradora de ese tipo de lecturas, disfrutándolas con placer.

    Pedro era un chico soez, maleducado y ligeramente engreído. Ana se fijó en él, si bien no era el prototipo del héroe que habitaba en sus novelas románticas favoritas.

    Hace cinco años que conviven. Pedro sigue siendo una persona desagradable y carente de todo romanticismo. Ana, por su parte, ha quemado todas sus novelas de amor, en el cobertizo de la casa.

  3. Te veo y necesito hablarte. Me brotan las metáforas como agua de manantial. Me mojan las hipérboles más que una tarde de gota fría mediterránea. Nuestros ríos que terminarán en el mar son la alegoría de mi mañana. Así como cada rato que te contemplo el sol brilla más, así mi rostro refleja la belleza del tuyo. Palabras, nada más que palabras. Somos almas tan gemelas que, sin quererte más que a mí, sólo me gustas cuando te veo, cada amanecer, en el espejo de mi baño.

  4. Cuando sueño te veo enramada en un sinfín de oscuras sensaciones y necesito besarte. Las palabras me lo impiden. Tú no opinas porque eso me lo dejas a mí, en la distancia que no puedo enriquecer con mi pasión por alcanzarte. Si te acercaras podría escribir lo que no sé y contemplar tu risa feliz que sabe y ofrece ante mis intenciones.

  5. Intercambio

    Nosotros no intercambiamos simples besos, o caricias. Nosotros intercambiamos pedacitos de alma en forma de página que ambos escribimos desde lo más profundo de nuestra entraña.

    Y es por eso que nos va tan bien, aunque nadie lo entienda. Y es por eso, que continuamos jugando a este juego de lanzarnos lo escrito al aire. De componer con cada página un corazón que solo a nosotros nos representa. Y es por eso, que el amor en general no tiene guion, salvo el nuestro…

  6. CORAZÓN DE TINTA

    Él, cada noche escribía versos de amor que latían por salir de su corazón.

    No podía evitarlo. Guardaba tanto amor dentro, que se le escapaban por sus venas hasta llegar a sus manos. Su sangre de tinta brotaba a versos y se derramaba sobre el papel.

    Ella, por casualidad, leyó aquellas letras apasionadas, que parecía que le hablaban susurrándole al oído, acariciaban su piel.

    Su cuerpo se llenó de mariposas que aleteaban en su tripa.

    La tinta de esos versos impregnó su corazón, naciendo un gran amor por él.

    Sus corazones desde entonces, permanecen unidos por un amor infinito y por los versos llenos de tinta, que laten bajo su piel.

  7. VIDAS SINCRONIZADAS

    Era al amanecer cuando más se sentía inspirado para escribir poemas de amor. Le pedía a la enfermera que levantara las persianas y que enderezara su cama para poder contemplar la salida del sol. Luego cogía papel y boli y empezaba a escribir. En su mente se dibujaba siempre la misma imagen de una chica yendo a su encuentro.
    Ignoraba que en la habitación contigua, una joven muy parecida a la de su sueño pedía el mismo favor a la enfermera. Esa última, al cerrar la puerta, comentaba: «¡Vaya par de dos!»

  8. DE YEGUA A PLUMA
    ¿Quién eres?, dijo él. Llámame Yegua, si quieres, o Lolita, o Milana bonita. ¿Qué traes en la mano? Un ramo de brócoli y espliego, con un poco de borregura ¿y tú? Tres mochilas, un libro para regalarte y también una pluma. ¿Escribes? Escribo genial y más cosas. ¿Cómo cuáles? Doy besos, algunos buenos, otros al chilindrón. Huelo a lima, ¿lo notas? Yo a ámbar con pachulí. Mis manos son como garras, para tocarte y agarrarte. Las mías de seda, para acariciarte y sedarte. ¿Te gusta el abadejo? Sí. Pues yo adoro el besugo salvaje, el chorizo frito e inventar palabras. ¡Vale!, las importaré a mi glosario, para relatarte mejor. Y el revuelto de fotos viejas con finales sorprendentes. Pues yo prefiero embelesar con letras, los berberechos con mucha libido, las noches estupefacientes. Haríamos buena pareja. Quizás sí. Me encanta leerte. Y a mí leerte a ti. Y lamerte. Y a mí lamerte a ti.

  9. Incompatibles

    Recuerda que compareció a la cita veinte minutos tarde como era habitual en ella y que él le recriminó la falta de puntualidad. Después llegaron las presentaciones. Él le estrechó la mano y ella le estampó dos besos. Tras una serie de preguntas tópicas en el que advirtieron que procedían de mundos distintos, el silencio incomodo les envolvió hasta que del bolso de ella asomó “La chica del tren”.

    —¿Te gusta leer? —le preguntó él con una sonrisa algo estúpida y ella contestó que era una devoradora de libros antes de devolverle la pregunta.

    —Sí, pero solo leo en libro digital.

    Ella torció el gesto y él, sin reparar en la contrariedad que había despertado, se arrancó:

    —¿Has leído “Cinco esquinas” de Vargas Llosa, “El elefante desaparece” de Murakami, “La tierra que pisamos” de Jesús Carrasco…

    Ninguno de los más de veinte títulos que pronunció él habían pasado por las manos de ella.

    —Eso es porque no estás al día, si te pasaras al libro digital…

    Indignada, ella le cortó y esta vez hizo notar su enfado escupiéndole una retahíla de títulos clásicos. Él, por supuesto no había leído ninguno, ni siquiera conocía «La Rayuela» de Cortázar, «La Tregua» de Benedetti o «Pedro Páramo» de Juan Rulfo. Después de ese primer encontronazo, intentaron reconducir la conversación, pero tras cinco minutos infructuosos, ella partía hacia el centro de la ciudad y él, hacia las afueras. Hoy, siete años después, les une dos niños, un perro, un androide y una biblioteca envidiable.

  10. AMOR DE AUTOR
    Procedíamos de polos opuestos: ella -con un look de lo más estrafalario- se adentraba entre las dunas, por el norte; yo en cambio -con una manera de vestir más casual- lo hacía por el sur, mientras paseábamos a través de las páginas de nuestros libros, absortos en la lectura. Pero al parecer, en el ocaso de aquella tarde de primavera, la meteorología nos había predestinado, y el levante había decidido que nos conoceríamos. Al acercarnos, el viento arreció de repente y zarandeó las hojas de nuestros libros, arrancando algunos de nuestros pasajes favoritos. Al levantar la vista del libro, nuestros sentidos atisbaron la presencia del otro y empezamos a correr como niños, tratando de atrapar las partes de la historia, que, como si se tratase de unos polluelos, habían decidido abandonar su nido. Estando ya, uno frente al otro, intercambiamos las miradas, y el viento amainó; las hojas, que antes volaban queriendo escapar de nuestros libros, empezaron a mariposear formando un corazón, como queriendo posarse sobre el libro del otro. Cuando alcancé a leer el título en sus tapas, la miré fijamente y le dije: -vaya, -La vieja sirena- de don José Luis Sampedro-, y, al alzar el mío, ella me dedico una sonrisa: sabia y enigmática, serena y voluptuosa; cómo la que en mi libro -La sonrisa etrusca-, describe el mismo encomiable escritor.

  11. Va por ti

    Este matrimonio tan moderno (Fíjate si son modernos que ella le dijo a él la semana pasada que se quitara la barba de hipster porque ya no está de moda y él le dijo “lo que tú digas, cariño, faltaría más” ¡¡Y se la quitó!!), bueno, pues éste matrimonio, decía (Y no nos liemos más con los paréntesis, que no hacen más que despistar), este matrimonio, insisto, lo que aparentemente está haciendo es lanzar papeles al aire. Los papeles son aparentemente inofensivos, pero no te fíes de las apariencias: los que lanza él dicen “escopeta”, y los que lanza ella (que es muchísimo más sutil) dicen “pistola”. El primero que caiga al suelo, decide con qué clase de artefacto se realizará el disparo.
    Lo único claro es que la bala lleva tu nombre ¿Acojona,, eh?

  12. Palabras de amor    Cortazar, in memoriam

    No les alcanzaban las palabras para hablar de aquel amor que les desbordaba el alma.
    Las buscaron en los libros, por si alguien las hubiese podido capturar, y descubrieron que la literatura entera se escapaba del papel para dibujarles el amor.

    (també al meu bloc Univers madur)

  13. Francesca y Paolo
    Como todos los domingos por la mañana, Francesca va a leer al parque. Espera a su Paolo, que siempre se sienta junto a ella y observa por encima del hombro el libro que ella sostiene en sus manos. La semana pasada estuvo a punto de hablarle. No terminó de decidirse.
    Abre el libro y comienza a leerlo. A pesar de que se lo sabe casi de memoria, siempre encuentra algo nuevo. Pasa mucho tiempo. Francesca piensa que hoy quizá no vendrá. Anoche llovió y el suelo está húmedo. ¡Bah! Sigue leyendo. Por fin, cuando ya está a punto de irse aparece. Sin embargo, el Paolo de esta semana está en la sesentena y no es muy atractivo. Después de echarle varias miradas de refilón, Francesca decide que no le dirá nada. Quizá el Paolo del domingo próximo sea más interesante.

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