Viernes creativo: escribe una historia

Hoy os lo voy a complicar un poco. Con esta imagen de Alessandra Sanguinetti, perteneciente a la serie Las aventuras de Guille & Belinda, podéis escribir vuestra historia. Pero esta no puede tener adjetivos. Podéis usar comparaciones, imágenes, pero no adjetivos. Ni uno solo.

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Alessandra Sanguinetti

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22 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. María juega con las gallinas que esparcen el grano por todas partes. El perro la mira un rato y opta por echar a correr por el campo. La niña se ha quedado pegada a la pared, sosteniendo un ramo de flores y con una venda en los ojos, a la espera del príncipe que la llevará fuera de su pueblo, que deseará arrancar la monotonía de su existencia. Antes, un beso se posará en sus labios. Pero puede que la vejez llegue a su boca y no reciba la brisa del abrazo, ni los aspavientos de la pasión. O tal vez, sí…

  2. EL SACRIFICIO

    Cada mes, el día de plenilunio, había que calmar la sed del monstruo; al atardecer, junto a la tejavana, colocaban, en ofrenda, una niña con un ramo de flores. Y mientras la criatura esperaba sin moverse un ápice, su perro, tumbado a la sombra de un árbol, la vigilaba para que no escapara.

  3. CUCÚ-TRAS

    Mi hermano y yo jugamos una vez por semana al escondite. Al principio lo hacíamos sólo en el cementerio, pero hemos probado en más sitios: detrás de la iglesia, en el camino al río donde cayó cuando era un niño, junto a la escuela del pueblo, en el establo de su amigo Juan “el tirachinas”… ¡Ni con esas! Sigue enfadándose conmigo porque siempre le veo.

    Hoy probaremos a jugar en la granja de los abuelos. Me he propuesto dejarle ganar esta vez. Por eso llevo una venda en los ojos, para decirle que ya no le veo y se vaya en paz.

  4. El escondite

    Y tu vida es así, a veces quieres creer que eres una niña que juega al escondite con sus miedos, que se coloca algo en los ojos para no verlos. Pero los miedos son como gallinas. Y las gallinas no tienen miedo, por mucho que cacareen. Ellas picotean el suelo y se comen el millo. A las gallinas, a los miedos, les da igual que no mires, que creas que no ves. A ellas, a ellos, les importa comer. Y tú esperas a que coman, a que no quede nada, para quitarte el pañuelo y volver a ser mayor.

  5. CLIC

    -¡Y ya está, amén!- escuché junto con el clic, aunque la verdad no entendía lo del amén, si con decir que me había hecho la fotografía bastaba. Aunque aquella mañana todo sucedía de otra manera, todo era silencio, ni ladraba el perro, ni se escuchaban las gallinas, y luego está lo de taparme los ojos, la verdad cuando jugábamos en el corral a ¿cómo te gustaría fotografiarte si te murieses hoy? nunca había sido así, nos poníamos un ramo de flores y ya está, pero lo de la venda, a lo mejor sería debido al sol que brillaba.
    Después del amén vino aquel zumbido que cortaba el aire, aquel impacto, aquella quemazón, aquel dolor y aquel fundido en negro. Entonces comprendí que aquel clic no fue el disparo de la cámara…fue otro…

  6. La cita

    El amigo de su madre sabía que ella deseaba una entrada para acudir al festival de baile y fue él quien le pidió que estuviese a las cinco de la tarde en la parte de atrás de la granja. Tenía que estar allí, a las cinco en punto y no olvidarse de llevar alguna ofrenda, podía ser un dibujo, o un ramo de flores, lo que ella quisiera. Tampoco debía olvidar cubrirse los ojos con una venda. Nadie puede ver al Rey de los deseos. Si no lo hacía así, este podría enfadarse y tomar represalias contra los animales o, incluso, contra ella misma.
    Siguiendo sus instrucciones salió, a la hora indicada y se pegó a la pared; después se cubrió los ojos con un pañuelo y, sosteniendo el ramo de flores, esperó a que se presentara. Antes le había preguntado cuánto tiempo habría de estar esperando y cómo sabría de la llegada del rey, y la respuesta había sido que habría de permanecer allí, sin moverse, hasta que el reloj de la torre diese las seis.
    Así lo hizo, con la venda en los ojos y un ramo de flores en las manos permaneció pegada a la pared. Le dolían los brazos y, de vez en cuando, los bajaba. Para aguantar recurrió al truco que su madre le había enseñado: imaginar que no estaba allí, sino dónde prefiriese estar en ese momento. Ella se visualizó ya en pleno festival, oyó las canciones y se vio bailando. Tan metida estaba en el baile que casi no oyó las campanadas de las seis desde el reloj de la torre. Gracias a Dindo, el perro, que ladró alborotando a las gallinas, volvió a la realidad y se quitó la venda, con el tiempo justo de ver, además de la invitación a sus pies, como el coche del amigo de su madre arrancaba mientras esta le despedía.

  7. Mi madre siempre me había dicho que no hiciera caso de los hombres que quisieran darme caramelos y que por nada del mundo me fuera con ellos. Pero este solo se ofreció a llevarme al cine, regalándome las flores que había comprado para su mujer, según me dijo. ¡Dios, mis primeras flores! Lástima que aquí huela tan mal. Dijo que iba a arreglar unos asuntos, que yo no debía presenciar, en la cocina; que no tardaría y que no me moviera. Lo que no sé es por qué parecen estar rompiendo la casa y gritándose que se van a matar. Espero que no haya empezado la peli sin mí.

  8. La pausa

    Tengo un recuerdo de la infancia guardado en el lugar donde se guardan los recuerdos. Ni siquiera es un recuerdo como tal, es una captura que ha hecho mi mente de una foto que lleva rondando años por los álbumes de fotos. Mi mente debió de borrar la historia que acompaña a la imagen.

    En ella salgo yo. Llevo un vestido, un ramo de flores, una cinta tapando los ojos y unos zapatos de verano. Espero a mi madre para entregarle el ramo de flores. Es un juego, una sorpresa. Ella debe llegar del hospital, ha ido a que le hagan unas pruebas. En esas pruebas le dirán cuando va a traer a mi hermano a casa. La foto la hace mi abuelo. Es el fotógrafo de la familia.

    Tras ese día no hubo hermano, ni madre, ni más memoria al respecto. No regresaron.
    Esa foto representa la pausa, entre ella y yo. Mi padre regresó tiempo después, pero ya no era él. Se desplazaba en silla de ruedas. Mi abuelo contrató a alguien para cuidarle, pero tampoco recuerdo como era. Ha pasado tiempo y el tiempo lo que hace es que nos da y nos quita. Recuerdos, personas. Solo una pregunta por aclarar. ¿Por qué llevaba la cinta en los ojos? Ya no queda nadie a quien preguntar y yo… no lo recuerdo o no lo quiero recordar.

  9. CITA A CIEGAS

    Al atardecer Belinda temblaba como unas castañuelas, mientras esperaba a su cita junto al gallinero. Le habían propuesto una cita a ciegas. ¿Quién la habría citado en secreto? No tenía ni idea de quién podría ser…
    Le había mandado un ramo de flores, que desprendía aquel aroma a primavera, junto con una nota que decía: “Por favor, vístete de domingo y espérame con este ramo bajo el árbol que hay en la parte de atrás de la casa. Tápate los ojos con un pañuelo. Confía en mí…”

    Cuando Guille llegó allí estaba ella, brillando con su cabello y su piel bajo los rayos del sol. Aunque aquel lugar olía a gallinas, ambos se imaginaban en un prado lleno de flores que perfumaba la tarde.

    Rozó suavemente sus manos, sus mejillas y tímidamente besó sus labios, a la vez que la rodeó con su abrazo. Entonces, Belinda supo que era él, Guille, el chico de sus sueños, por su aroma a lavanda que tanto le gustaba y susurró su nombre. Ambos desearon que aquel instante se eternizara…

  10. Tu ausencia

    A Piolín lo tengo sobre mi cabeza picoteando un mendrugo de pan.
    El ronroneo de Micifuz traspasaba la tela de mosquitera de la ventana en la que yo permanezco apoyada. Siento su vibración en mi espalda. La Coconut se alimenta recogiendo granos de trigo del suelo del patio que, a primera hora del alba, yo he esparcido, antes de que cantara el Gallo de Morón, quien a pocos metros también picotea. Toby me observa con su par de ojos en espera de un guiño mío, para acercarme el hueso con el que jugueteamos cada dia.
    Hoy es una mañana de aquellas que, al calor de los rayos del sol, me quedo esperando, con un ramo entre mis manos, a que vengas. Pasan las horas. Cae la tarde. El animal que no se ha acercado a mí has sido tú.

  11. Ana, si no es mucha molestia, me gustaría que editases mi escrito y, en el último párrafo, donde dice: “para aguantar recurrió al truco…” pusieses: “para aguantar el aburrimiento recurrió al truco…” me parece, a raíz de un comentario, que ese “aguantar” puede dar lugar a otra lectura (de que está aguantando algo que le hacen) cuando mi idea es transmitir que está aburrida de esperar.

    Te agradecería mucho que lo editases. Muchas gracias.

  12. Anafilaxia

    Prometí no moverme hasta que volviera. Para no aburrirme he ideado un juego, pienso en una parte de mi cuerpo y ésta responde con una sensación. Lengua, sabor a chocolate del desayuno; manos, tacto de las flores; pies, dolor al estar tanto tiempo parada; oídos, sonido de los pájaros. Mi cuerpo reacciona a la brisa que llega. El problema son mis ojos, me los tapó para que no pudiera verle llegar, dijo. En la boca sabor a sangre, en las piernas debilidad, en la cabeza el zumbido de miles de abejas, mi cuerpo abrasa. No puedo respirar. En la punta de mis dedos, inspiración. Alcanzo a desatar el pañuelo antes de desvanecerme. Él mira fijamente el ramo que tengo entre mis manos.

  13. Mellizos
    Nos casamos en el patio de atrás el día después de cumplir siete. Juanpi dijo que eso significaba que sería suya para siempre. Al terminar la boda, para que no se me ocurriera irme con otro, me vendó los ojos y dijo que lo esperara allí, que se tenía que ir a ver mundo.
    Tuve que quitarme la venda cuando mi madre vino a buscarnos para la cena. ¿Dónde está tu hermano?, preguntó. Me encogí de hombros. Llevaba dos horas contra la pared y me dolían los pies. Las gallinas me habían picoteado los dedos confundiéndolos con granos de maíz, tanta había sido mi inmovilidad.
    ¿Cómo que a ver mundo?, preguntó tres veces mi tía a quien mi madre había hecho venir. Otras cinco lo hizo mi tío, y un par más un policía de los de verdad. Con las idas y vueltas, perdí mi ramo de novia y terminé llorando. Mamá y la tía lloraban conmigo. No porque hubieran perdido sus ramos, sino porque no entendían a dónde había ido Juanpi.
    El caso es que Juanpi no ha vuelto a aparecer. Todavía, dos meses después, sale de vez en cuando en las noticias y la gente lo busca por todo el barrio. Como si el barrio fuera el mundo.
    No me atrevo a confesar que antes de que se marchara nos casamos. Pienso que me echarían la culpa. El tío siempre dice que el matrimonio es un error Y mi amiga Pili, que está mal que los hermanos se casen. Que es pecado.
    Por eso tampoco a nadie he contado que Juanpi se fue con el hombre aquel que siempre nos observaba a la salida del cole y que a veces nos ofrecía caramelos que nunca aceptábamos. Porque no se debe aceptar caramelos de gente que no conoces. Mi madre siempre nos lo dice.

    http://laletradepie.com/mellizos/

  14. DESPERTAR A LA Vida. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La tarde se nos había echado encima muy rápidamente. El silencio se adueñó de repente del patio donde jugábamos al escondite, justo cuando me tocaba apandar. Jorge, aprovechando que los chicos estaban escondidos, me acercó el ramo que su madre tenía en recibidor, mientras yo mantenía los ojos tapados con la venda. Imagino que si los hubiera tenido abiertos jamás se hubiera atrevido siquiera a insinuar lo que sentía hacia mi. Yo continué allí, quieta, firme contando hasta doscientos, como si nada, dura cómo me habían enseñado que debía comportarse la señorita que empezaba a ser. Menos mal que la venda me tapaba las lágrimas de alegría sin que nadie pudiera darse cuenta…

  15. La vida es tener ilusiones
    Titas, titas, titas,… llamaba Clotilde a las gallinas, mientras con la mano sacaba del pozal de latón trigo y lo arrojaba por el corral como si estuviese sembrando un campo, siempre les había dado de comer desde que tenía tres años. Titas, titas, titas… las volvía a llamar; las gallinas que reconocían su voz, salían cacareando, unas de plumaje como la nieve de la montaña, otras como la tierra recién arada; todas corrían desde el gallinero, se apiñaban entorno a los granos de cereal, casi no la dejaban caminar. Clotilde una vez que terminaba de vaciar el pozal en la comedera de madera, paseaba por el campo y recogía flor tras flor hasta tener el arco iris en un ramillete. Volvía a su casa de hojalata, tomaba el sol apoyada en la pared mientras se tapaba los ojos con un pañuelo de seda y soñaba que de mayor viviría en Venecia, se casaría con un gondolero, e iría con sus niños al parque a darles de comer a los patitos granos de trigo. Clotilde sabía que la ilusión era el latido de su corazón, sin sueños no había vida
    j. mariano seral

  16. PASAR DE LARGO

    Esta niña es de lo que no hay: se come literalmente los adjetivos, propios y ajenos. Da como pena, ahí apoyada en la pared con su ramito de flores, pero no te fíes: es estrategia. Yo la vi así, me acerqué para darle conversación y de un bocado me dejó sin adjetivos (Luego me besó un par de veces “para compensar”, dijo) Desde ese día solo hablo con pronombres, adverbios, infinitivos y palabras terminadas en “mente”, como si fuese un sargento de infantería o un subsecretario del Ministerio de Fomento. Y he tenido que cambiar la poesía por el microrrelato, que no precisa de tanto calificativo.
    Lo dicho: si la ves ahí, apoyada en la pared con su ramito de flores mejor pasa de largo, no sea que termines hablando como yo.

  17. DESCUIDADAS FLORES
    Hoy es el día, y sus padres han dispensado todo a rajatabla, tal como acordaron con don Vetusto, el empresario del pueblo. Los nervios, recorren la piel en flor de Violeta —plantada en el altar, con un retal que velará sus ojos, y un ramillete de Liláceas, recogidas in situ— mientras espera la llegada de don Augusto, alcalde del pueblo, para que éste, llave en mano, oficie la ceremonia y entregue —escondido tras un tul de un vestido, escogido para la ocasión, tal como sus padres prometieron previo pago— el vacío legal que abrirá la virginidad que atesora su hija.

  18. Rosas y escudos

    La niña es una diana con un ramo de rosas en el centro, con la inocencia cayendo del árbol. Por eso no tiembla, no aprieta las manos ni cierra los ojos. No puede ver a los enemigos y tampoco imagina las balas, los dardos, los besos ni las promesas. Todos ellos ensuciarán su vestido de alguna forma, lo arrugarán, lo harán jirones y ella arreglará el ramo cada vez, ordenando las flores que quedan, dejando en las manos algún tallo por nostalgia, alguna espina. Con el tiempo aprenderá a poner delante las manos, a disparar contra las sombras, a esquivar las balas. Cuando nos demos cuenta, no habrá nadie contra la pared, ni restos del vestido, ni hojas sobre el suelo. Puede que entonces una mujer escriba versos, amamante hijos o escuche música mientras afuera anochece.

  19. Nunca me gustaron los vestidos de volantes, mi madre me los ponía los domingos de vacaciones en el pueblo y yo los odiaba, porque con ellos debía portarme como una señorita. A mí eso de ser una señorita me parecía un rollo, lo que me gustaba era correr contigo hasta el río y convertirnos en piratas, o vivir en un árbol y ser exploradores de la jungla. Para todo aquello, los volantes eran un engorro. Además, tenía miedo de que un día esos vestidos acabaran convirtiéndome en lo que yo más detestaba: una princesa. En la boda de mi prima estrené otro vestido y todos dijeron que también yo parecía una novia, sin embargo me sentía como una rana en el salón de baile de un palacio. Pero en el fondo disfrutaba con los halagos, sobre todo cuando venían de los chicos. Tú estabas en un rincón mirándome, sin decir palabra. No te atrevías a acercarte y aquello me mosqueaba. Así que te cogí de la mano y te arrastré hacia el corral. “Dime la verdad”, te pregunté, “¿a ti te gusto así?”. Y me dijiste: “Yo siempre seré amigo tuyo, aunque lleves vestido, pero solo me casaré con la chica que se sube a los árboles”.

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