Viernes creativo: escribe una historia

Ana ha hecho las maletas y se ha ido de vacaciones. Me ha dejado al mando de los viernes creativos, pero no sé muy bien cómo funcionan… ¿Me echáis una mano?

Por ejemplo, ¿podríais decirme cómo sería vuestra maleta, no al iniciar un viaje, sino al regresar de él? Yo digo «viaje», pero vosotros podéis entender lo que os de la gana.

La foto, por cierto, es de  Mike Dempsey.

 

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20 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. En mi maleta no cabes tú, amor de verano. Debo guardarte en mi más recóndita memoria, para que nadie te pueda encontrar. Eso sí, estarás bien cuidado, rodeado de los recuerdos bellos y maravillosos, dulces sin ser empalagosos, ¡tan tiernos! No necesito fotos tuyas, estás incrustado en mi ser; me atrevería a decir, sin equivocarme, que conozco todos tus granitos y lunares, su ubicación exacta y el color que toman con el sol. Te veo, desde mi hogar, caminando con ese andar desgarbado, que tanto me recuerda a un vaquero de película del Oeste, y no puedo evitar sonreír, incluso cuando debería llorar por la paliza que me está dando el hombre que es mi propietario y que me ata, cada noche, a la cama.

  2. — Queda detenido por llevar una cabeza en su maleta.
    — Esa maleta no es mía.
    — Todos dicen lo mismo.
    — En serio, no es la mía. Mi cabeza era de una mujer pelirroja, con pecas, nariz respingona… A saber dónde demonios la han mandado. Quiero poner una reclamación.
    — …

  3. Al olor del petricor

    Siempre me decías que era un hombre flexible. Que me amoldaba a los espacios. Que sabía comportarme en situaciones adversas. Tolerante y paciente. Por eso cuando me ofreciste viajar contigo de aquella manera loca, no me lo pensé dos veces. Con tal de seguirte, era capaz de iniciar una aventura de la manera que fuera.

    El viaje se me hizo pesado.
    La cabeza me olía a pies, la corbata, que sabes que soy un perfeccionista con el nudo, estaba suelta, descamisado y con la americana arrugada, pero nada de aquello tenía importancia, porque era tanto lo que te quería, que estaba dispuesto a seguirte hasta el fin del mundo sin condición.

    Después de un tiempo, que se me hizo larguísimo, pero que aproveché para dormir, noté un golpe brusco y tras él, el silencio más absoluto.
    Percibí un aroma a hierba fresca, un olor a tierra mojada, que me era familiar, como cuando acababas de regar el jardín de tu casa y el ambiente se impregnaba de geosmina, y hacíamos el amor sobre la hamaca entre los dos sauces llorones.
    Sentí tu ausencia y abrí los ojos.
    Al verte frente a mí, tan real, tal como eres, que estás hecha una regadera, supe lo acertado que fue viajar contigo.

  4. UN LARGO VIAJE

    Precisamente ahora que comienzo a encontrar rastros de civilización (si no me engañan mis ojos) ahora, que tengo los pies llenos de llagas, la piel quemada, la garganta como una lija y la fiebre consumiendo mis fuerzas, ahora, ya no me importa seguir, ni llegar a ningún lado. Arrojo una vez más la maleta y te miro de nuevo, mi amor, no estoy segura de que sigas siendo tú, quizás eres solo una calavera, o peor, una cabeza putrefacta a la que yo sigo viendo entera, con sus suaves cabellos y su dulce sueño. Tuve que llevarte ¿Cómo si no iba a soportar el camino sin ti? el camino… cómo si tuviese un lugar al que ir, cómo si llevándote en mi equipaje ya nada me faltase. Hoy estoy mirando a mi alrededor. Una vieja regadera y el ruido del agua me indica que podría beber, beber y reanimarme como una planta seca que despierta ante la humedad. Pero es tarde. Nos encontrarán, encontraré la forma de escribir, con la última gota de mi sangre, que nos entierren juntos. Hace sol y los pájaros cantan, quien dijo que no es un buen día para morir.

    MVF ©

  5. Comportamientos diferentes

    —Es enfermizo y lo sabes.
    —¿Por qué?
    —¡Cómo que por qué! ¿Has visto lo que hay en la maleta?
    —¡Claro! Es mía, sé perfectamente lo que hay dentro.
    —Te quiero y lo sabes. Eres mi mejor amiga, mi hermana casi, pero eso no es normal.
    —¡Y me lo dices tú! Que tienes un bebé falso al que llevas en un carrito.
    —¡Eso es diferente! Es una afición, sé que es un muñeco.
    —Es lo mismo. Tú juegas a que es tu bebé y yo juego a que Joe es mi pareja. Viaja conmigo, se sienta conmigo en los restaurantes, duerme a mi lado, pero no discute, ni dice estupideces ni le huelen los pies. Como tu bebé no llora ni come ni hace caca. Es lo mismo. Si no lo entiendes me parece perfecto, pero no me juzgues por tener las dos el mismo comportamiento.

  6. SUEÑOS LOW COST

    Eras un hombre práctico. Viajabas en vuelos Low Cost, solo con lo justo: una maleta tamaño cabina, una muda limpia y artículos de aseo personal. Como buen ejecutivo, vestido con tu traje, ibas de aeropuerto en aeropuerto, sin importarte el destino, sin ningún interés en conocer las ciudades ni sus gentes.
    Resultaba muy monótono vivir así. Anhelabas asentar tu residencia en algún sitio tranquilo y echar raíces. Ser el liquidador de un fondo buitre no ayudaba mucho. Era un trabajo odioso, y tanto ir de aquí para allá, te impedía hacer amigos.
    Tal vez, este fue el motivo de que perdieras la cabeza. Al final, te has salido con la tuya, en este precioso lugar podrás cumplir tus sueños.

  7. CAMBIO DE RUMBO

    Agarró una vieja maleta y sin más demora metió en ella sus zapatos ingleses, corbatas, trajes y camisas, y la tiró al fondo del jardín que ya nadie cuidaba. Luego se afeitó la cabeza, se vistió de cuero, calzó botas negras, se colocó un casco y se subió en su nueva adquisición, una Harley Davidson.

  8. EN EL ÁNGULO OSCURO

    De golpe y sin venir a cuento, me preguntó:
    —¿A que no eres capaz de meter mi cabeza, mis zapatos y el resto de mi ropa en una maleta vieja y dejarlo todo ahí, como medio abandonado, en un rinconcito del jardín, en esa clase de rinconcitos de los jardines a los que nadie se acerca, ni siquiera para regar?
    —Claro que sí—, respondí.
    Dicho y hecho. Odio las preguntas tan largas. Y ahí está el tipo desde hace siete años, tal y como me especificó. Si no he cerrado del todo la maleta es por precaución: si te fijas bien en su cara, tan tierna, tan inocente, cualquiera diría que está a punto de despertar.

  9. La maleta

    A veces visito un descampado donde la gente tira basura, puesto que me gusta rescatar y verles la utilidad a objetos que otros no supieron apreciar. Por ejemplo hace unas semanas me encontré una maleta casi normal, sino fuera porque en su interior, entre la ropa, asomaba la cabeza de un hombre. Luego de mis gritos y el horror, el tipo me explicó que su pareja lo había echado y que ella misma le hizo la maleta con sus cosas, incluyéndolo.

    Al final me dio pena y me lo llevé a mi casa.

    Adivinen ahora quién dejó de estar soltera.

  10. ME LO PIDO

    Soy persona de viajar mucho y siempre me gusta hacerlo con maletas grandes. Más que por lo que me tengo que llevar, por lo que me tengo que traer. Con el tiempo me empezaron a gustar más las escapadas cortas, de dos o tres días, pero eso sí, cada vez las maletas crecían de tamaño.
    Comencé con lo típico, que si un bolígrafo, que si una toalla… Que mira que albornoz más mono y con zapatillas a juego. Que ahora vacío el minibar. Pero qué cuadro más chulo. Esa colcha me quedaría de muerte en mi dormitorio. Y poco a poco todo fue a mayores. Una de mis prendas más preciadas fue ese televisor de pantalla plana de aquel hotelito de la costa. Pero lo de mi último viaje ha sido el no va más, me he superado. ¡Ay!, es que el botones era tan guapo.

  11. La maleta trampantojos
    Ernesto haciendo bocina con sus frágiles manos de aprendiz de pianista melancólico, gritó: -¡Amir!, ¡Amir! – este se detuvo bajo el paseo cimbreado por la exuberancia de la florida primavera y el trinar de las oscuras golondrinas. Se aproximaron con premura y se dieron un emotivo abrazo, hacía meses que no se veían. Amir retornaba de un dilatado viaje por las islas Galápagos.
    -Llevas una maleta de chica –dijo Ernesto con sonrisa socarrona, mientras le miraba a sus ojos verdemar.
    -¡Ah!, no sabía que había maletas de chicas y de chicos.
    -Bueno es cierto, tienes razón, cada uno compra lo que es acorde a su estilo.
    -Es una maleta trampantojos.
    -No te entiendo Amir, ¿qué quieres decir?
    -Sube a mi casa y lo comprenderás.
    Subieron a su vivienda y Amir arrojó la maleta sobre su cama y la abrió. El azote de una brisa marina brotó de su interior, que hizo balancearse las cortinas de seda como flamígeras banderas izadas entre las almenas en el torreón; en su interior se veía la mansedumbre de las mortecinas olas que rompían en la orilla borrando pacientemente las huellas sobre la blanca arena de la playa.
    Ernesto quedó prendado, a la semana siguiente llamó por teléfono a Amir, para preguntarle donde había comprado su maleta trampantojos. Amir le contestó:
    -¡Ernesto!, no has entendido nada, pásate mañana por mi casa a las ocho de la tarde.
    Al día siguiente, Ernesto con rigurosa puntualidad acudió a la cita. Amir entornó las opacas contraventanas de su habitación sumiéndola en una opresiva oscuridad y abrió la maleta, de su interior surgió una fulgente luz diamantina que iluminó la estancia, mientras la luna de candil se reverberaba en las aletargadas aguas de la laguna en una placida noche de otoño. Amir cerró la maleta con brusquedad sumiendo de nuevo la habitación en el azabache nocturno y le dijo a Ernesto: -Ahora ábrela tú.
    Ernesto siguió las instrucciones de su fiel amigo de infancia, y al entreabrir la maleta en su interior surgió una cristalina lágrima en levitación.
    -¿Lo entiendes ahora? En el interior de la maleta viaja la vestimenta de tu alma y de tu corazón.
    j. mariano seral

  12. KAPO
    El oficial me ordenó que abriera la maleta. Vacilé antes de hacerlo. Me golpeó con la fusta en la cara y me apremió. Cuando la abrí, pensé que me quedaban unos segundos de vida. Me quedé contemplando el rostro de József mientras esperaba el disparo que acabaría con mi vida. Pensé que había sido una mala idea traerlo conmigo; tendría que haberlo arrojado al Danubio, como había hecho con los otros. Sin embargo, para mi sorpresa, el Oberscharführer me pidió que cerrara la maleta y me felicitó: me dijo que allí eran necesarios hombres como yo.
    Así fue como me convertí en kapo.

  13. La caligrafía del desastre

    Tras comprobar que la cabeza que viajaba en el interior de la maleta era la de Conrad Hrenz, el inspector de aduanas dejó pasar al turista sin formularle más preguntas. Se trata de un objeto inútil, tanto como la hache del apellido del finado, argumentó, por lo que en nada perjudica a la hacienda del estado. Hans Schreder, el portador del equipaje, sonrió al policía, disimulando la angustia. Aunque no era la primera vez que transportaba miembros de delincuentes famosos, nunca, hasta ese momento, le habían descubierto de ese modo, mostrando al público el lado más mísero de su existencia.

    Por un momento, vio que todo el capital invertido en la adquisición del cadáver del conocido ladrón se esfumaba. Pensaba rentabilizarlo en el prestigioso mercado de reliquias de Coves de Vinromá, obtener al menos cinco veces lo que había pagado. Primero conseguiría un gran importe por la cabeza y, después, vendería las piernas, los brazos, las orejas, por separado. Los restos de Conrad se exhibirían en templos diseminados por la geografía mundial y se organizarían peregrinaciones desde sitios remotos para contemplarlos, para implorar fortuna a lo que quedaba del atracador del Banco Nacional de París.

    Antes de montar su puesto, Hans se dio una vuelta por los de sus competidores. Todos los bustos eran desconocidos para él, y los precios, muy altos comparados con las tarifas habituales. Sonrió para sus adentros, convencido de que el negocio era seguro, contando los billetes que llenarían de nuevo su maleta.
    Pero a mediodía nadie se había interesado por su mercancía. A punto de cerrar, se le acercó un tratante, de lentes espesas y mirada cansada, con cara de no querer comprar nada.

    – Vaya, hombre. Qué tenemos aquí. Los restos del mayor ladrón de bancos de la historia. Un buen ejemplar, sin duda, para un mercado de antigüedades.
    – Se trata de un clásico, señor. El delincuente de guante blanco siempre se lleva. Se nota que usted entiende. Le puedo hacer una rebaja de un 20% si lo compra al contado.
    – Gracias, pero no me interesa. Ya no se llevan los delincuentes románticos, y aun con la rebaja, el precio es muy caro. ¿No ha visto usted la remesa de políticos que me ofrece su competencia? Eso sí que vende. Si me permite un consejo, rebaje su precio y acuda al mercado de viejo que hacen en Xilxes todos los primeros viernes de mes. Allí es posible que algún anticuario se lo compre. Siempre hay ricos excéntricos que buscan piezas para sus colecciones.

    Hans Schreder volvió a su casa abatido y dejó la maleta abandonada en el jardín. Meses más tarde consiguió colocar la cabeza por la mitad de lo que le había costado en el mercado negro de Munich. Arruinado, malvivió muchos años comerciando con restos de cantantes, escritores y algún que otro deportista menor. No olvidó nunca la cara del inspector de aduanas que le dejó tan franco el paso. Las invitaciones a los desastres se escriben siempre con una cuidada caligrafía.

    http://vozdelsilencio.blogspot.com.es/

  14. BIOCULTIVO DOMÉSTICO

    En cuanto escucho que llaman a mi puerta sé qué nudillos están tras ella. Mis piernas tiemblan y se me atraganta la sopa mientras me acerco a abrirla.
    Una visión prodigiosa, un momento inolvidable. De un vistazo compruebo que tiene una piel sin mácula, unas piernas preciosas y que está muy bien dotado. Mi sonrisa le deja ver todos mis dientes antes de decirle “buenas tardes, te estaba esperando”.
    Su rostro es moreno a pesar del protector solar y la pamela que le encajé al llegar la primavera. He puesto mucho mimo en su cultivo desde el día que alguien echó su maleta en mi propiedad.
    A punto estuve de ceder al desaliento cuando no encontré instrucciones en ningún manual de jardinería. ¿Cuánto tarda en desarrollar un cuerpo una cabeza plantada en un terreno alcalino?, pero valió la pena esperar, hoy me siento eufórica al verle caminar hacia mi cocina arrastrando las raíces que le cuelgan de todo el cuerpo. Cuánta ternura imaginar el esfuerzo que le habrá costado despegarse del suelo, parirse a sí mismo.
    Le pregunto si quiere ropa y se sonroja un poco al verse desnudo. Yo le digo que no se preocupe, que es como mi hijo y le llevo de la mano hasta mi cuarto. Del armario le saco un pijama que le queda pequeño porque era de mi difunto esposo, a quien tengo en otra parcelita creciendo del revés, ya que sus pies fueron lo único de lo que no quise desprenderme.

  15. A la espera

    Mi vieja maleta en el que guardé, entre otras pertenencias, unos pantalones grises, un par de camisas blancas, mis gafas de 3 dioptrías y mi cuerpo entero de funcionario de Hacienda —incluida la cabeza rectangular— se ha extraviado. La compañía aérea me asegura que la maleta salió de Cuba perdiéndose su rastro en el aeropuerto de Miami. Así que aquí estoy, otro martes a las 12 de la mañana, vestido con una camisa floreada, luciendo el tipo caribeño de un tal Ernesto Artiles y tomándome un ron en una terraza de la Castellana. Así me resulta imposible recuperar mi rutina.

  16. RESCRIBIR LA HISTORIA

    El funcionario del ayuntamiento apenas la mira. “Señora, para estos casos tiene que acudir a la policía”. La empleada de la limpieza se acerca a ella y, afectuosa, la acompaña hasta una silla próxima. “Todo el mundo lo murmura, ¿sabe? Cuando me ven por el barrio, cuando no puedo ir a la oficina, cuando subo las escaleras del bloque: ‘Está escrito, un día de estos la matará’. Pero no puedo abandonar a mis hijos y he preferido que el último viaje lo haga él primero”.

  17. TIERRA DE NADIE

    Siempre dijiste que te irías, que harías la maleta y con la excusa de comprar tabaco no volverías. Que cabía en tu puño toda nuestra vida compartida, que el contorsionismo era una faceta tuya que no entendía, que el jardín no lo regaba, que la reforma del segundo piso era mi capricho.

    Y mira, tenías razón, desde que despareciste, el césped crece solo y las hierbas salvajes perfuman mis días, la ropa se extiende en el espacio vacío de tu armario y el humo de mi cigarrillo levita entre la tierra removida de tu ansiada ausencia, mi libertad se condensa en los zarzales de la vía abierta a un nuevo comienzo en un día sin importancia, en un equipaje a ninguna parte.

    Te fuiste, lo sé, fui testigo presente en cada segundo, en cada palada mientras mi sonrisa se humedecía de placer, en esa sintonía que nunca nos dio la vida.

  18. Lo perfecto

    Y lo mismo que decían que sacar un diez era solo para el profesor, que la proporción áurea es irracional o que es imposible aprenderse completo el número pi, hubo quien habló de que no existían los besos perfectos. Lo dijeron, de verdad, pero tú y yo nos encontramos uno en el viaje a Lisboa. Lo vimos los dos, pero yo lo sentí primero y por eso saqué rápido la navaja, lo corté, y lo llevo de souvenir para plantarlo en el jardín, para enseñárselo a las niñas y que crezcan felices sabiendo que todo es cuestión de proponérselo.

  19. El viaje

    Qué despistada he sido siempre. De pequeña mi abuela me decía: “muchacha, un día vas a perder la cabeza”. A lo que yo asentía con sorna: “sí, desde luego, porque la llevo pegada a los hombros que si no…”
    Cuando conocí a Juan, un chico maravilloso pero más despistado aún que yo, me propuse enmendarme por los dos. Así que planeé aquel fantástico viaje a Punta Cana sin olvidar un detalle. Pero ante la imposibilidad de llevar sobre mis hombros otra cabeza más, decidí guardarla con esmero en la maleta junto a otros enseres de primera necesidad. Estoy segura de que mi abuela estaría orgullosa.

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