Viernes creativo: escribe una historia

Hoy os lo voy a poner fácil con esta foto tan impresionante de Robert Frank, que parece que habla y nos cuenta un montón de cosas.

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Robert Frank

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20 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Me aseguraron que sería muy divertido. ¡Eran tan blancos e inocentes! Nada podría salir mal. Al fin y al cabo, solo era un juego… Tras las sonrisas pícaras, sin embargo, existía algo muy oscuro, mucho más que el color de mi piel. Los insultos se incrementaron (mono, negro de mierda…) e, inmediatamente, se sucedieron los empujones, cada vez más violentos.
    No podía hacer otra cosa. Las circunstancias, señor juez…

  2. SONRÍA, POR FAVOR

    En todas las fotos de grupo hay alguien a quien le cuesta sonreír. Es como si llevase la nostalgia pegada al cráneo. Y cuanto más sonríen los demás, más triste parece él. Precisamente, para alegrar él rictus de esos melancólicos que ennegrecen las fotografías, John Taylor Moore creó el añado pasado la empresa “Smile, please S.L.”. Su trabajo consiste básicamente en alegrar la cara de esos melancólicos un instante antes de la foto, para que en la instantánea parezca que todo va sobre ruedas. De momento su eficacia es del 100%. Cuando John se propone que sonrías, terminas sonriendo: aunque sea a punta de pistola.

  3. La última sonrisa

    Es la única foto que conservamos de nuestra infancia. El tío William compró una cámara desechable. Mi madre nos había dejado y quiso que tuviéramos un día inolvidable antes de entregarnos a los servicios sociales. Él no nos quería, éramos un estorbo. Como tampoco nos quiso mi padre cuando nació Jimmy y le vio por primera vez. Ahogó una náusea y salió corriendo. Mi madre nos sacó adelante, pero se enganchó al caballo. Dice que lo necesitaba para seguir viviendo, para conseguir trabajar y atender a los señores que venían a casa.
    Mi hermano Jack, el mayor, jugaba a que mataba a Jimmy. Siempre lo hacía, no le perdonó que por su culpa mi padre nos dejara. Mathew, el pequeño fue el primero en conseguir familia. Era adorable y muy tierno. Hace poco di con él, vive en Chicago. Consiguió ser médico y no quiere saber nada de nosotros.
    Jack y yo vivimos juntos, sobrevivimos más bien. El roba y yo engaño a incautos turistas.

    Jimmy… no lo consiguió. Cerraron el orfanato y le dejaron en la calle. Era mayor de edad. Lo encontraron una mañana de invierno congelado en un banco de Central Park.

    Esta es la única foto que demuestra que un día fuimos familia, que sonreíamos a pesar de todo y… que no tuvimos ni una sola oportunidad.

  4. Por favor, Ana, borra las otras entradas, que me equivoqué y en lugar de salir mi nombre, salía anónimo. A ver si ahora, a la tercera, va la vencida. Nunca me había pasado, mil disculpas a todos.

    DESPUÉS DE LA FUNCIÓN
    El niño estaba ciego. En la escena, yo tenía que apuntarle con una pistola descargada y fingir que apretaba el gatillo. Melia y Dosi, las dos figurantes contratadas, eran dos niñas obedientes que debían tomarle de la mano y posar en un primer plano junto a él, pobre esclavito fugitivo sin padres al que una bala ahorraría sufrimientos mayores. Cuando conocí su verdadera historia y supe que debía regresar al circo del padre Thomas para seguir divirtiendo a antiguos dromedarios en celo, compré balas y cargué la pistola después de rodar la escena. Por suerte, el circo estaba lleno a reventar esa noche, y nadie echaría en falta a unos cuántos energúmenos.
    Manoli Vicente Fernández

  5. APARIENCIAS
    Cuando pasé por aquel asqueroso pueblo mi estómago se puso tieso y todo el desayuno que horas atrás había ingerido optó por salir en bocanadas que hacían arder mis entrañas.
    Tomé la cámara y me refugié en los portales de un edificio a punto de derrumbarse. Ajusté el objetivo y con toda la sangre fría que había recuperado tras la vomitona, enfoqué hacia aquella inusual instantánea.
    Aquel niño iba a ser asesinado por un energúmeno que reía sin parar.
    Lo peor eran las niñas cómplices de la macabra situación.
    Pulsé el botón de la cámara en el mismo instante en que sonaba el clic del gatillo de la pistola.
    ¡Mierda! ¡Todo era un simulacro!
    ¡Lástima! Hubiera conseguido un Pulitzer.

  6. Infancia feliz
    Ernesto siempre fue un excéntrico, mientras paseaba a su chucho en su lujoso Mercedes le sonó el móvil, puso el manos libres, era el comisario de la galería en la cual exponía sus fotografías:
    -Mira Ernesto, te llamaba para comentarte que hemos excluido de la sala la fotografía: Infancia feliz.
    – ¿Y eso…?, ¿a qué es debido?
    – No negaré que la imagen tiene una gran carga emotiva, de ternura, de contraste donde se une lo cómico con lo trágico. Pero la violencia también tiene un gran peso en ella.
    -Pero es una foto tomada en el mundo de hoy, no en el de ayer.
    -¿Qué me quieres decir Ernesto?
    -No sucumbas a los estereotipos de una sociedad ciega, insensible. Si queremos cambiar el mundo bien habrá que abrir los ojos, el retrato no es solo un juego de niños.
    j. mariano seral

  7. Las pistolas no son para el verano

    El hijo de los Pacheco vivía en el número 37 de la calle Buenos Aires en plena plaza Amistad, mi barrio. Durante muchos veranos fue el terror de sus calles, uno de sus protagonistas destacados. Con su pistola roja de agua, te asaltaba en cualquier esquina, a la salida del colmado de tío Fermín o al entrar en la cabina de teléfonos y, con esa sonrisa bobalicona de niño grande, te atracaba como si fuese El Lute por unas peladillas o los céntimos más pequeños a cambio de no acabar remojado. Y todos en el barrio se lo perdonábamos, no se lo íbamos a perdonar, con lo mal que lo trataba la vida. Pero todo cambió cuando empezaron a ensanchar las calles, a levantar bloques de edificios y llegaron nuevos vecinos de no sé sabe dónde. Una tarde de verano, como otra cualquiera, se acercó al hombre que no debía y, cómo si estuviese escrito en alguna profecía, se demostró que incluso las pistolas de agua también las carga el diablo.

  8. Y DISPARÓ
    –Sonríe, Danek, sonríe siempre que te vayan a hacer una foto.
    Daniel Rozenblat recordó lo que le había dicho su difunta madre cuando, una mañana en que paseaba por la calle Krochmalna, en pleno gueto de Varsovia, el Sturmscharführer Steiner le puso una pistola en la sien. El Haupscharführer Sombart preparó la cámara (por cierto, una Ebner muy parecida a la de su tío Isaac). El pequeño Rozenblat sonrió.
    –Dispara –dijo Sombart.
    Es lo que intentó hacer Steiner, pero la sonrisa del niño le había desconcertado.
    –¡No tenemos todo el día! ¡Dispara! –gritó el Haupscharführer.
    Después de dudar un instante, el Sturmscharführer Steiner miró al pequeño judío, se metió la pistola en la boca y disparó.

  9. LA FERIA DEL SEÑOR GENEROSO

    El señor Generoso se hizo llamar así cuando se adueñó del pueblo. Levantando una fábrica tras otra dio trabajo a todos y en pocos años se pasó de la hambruna a la abundancia. El señor Generoso se convirtió en el dios de quien pendía la estabilidad de toda la comarca y la supervivencia de cualquier familia. El hipermercado, la clínica, la gasolinera y el hotel llevaban su nombre.
    También la feria anual, por la que se paseaba repartiendo monedas y cacahuetes entre los niños. Y luego elegía uno.
    Ese era el único tributo que exigía y que nadie nunca se atrevió a negarle.

  10. Negocio fácil

    Los niños sonríen cuando les sacan fotos. No les importa demasiado si están sucios o limpios, si les falta algún diente o llevan el pelo despeinado. Hacer el tonto frente a la cámara es divertido, se trata de un juego más.
    De los tres hermanos de esta instantánea, el de enmedio parece el más pillo. Se ha dejado apuntar con el revólver y con su mano derecha cuenta las balas. Está tranquilo porque le salen cinco y este modelo no admite más proyectiles.
    Cuando suene el click, les ha prometido el hombre, les dará tantas monedas como cartuchos consiga atrapar y ellos ya piensan cómo gastar tanto dinero: un vestido nuevo, imagina la mayor; un saco lleno de caramelos, la pequeña; una pistola automática, sueña el mediano, de esas que nunca fallan.

  11. APRENDIENDO A SER GANGSTER

    En las calles de Little Italy pasábamos la mayor parte del tiempo. El colegio, apenas lo pisábamos, siempre haciendo pellas. A casa, solo íbamos a la hora de comer y al final del día. Así crecimos mis dos hermanas y yo, rodeados de mugre y de un ambiente de rapiña. Por el barrio solía rondar Freddy “el falto” queriendo asustar a la gente con su pistola de juguete. Cuando se acercaba a nosotros, le dejábamos hacerse el duro sabiendo que luego iba a compensarnos con golosinas y Coca Colas, su botín de la jornada.
    Mi destino fue marcado el día que tomé prestada su pistola de juguete y empezamos a atracar de verdad a los viandantes. Cuando vimos lo fácil que era sacarse unos cuantos dólares, no lo pensamos más, la suerte estaba echada.
    Hoy cumplo condena por asalto a mano armada; mis hermanas han tenido mejor suerte, cambiaron de rumbo a tiempo y son ellas que me vienen a visitar, me traen golosinas y Coca Colas.

  12. SOUVENIR

    Siempre fuimos una familia muy feliz, pero el dinero brillaba por su ausencia. Lo único que nos sobraban eran sonrisas, así que mis hermanos María, Juanito y yo decidimos ganarnos un dinerillo posando para los turistas, como si fuésemos monos de feria. Nuestra pobreza y nuestras ropas pasadas de moda resultaban exóticas para ellos. Quedábamos muy bien como souvenir de una España anclada en el pasado, donde el tiempo se había detenido cien años atrás.
    Cansado de posar, Juanito se negó a seguir haciéndolo. “¡Quiero ir a jugar!”, decía a voz en grito. No pudimos convencerlo hasta que llegó mamá. Entonces sonrió a punta de pistola.

    Ana, lo vuelvo a mandar. No funcionaba el enlace al blog.

  13. A SANGRE FRÍA

    Contemplo aquella instantánea y comienzo a recordar. Es lo único que puedo hacer aquí. Desde que murió mamá nada fue igual. Nuestra vida se tiñó de blanco y negro. Y eso que con ella tampoco brillaban mucho las luces de colores. Su zapatilla marcaba más huellas sobre nuestra piel que en el suelo, pero éramos felices.
    En el orfanato todo cambió. A mis hermanas y a mí, sor María nos llevaba a punta de pistola, literalmente hablando. Pero al fin acabó. Fue cuestión de sangre fría. Abrir el cajón de su mesilla. Apoyar el cañón sobre su sien y, desde aquella noche, volver a sonreír los tres.
    Guardo la fotografía en su ajado sobre. Lo coloco bajo el colchón. Y a través de las rejas de mi ventana puedo volver a ver un nuevo amanecer.

  14. Aires limeños
    Trabajábamos en las calles del Rimac y del Cercado. No era como trabajar en las minas y burdeles de La Rinconada o en los montones de basura de La Chureca, pero era un trabajo duro. Desde muy temprano nos acercábamos por Nicolás de Piérola hasta la Plaza de San Martín, o por Jirón Callao hasta la Plaza Mayor. Cuando al negro Wayra no le parecía suficiente la plata que le llevábamos, nos pasábamos la tarde pidiendo por la avenida Abancay hasta la muralla. «Sonreir jueputas», solía decir mientras manejaba airado su calibre treinta y ocho, y sus palabras adquirían la contundencia de las campanas de la Catedral. Así que sonreíamos. Juntos o por separado, mis hermanas y yo sonreíamos a cada turista que se ponía a tiro. Extendíamos la palma de mano y sonreíamos como si fuéramos felices, como si pensar en el contacto frío del revólver del negro contra nuestra sien, dilatara nuestros labios. Y funcionaba. Recaudaba más una sonrisa que un puchero. Una camisa bien planchada que un harapo. Un pelo cepillado que unas greñas. Sonreíamos hasta que se acercaba la noche y esperábamos a Wayra en el malecón. A veces, asomados al río, daban ganas de dejarse caer y alejarse corriente abajo. Hasta el mar. De fantasear con una vida lejos. Sin negros, sin turistas, sin sonrisas fingidas. Hasta que llegaba el negro a por los pesos, con su poder de metal en la cintura, con su arbitraria manera de dividir ganancias. Solo entonces salíamos corriendo, con unas pocas monedas y el abatimiento en los bolsillos, hasta nuestro cubil en Cinco esquinas.

  15. FUNDIDO DE IRONÍA

    La infancia les sonrió en la última bala de la recámara. El disparo del flash nubló el resto de sus días en un volumen de luz y sombras.
    Una imagen sin color se grabó en el cinto de su canana.

  16. UN HELADO DE NARANJA
    El niño sabe que debe sonreír. El que más tiempo dure con su bonita sonrisa se ganará un polo de naranja o eso les han prometido, ¡total, por probar…! Él sabe que debe ganar porque no tendrá otra oportunidad de comerse esa golosina que tanto le gusta. En cualquier momento cae otra bomba y se lleva el hueco de escalera que ha quedado en pie, donde duerme con su prima y el hermano de esta o igual, también son ellos los que caigan como el resto de familia. Por otro lado, ya se sabe el camino y ha conseguido esquivar los escombros de la casa de su tío y la de los abuelos. Sería duro buscar otro sitio y allí está calentito pegado a los primos; pero sobre todo, ahora le resulta fácil mantener la sonrisa, es lo que le queda desde que sus ojos dejaron de ver.

  17. Por mejor

    Adoptaron a José ya de grande y lo instalaron en una familia numerosa que, con el tiempo, se fue empobreciendo cuando el padre comenzó a endeudarse más de la cuenta. El hermano mayor, entonces, culpó a José de esta desgracia y se desquitaba por medio de burlas, puñetazos y la costumbre de amenazarlo con un arma de juguete.

    Cierta noche, José, con la pistola falsa, se escondió en la plaza y esperó que pasara su hermano mayor. Lo asaltó tan salvajemente, que no le quedó más que entregarle lo que traía. Con esas monedas, José compró pan, queso y leche.

  18. RECOMPONER

    El “¿quién quiere salir en la foto?” que pronunció sonaba maravilloso, así que nos inmovilizamos frente a la cámara y esperamos. No sé de dónde salió el chico. Un segundo antes del disparo apuntó con el revólver a la cabeza de mi hermano y desbordó todas las emociones. “Solo quiero ser actor… de cine… de westerns”, tartamudeaba intentando capear la avalancha de reproches. Aunque fue arduo, mereció la pena calmarles. Nuestro entorno era una sesión continua de dramas verdaderos y no podíamos permitirnos desaprovechar la menor oportunidad de ser felices. “¿Preparados?”, repitió el fotógrafo.

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