Viernes creativo: escribe una historia

Días de fiesta, foto difícil. Haced lo que podáis 🙂

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46 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. PENITENCIA

    Había leído en un libro que para escuchar el mar desde la ciudad solo hacía falta pegarse una caracola al oído. Aquella imagen llegó a mi cabeza como por arte de magia mientras preparaba la ouija. Sabía que él vendría tocando la tuba, como siempre, y me levantaría ese dolor de cabeza tan horrible, como siempre. Así que pensé que escuchar el sonido relajante de las olas me ayudaría a concentrarme.

    Llamé a Anubis, pues la tradición decía que los gatos eran capaces de detectar las presencias, y lo subí encima de la mesa. Coloqué a su lado las cartas y comencé a llamar al espíritu de mi marido. Cinco minutos después se presentó ante nosotros con su inseparable tuba.

    Tras una intensa conversación con él, me di por vencida. El malnacido me tocó de corrido todas las canciones que interpretaba durante la Semana Santa, pero su podrida memoria no quiso recordar el lugar en el que había escondido sus ahorros antes de bajarse a los infiernos.

  2. RAREZAS
    Miranda me había advertido de las rarezas que podían visitarnos si dejábamos la puerta abierta.
    A mi me encanta la música y aquel día me encontraba absorto en una de mis sesiones. Miranda me acompañaba ya que adoraba como yo sumergirse en deliciosas melodías. Decidió tomarse un descanso tras hacer las tareas de la casa. Había tenido una mañana intensa ayudando a unos vecinos a echar de casa a unos ocupas que habían decidido instalarse en su casa. Éste era un problema cada vez más habitual en nuestro barrio y un tema recurrente en las reuniones de nuestra comunidad.
    Miranda es una mujer bondadosa y procura ponerse en el lugar de quienes buscan cobijarse y sentir la calidez de un hogar. Pero siempre acaba dándose de bruces al comprobar que nadie es capaz de entender lo que es un hogar compartido.
    Aquel día disfrutábamos de una agradable tarde de primavera cuando nos sorprendió aquel extraño ser. Emitía ruiditos y se paseó por toda la casa. Nosotros le dejamos hacer algo asombrados. No supimos qué hacer hasta que nuestra vecina nos explicó que era inofensivo y nos dio algunos consejos sobre cómo tratarlos.
    Nuestro amigo resultó ser un dulce y mimoso gato, al que ahora adoramos con locura. En la foto nos puedes ver a los tres.

  3. LA TROMPA

    Cuando encontré la foto en el viejo desván todos se alarmaron. Las viejas historias familiares, que no merecían ser recordadas, estaban amontonadas en aquel lugar. La historia oscura de tía Ana, su hija Rebeca y sus poderes extrasensoriales no sentaban bien a una familia acomodada, de una pequeña ciudad, como la mía.

    Pregunté a la abuela pero se negó a contarme, mamá tampoco quiso hablar sobre esa historia, así que la guardé en la cartera del colegio dispuesta a emprender la tarea de averiguar por mi cuenta.

    Por aquellos años, yo aún no sabía lo que se saca de la hemerotecas, archivos y demás, y en esos tiempos de mi niñez y adolescencia, Internet estaba muy lejos de imaginarse. Sólo quedaba la memoria de los mayores del pueblo o la ciudad.

    Una tarde la abuela nos invitó a su casa a merendar, yo llevaba mi cartera para los deberes y en el libro de matemáticas apareció la foto. El tío Alonso era fotógrafo y su padre y su abuelo fueron los primeros fotógrafos del pueblo, estaba segura que sabía algo. Sin pensarlo puse la foto en manos del tío Alonso y él me contó, ante la mirada de desaprobación de la abuela, lo que quería saber.

    Me habló de fantasmas, de las dotes de Rebeca para hablar con los muertos, de aquel gato negro que nunca salía de casa y que decían tenia el espíritu del tío Andrés, el padre de la criatura, fallecido en extrañas circunstancias. Me habló del esqueleto que tía Ana había robado de la Morgue para que a Rebeca le fuera más fácil llegar al trance… De las cartas llenas de dibujos y letras que tía Ana interpretaba y de las caracolas que Rebeca se ponía en los oídos para poder escuchar mejor a los espíritus…

    Rebeca siempre fue una niña extraña, tocaba aquella trompa que su padre le había traído de un viaje a Francia. Tío Andrés decía que a partir de tocar aquel instrumento del demonio la niña había empezado con sus rarezas. El pueblo decía que era efecto de la música, que no traía nada bueno, más viniendo de aquella ciudad tan moderna y libertina cómo París…

    Carmen Martagón ©

  4. INMORTALIDAD
    De niño mi abuelo me contó que una cámara inmortaliza la parte de ti que menos te gusta y se queda ahí para siempre, ya no puede crecer, el tiempo no pasa por ella. Mi nieta, a la que por tradición también conté la historia, decidió fotografiarse junto a los restos que de mi quedaron tras el incendio. Mirándolo bien me gusta, creo que siempre estuve equivocado, inmortalizaron la mejor parte de mí que además no necesita crecer: Mi sonrisa.

    • Me debato entre el miedo por esa sonrisa permanente y la ternura que me despierta la nieta al querer fotografiarse con lo que queda de su abuelo. Me ha gustado mucho tu enfoque. ¡Saludos!

  5. El tiempo no pasa

    La tía Angustias siempre fue una mujer extraña y solitaria: contaban en el pueblo que de joven había sido muy hermosa pero que ningún mozo consiguió robarle el corazón. Mientras las demás bailaban en la plaza, Angustias rechazaba un pretendiente tras otro; con los ojos fijos en la orquesta, atenta al momento en que aquel muchacho moreno y de ojos verdes tapaba la boca de su instrumento con la mano y soplaba con fuerza, arrancándole un sonido metálico que hacía vibrar los cristales de las ventanas. Después Angustias dejaba escapar un suspiro y se marchaba a casa, sola, sin haber bailado ni una vez.
    Hace ya años que la comisión de fiestas cambió de orquesta; después del incidente con la furgoneta la mayoría de los músicos no quisieron volver a pisar aquel pueblo de catetos. La policía de atestados dictaminó que alguien había manipulado los frenos pero no pudieron establecer la autoría y el pleno del ayuntamiento emitió un bando en el que se insinuaba que todo había sido obra del único músico desaparecido en el accidente.
    La nueva orquesta contaba con un trompetista extraordinario y la tía Angustias acudía fiel a la plaza para observar desde su rincón el momento en que, haciendo sordina, emitía aquella nota vibrante y metálica. Acabado el baile regresaba a casa, sin haber bailado ni una sola vez, le besaba en los labios y le aseguraba en voz baja que nadie sabía hacerla vibrar como él.

  6. El tercer premio
    Mis padres, los McCabe, tenían una granja Cockburn Creek, a siete millas de Blaketown donde, poco antes del verano, se celebraba el festival de la calabaza. Era algo que los blaketownianos esperábamos durante todo el año. Venían visitantes de los condados vecinos e incluso de la capital del estado. Era algo digno de verse.
    En el festival se organizaban diferentes competiciones. Cuando murió mi madre, Margaret McCabe, que siempre había participado en el certamen de pasteles, mi padre, Silas McCabe, decidió comprarle al señor Adkin una cámara para obtener daguerrotipos y comenzó a concurrir al certamen de fotografías.
    Durante los primeros años, presentó retratos de mi hermana Reid, hasta que ésta se fugó con el mozo de almacén de los Paterson. Entonces mi padre, Silas McCabe, tuvo que fotografiarme a mí. Un año y otro y otro, perdía. Eso le tenía muy disgustado.
    Mi padre encargó al señor Donaldson, el librero, varios tomos de fotografía. Después de leerlos, mi padre, Silas McCabe perdió totalmente la cabeza. Me obligaba a quitarme la ropa (casi toda) o me obligaba a llevar ropas extrañas y me hacía fotos que luego enviaba por correo a alguien que vivía en la capital del estado. Su anónimo corresponsal le escribía largas cartas en que animaba a mi padre a insistir y le enviaba, por lo que sospecho, algunos cheques que aliviaron nuestra penuria. Mi padre dejó totalmente de trabajar los campos y se compró otras dos cámaras. Siguió haciéndome fotos hasta que el joven Moffett me pidió en matrimonio. Sí, mi marido tenía una nariz imposible y le faltaba un diente –le había dado una coz una vaca–, pero sólo quería irme de Cockburn Creek.
    Fue ese año cuando mi padre ganó por fin el tercer premio del festival de la calabaza. Nunca supe de dónde sacó el esqueleto y el gato. Mi marido, el joven Moffatt, compró una copia de la foto porque dijo que yo había salido muy favorecida.

    • Ese tercer premio me parece muy poco para la constancia de este granjero metido a fotógrafo. Y entrañable el joven Moffatt enamorado.
      Me ha gustado mucho la historia, con esas pinceladas que te trasladan a la campiña inglesa en un abrir y cerrar de ojos. Me has recordado a Stella Gibbons.
      Un saludo.

  7. EVANESCENCIA

    Siempre has sido una niña caprichosa. Y tonta. Me dijiste que te gustaba la música y me apunté a una academia, me compré una bandurria y te toqué una jotica.
    Me miraste con cara de incógnita y me dijiste que la música que te gustaba no era de cuerda. Con las mismas descambié la bandurria y compré un bombo. Más de lo mismo, que no te gustaba la percusión. Tampoco el piano o el acordeón te hicieron gracia. Ya harto te pedí me dijeras cuál era el instrumento que te gustaba. Me contestaste que los de viento. Así que me compré toda la familia de esta categoría y día tras día te alegro las veinticuatro horas con mis conciertos.
    Yo me estoy quedando sin aire y tú te estás quedando sorda. (Creo, porque cuando te digo si te ha gustado la melodía no reaccionas)
    Lo mejor de todo es el gato que está triste y azul (el negro es del polvo que se le acumula).
    Y aquí estamos en esta pose que ha quedado plasmada a través del tiempo. Muy espiritual ya que si os fijáis por la parte de abajo, la imagen va desapareciendo.

  8. JUEGOS EN EL DESVÁN.

    La primera vez fue a causa del pescado. ¡Moría por el pescado! Como nunca tenía bastante, decidí ir de pesca hasta la playa que estaba a dos manzanas de mi casa. Una caracola semioculta en la arena me hizo trastrabillar antes de llegar a la orilla. Enojado por ese tropiezo inesperado, comencé a desenterrarla con la intención de lanzarla al mar y cuál fue mi sorpresa cuando encontré a una niña antigua pegada a ella por una oreja. Aturdida y deslumbrada por el sol ardiente del mediodía, me dijo que hacía muchos años, mientras paseaba con sus hermanos y la niñera que los cuidaba por la playa, una ola gigante la sepultó y desde entonces esperaba que alguien viniera a socorrerla. Compadecido por su triste historia, la llevé a casa y la escondí en el desván. Nadie subía nunca por allí así que no había riesgo de que la encontraran.

    La segunda vez, la culpa la tuvo una tormenta. Estaba muerto de miedo por el estruendo que provocaban los truenos y que se amplificaban en el silencio de la noche. Uno de ellos hizo retumbar tan fuerte la casa que salí corriendo como alma que lleva el diablo. Cuando sentí que mi corazón iba a estallar por el esfuerzo de la enajenada carrera, me detuve para descansar. La lluvia me había calado hasta los huesos y allí, guarecido bajo aquel árbol alargado, el viento enmarañaba mi pelo mojado. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba en el cementerio. La tromba de agua había removido la tierra y un esqueleto me miraba divertido desde su tumba descubierta. Me tendió su mano huesuda y susurró palabras musicales en mi oído que adormecieron mi miedo. Cuando amaneció, el olor a tierra húmeda me despertó recostado en su regazo. Le hablé de la niña que me esperaba en el desván y, sin dudarlo, cogió su trompa y se vino conmigo.

    Ahora matamos el tiempo jugando con una baraja que cogí con disimulo del cuarto de la abuela.

    Aún me quedan cinco vidas, pero no se lo contéis a mis dueños o me cambiarán por un perro.

  9. Instantánea con gato vivo
    Le dije a mi niña que si no se ponía bien para posar en la foto, vendría su abuelo a darle unos de sus tediosos conciertos con la tromba. Ni se alteró, tan hierática como siempre se puso como ella quiso, con unas caracolas encajadas en las orejas. Lo que menos me podía imaginar es que mi padre acudiera desnudo de carnes y acompañado de su inseparable instrumento. Verlos compartir la imagen de la fotografía es inquietante, pero lo que más me espanta es descubrir ese gato negro que los acompaña. Donde moramos no tenemos espacio para mascotas y este tiene todo el aspecto de estar vivo.

  10. !MIRA POR DONDE!Claro que lo mio, aunque no lo crean no es fisgonear, !pero la ocasión la pintan calva! mama en la peluquería, y la abuela sentada en su silla de ruedas esperando resignada la próxima comida. La llave estaba puesta en el armario, y conociendo a mama, seguro que ha sido un descuido, pues ella ciertos detalles los guarda a buen recaudó, con total discreción sin ver la luz. Entre las ropas y cajas llenas de recuerdos de antaño empece mirando fotos color sepia en blanco y negro carcomidas de años que resignadas ya dormían la plenitud de la eternidad, solo u a foto me llamo la atención por lo curioso del conténido como pueden observar………Por el reverso escrito con la misma letra que utilizará un notario, “PARA MI GRAN AMOR , TE ESPERO EN GRACIA TU YO HASTA DESPUÉS DE LA MUERTE. “Mis dedos enloquecidos apenas podían poner las cosas como al principio y un sudor de pies a cabeza de arriba abajo, no encontraba resquicio para omitir palabra. Ahora recuerdo que de pequeña, alguien llego, a casa de visita, una señora con aires refinados y un gato negro entre sus brazos como si de un hijo se tratase -No te preocupes dirigiéndose a mi abuela El Barco sale mañana para Argentina, allí me espera Adrian, el gran amor de mi vida, nos casaremos, vivid que yo también viviré entre instrumentos y partituras, el es músico y de los buenos toca todos los estilos, es lo que deseo………………Al poco la abuela recibió una carta y una foto. “No os olvido, Adrián me dejo de cera o las ganas de serlo, un esqueleto petrificado junto a su mayor ilusión su trompa que resuena como alma en pena, por los acantilados del lugar.Y una casa donde Mini campa a sus anchas como amo y señor, son mi u iba familia ………Engracia. …..mira tu por donde.

  11. Abril de 1892

    Quería ser médico como mi padre, pero él se reía a carcajadas y me decía que una buena esposa no necesitaba una profesión, con que supiera cocinar, coser y bordar delicadamente era más que suficiente. Si quería estudiar algo sería poesía, pintura o música, eso haría que mi mano se cotizara más. El piano me agradaba pero no era lo que deseaba hacer, y el corno francés lo odiaba porque mi padre lo tocaba pésimamente de tal forma que Lucifer mi gato negro huía despavorido, sonaba como que desollaban vivo a un animal.
    Siempre le pedí ayuda a mi madre para estudiar lo que quería pero ella solo callaba, pensaba que una buena esposa debería ser silenciosa y acatar las órdenes de su marido.
    Pronto fui con mi nana Eduviges que leía las cartas para que me dijera cuál sería mi destino.
    Me dijo que las cartas mostraban que tenía la fuerza necesaria para cambiarlo.
    No lo pensé más y lo primero que hice fue hacer el silencio de mi madre eterno. Después estudié anatomía con mi padre y Lucifer se deleitaba lamiendo sus huesos.

    Gerardo Rodríguez Abril 2015

  12. Remedios nació sorda así que mi abuela le ponía un par de caracolas en los oídos para que pudiera oír un poco al menos.
    Casi nunca se le veía en casa, en cada oportunidad se escapaba para irse a jugar en el barro a un lado de la fuente, compraba pequeños frascos de pintura con los que teñía el barro y hacia pinturas que borraba cuando escuchaba los gritos desaforados de la abuela llamándola a comer.
    Remedios tenía 14 años cuando se enamoró de un músico de la filarmonica que llego a tocar en la fiesta del pueblo. 3 meses duró el noviazgo antes del matrimonio, nunca tuvieron hijos.
    Ella seguía usando sus caracolas para oírlo tocar, hasta que el enfermó y murió, el único recuerdo que le dejó fue está rara foto en la que el fue desapareciendo poco antes poco ¿El gato? ¿Cual gato? Solo están ellos dos.

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