Viernes creativo: escribe una historia

 

¿Qué te sugieren estos rostros incompletos? Son obra de Anna Coleman Ladd y detrás de ellos hay una historia muy interesante que puedes conocer aquí (gracias, Fulgen por el enlace).

Con este #viernescreativo nos tomamos vacaciones de verano. Esperamos regresar con el otoño, pero vosotros no dejéis de escribir.

 

Anna Coleman Ladd

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

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16 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. El forense analizaba los cuerpos fragmentados, los rostros incompletos, de una manera rutinaria y fría. Hasta que se encontró con aquella mitad de cara. En ella había un solo ojo que estaba semicerrado (o semiabierto). El médico se imaginó que pretendía decirle algo, aunque no sabía exactamente qué. Procedió a separarle los párpados y se encontró el más hermoso ojo que jamás había visto. Tenía varios tonos de verde y transmitía serenidad y belleza. “Seguro que la que tenía este rostro era una modelo, con facciones perfectas”.
    Le acercan el expediente del caso: se trata de el rostro de un hombre de 53 años, que solía ir ebrio por el barrio y que fue objeto de un cruel asesinato, con ensañamiento.
    El médico vuelve a mirar al ojo y sigue pensando que es el más bello que ha visto en toda su vida.

  2. ¡¡Felices vacaciones, Fernando!! Echaré de menos el placer de participar y seguiré escribiendo, no lo pongas en duda. Un abrazo.

  3. LA TIENDA DE DISFRACES
    — ¡Vaya! Tienen unos disfraces muy logrados — dijo Sebastián cuando entró en la tienda de disfraces. Me ha fascinado el “Fantasma de la Ópera” que tienen en el escaparate. Aunque yo he entrado por curiosidad, para ver si tienen el de Edgar Allan Poe.
    El dependiente lo miró de arriba abajo sin que una sola palabra saliese de sus labios y comenzó a teclear en el ordenador a una velocidad inhumana. Tras unos escasos minutos en silencio, Sebastián comenzó a hablar:
    — ¿Sabe? Me encanta escribir relatos de terror y Edgar es tan… — su voz quedó interrumpida tras el silencio continuado del otro.
    El dependiente, tras haber terminado su búsqueda, levantó la cabeza del teclado para sonreír. Pero sólo le salió una mueca tan retorcida que al joven le recorrieron uno y mil escalofríos por la espalda.
    — Lo siento. Lo tenemos que… — contestó con voz grave y volviendo a hacer el mismo gesto — lo tenemos reservado. Vuelva después de Halloween — zanjó.
    Y abrió la puerta situada detrás del mostrador. Mirándolo de arriba abajo de nuevo, desapareció en la oscuridad. Sebastián se fue, además de la invitación tan clara a marcharse por parte del hombre, por el hedor que salió tras haberse cerrado.
    Sebastián, ojeando el periódico local varios días después, encontró en portada: “Vandalismo en el cementerio la Noche de Halloween. Restos de personajes famosos han sido robados de sus tumbas”.
    Se acercó corriendo al escaparate de la tienda de disfraces para descubrir, asombrado, el realismo total de los personajes expuestos. Ninguno de ellos era el que escritor de terror. La mano le bailaba en el picaporte cuando lo giró para entrar y preguntar.
    El mismísimo Edgar Allan Poe estaba allí, detrás del mostrador, con aquella mueca retorcida que tanto había empezado a odiar.

  4. Pacientes de Anne Coleman

    —Qué cara más dura, siempre nos vemos en tu casa —me dijo ella, tres cuartos de hora después de la hora de nuestra cita.
    —Sí, pero a mí nunca se me cae de vergüenza por llegar tarde —contesté yo y le enseñé las gomitas, escondidas entre el pelo, con que sujetaba el rostro.
    —A mí tampoco —respondió mientras se quitaba su propia máscara y me desnudaba a mí de la mía, dispuestos a ser los que solo éramos para nosotros.

  5. RECUERDOS

    Todos los hombres que me han amado me han dejado un pedacito de ellos, que con tanto cariño atesoro.

    De algunos me quedé con su mirada, que siempre me hablaba de amor sin palabras, haciendo latir agitadamente mi corazón.

    De otros me guardé sus labios, que me besaron con tanta pasión que me hacían enloquecer.

    De alguno ambas cosas, que me fue imposible separarlas por todo lo que me hicieron sentir a la vez.

    Lo que más me costó, fue deshacerme del resto de ellos, no me aportaba nada y ese recuerdo será mejor olvidarlo…

  6. El coleccionista de rostros.

    No lo puedo evitar, soy un veleta: un día me gusta una cosa y al siguiente la contraria. Me pasa con todo, aunque eso no tendría mucha importancia si no fuera porque me sucede también con el aspecto de mi cara: y es que me cuesta mucho encontrar la que más me gusta. Un día me miro al espejo y me digo: “el ojo derecho no me gusta, aunque el izquierdo sí”, otro día la nariz me resulta muy chata, al siguiente demasiado puntiaguda, y no digamos con la boca: que si muy grande, que si muy pequeña. Un día quiero tener bigote, al día siguiente barba pero sin bigote, otro día ni barba ni bigote. Hay días que me levanto y quiero ser negro, otros japonés, inclusive esquimal. Un día quise ser Marlon Brando y no veáis el disgusto que me llevé cuando supe que ya había muerto. Lo cierto es que es un verdadero fastidio, lo sé. Y lo peor no es cambiar de aspecto, no, lo peor es que no siempre encuentro a alguien por la calle a quién poder matar para robarle su rostro.

    ©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
    @ObservaParaiso

  7. 3 x 1, por Luciano Doti

    Tomo la bebida para ver más allá y veo máscaras. Cada una es una parte de una persona. Tres máscaras, tres rostros de una misma persona.
    A mí no me engaña. Yo distingo que en los tres casos es él. Que según como lo mire, o según como se muestre, me revelará una verdad en diferentes tonos que es siempre la misma.
    Cuando la bebida deja de hacer efecto, veo tres rostros diferentes que por poco me engañan, pero ya sé que son uno solo.

  8. ¿Quiénes somos?

    Me han conducido a una sala acristalada y dos policías me han interrogado sobre movimientos anarquistas, propaganda subversiva, financiación ilícita, Venezuela. Si sabía quién era Alfredo Barajas, Roberto Ciempiés, Fernando Vicente, el Capitán Llobregat y no sé cuántos nombres más. Me han mostrado decenas de fotografías. Hombres rubios, morenos, pelirrojos. Con bigotes, barbas, lampiños hasta que me han presentado un retrato tuyo. Aturdida, he preguntado qué relación guardabas con esas personas y me han asegurado que todas las fotografías que había visto correspondían a la misma persona, tú. ¿Quién eres?

    ¿Y tú? A mí también me han interrogado sobre ti.

    ¡Feliz verano a todos! Nos vemos en septiembre, o antes.

  9. ES MÍO. ME LO LLEVO
    Mi abuela nos crio, en el campo. Fue muy recta con nosotros. Nos lavaba los dientes dos veces al día, cuando nadie aun lo hacía, con unos cepillos de cerdas que fabricaba ella misma y luego hacíamos gárgaras con un enjuague de menta y ajenjo. Los vecinos se burlaban cuando nos veían escupir ese mejunje al lado de los gorrinos. Ella, sin embargo, afirmaba que se puede conocer la categoría de una persona mirándole la dentadura, como a los caballos.
    Escapé de su disciplina una noche de adolescencia. Le deje, a modo de adiós, mi cepillo “de boca”, como ella los llamaba, dentro de la bacinilla.
    Años después, en el accidente, lo perdí todo: mi memoria, mi cara, mi identidad. Mi documentación se quemó y sus cenizas se llevaron todo vestigio de mí. Así me convertí en un monstruo, un cerebro que deambulaba por los hospitales dentro de un cuerpo sin identificar. Me colocaron un rostro postizo, atado como un antifaz, sobre lo que quedaba del mío. Me miraba en el espejo y me repetía que ese era yo. Un día, una mujer se acercó y puso el dedo en mi boca. Dijo: “es mío, me lo llevo” y me sentó a su lado en una camioneta. Cuando aparcamos, el olor acre y el gruñido de los cerdos me reconfortaron como si, por fin, hubiera llegado a casa.

  10. DAR LA CARA

    Los avances de los alemanes, retrocedieron con las ofensivas de los Aliados. Alemania, en plena revolución de 1918, solicitó el armisticio; finalizando así, la Primera Guerra Mundial. Los héroes de guerra, con el patriotismo en arteria recorriendo todas las partes de su cuerpo, esperan ser condecorados con la medalla al honor; otros, aun no estando de acuerdo con entrar en guerra, también se han visto obligados a dar la cara por su país. Los soldados franceses, ilusionados con sentir de nuevo la calidez en sus cuerpos, regresan a sus hogares con cicatrices de guerra: miembros amputados, secuelas psicológicas y desfiguraciones. Las primeras y las segundas, aceptadas por la sociedad, se integran en el paisaje de una Francia de principios de siglo XX; las últimas, como si se tratase del jorobado de: Notre Dam de París, de Víctor Hugo, retornando a tiempos remotos, tratan de ser desmembradas de la belleza de sus monumentos y sus calles, como por arte de magia. Los arquitectos, construyen grutas artificiales para ocultarles de la luz del día; los empresarios, les ofrecen la invisibilidad de la oscuridad, y de la noche, para trabajar; las jóvenes amadas, que esperaban impacientes la llegada de sus prometidos, al ver aquellos engendros con los que preveían casarse: pensaban que eso de que la belleza está en el interior no iba con ellas, y rezaban por encontrar algún soltero, viudo o cuarentón por marido, para solventar las penurias de su nevera. La información de que aquellos rostros desarbolaban la belleza interior de las almas de los soldados y de la poca plasticidad que la cirugía ponía en repararlo, navegaron, por ultramar, en una botella de champagne y al descorcharla, ya sin espuma, llegó a oídos de la artista estadounidense, formada en París y Roma, Anna Coleman. Por suerte, con su marido designado como director de la Oficina del Niño en Toul, la Cruz Roja Americana en París le dio consentimiento para viajar a París. Desnuda de todo prejuicio, con no más ropa que la puesta, regresó a la tierra que vio crecer sus primeras raíces como artista, y con cincel en mano para esculpir los rostros y su estuche de acuarelas para dar un poco de color a sus vidas, les desenmascaró de la disociada oscuridad en la que la sociedad les había apartado.

  11. Anna
    Cuando Anna recibió al nuevo pacient, se asustó.
    Se había hecho famosa por las reconstrucciones tan bellas y realistas de los rostros de los lisiados. Anna tomaba las fotografías y los recuerdos de los familiares y amigos; cogía un grueso lápiz azul y perfilaba líneas maestras según le iban contando cómo sonreía, cómo lloraba, cómo dormía sobre trozos de cuero casi sin tratar. Luego, cuando había dibujado esas memorias, le presentaba los resultados al paciente y, según la expresión de sus ojos, iba ajustando su arte a la realidad. Era entonces cuando utilizaba cualquier material inerte a su alcance para devolver la vida a los mutilados, para conseguir que sonrieran unos años más, aunque fuera de manera tosca. Los bigotes, las gafas; con todo cubría las cicatrices amorfas que denunciaban la escasa pericia de los cirujanos en el frente. Se había hecho famosa Anna, y tenía encargos de todo el mundo: ahora un rostro gordo y lustroso; más tarde, unos ojos achinados; para finalizar, una boca carnosa y reluciente. Atusaba mostachos, peinaba barbas y graduaba lentes falsas. Era toda una cirujana plástica sin saber que lo era. Hasta que le llegó el encargo más difícil. Al leer el nombre en la ficha se estremeció. Quiso comprobar de inmediato los daños aunque sabía el dolor que le iba a causar. Pidió ver los cráteres del paciente. La avisaron de los dolores, del espanto de verse sin piel ni carne sobre el hueso, y le pidieron a Anna, que les dieran unas horas para poder sedarlo. La morfina hizo su trabajo y así pudo estudiar al paciente que no sentía ni sabía. Anna deslió las vendas y vio su rostro. Sonreía sin carne la mandíbula, el párpado derecho había quedado adherido al algodón y se había desprendido, faltaba media nariz y la poca carne de los labios estaba quemada. Lo cubrió de nuevo y marchó a su estudio. Allí recopiló todos los materiales de que disponía y modeló de memoria, tan familiar era de esa faz descarnada. Tras varias semanas, ninguno de las máscaras la satisfacía y no quería que ese hombre volviera a despertarse con un rostro artificial. Las enfermeras la acuciaban: el pobre diablo había intentado suicidarse varias veces y no sabían hasta cuándo podrían detenerlo. Así que Anna determinó finalizar esa operación como desde el primer momento había pensado.
    Anna tomó el lápiz azul y, frente al espejo, juró que devolvería la sonrisa a su hermano.

  12. CAPAS DE IRREALIDAD

    Decían que sus vidas eran incompletas. Trozos de piel cuyo espesor variaba según el sentimiento que sufrieran. Capas de instantes funestos que hacían desprender trocitos de su epidermis entre lágrimas, mucosidades y sudor.
    Quizás no fueran más que unas máscaras para ocultar la sonrisa, el júbilo de ser, la satisfacción de estar o el gozo de amar. Eso no lo sabremos, porque sólo muestran, entre miradas apagadas y bocas mudas, la irrealidad que ellos han decidido vivir por no hacer sufrir a quien lo tiene todo y no lo sabe apreciar.

  13. NORTON
    Cuando se paraba a pensarlo, Phil Norton concluía que había sido una bendición que la esquirla de aquella bomba alemana se le llevara media cara una mañana de febrero de 1918. Antes tenía un aspecto anodino y vulgar; ahora poseía tres interesantes rostros.
    El primero lo utilizaba para estar en casa con Susan. Phil pidió que el rostro le hiciera parecerse a Rodolfo Valentino, el actor que fascinaba a su mujer y al resto de mujeres del país. Todas las noches, ella daba apasionados besos al caíd Ahmed, a Juan Gallardo, al duque de Chartres. Phil, desde luego, debía esperar a que Susan se quedara dormida para quitarse la máscara.
    Phil llevaba un rostro distinto en la oficina de seguros en la que trabajaba. Era del que se sentía más orgulloso. La máscara estaba adornada con un fino bigote que le hacía parecerse a John Gilbert, su actor preferido. Las mujeres se llenaban de confianza cuando veían a Phil, lo que éste aprovechaba para venderles toda clase de seguros.
    El último rostro lo utilizaba Phil para recorrer los garitos clandestinos. Había pedido al escultor que le fabricara una máscara que se pareciera al Lon Chaney de Nuestra Señora de París. Así conseguía Phil que nadie se acercara a él mientras se estaba tomando una taza de whisky.
    A veces, cuando regresaba a casa un poco bebido, Phil se quitaba la máscara y se divertía asustando a los viandantes. Le hacía gracia observar los rostros desencajados por el miedo.

  14. Ménage à trois

    -Me temo que la parte que a ti te sobra es la parte que a mí me falta, expuso el rostro con boca pero sin ojos.
    El rostro sin boca abrió mucho los ojos asintiendo.
    La oreja, al margen, escuchaba atenta lo que allí se decía. No comprendía del todo dada su ineptitud.
    Sólo faltaba una base donde adaptarse. Eligieron a una mujer que atendía a su bebé en el jardín. Los tres pedazos orgánicos abrazaron, en orden, el rostro de la mujer que, extrañada al principio, pronto adoptó un nuevo carácter, dándole una impetuosa orden al bebé para que dejara de llorar.
    El bebé aún lloró más si cabe al no comprender lo que le indicaba aquel adusto hombre desconocido.

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