Viernes creativo: escribe una historia

Creemos que la realidad es una, pero es tan solo nuestra percepción. Así nos lo muestra Isabel M. Martínez en esta fotografía de la serie The weekend. ¿Serías capaz de escribir dos historias a la vez?

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Isabel M. Martínez

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8 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. -¡Mírala, ahí va esa indecente, moviendo la cadera e insinuándose a todo el personal masculino de la empresa! ¡Cómo me gustaría que le diesen un buen escarmiento!
    El conserje, tras decir esas palabras, se sintió mejor. Era mucha la presión que sufría en su trabajo y, de alguna manera, tenía que liberarse. Esa mujer nunca le había caído bien. Se llamaba Esperanza. Le parecía una vecina despectiva, altiva y que estaba tan podrida de dinero que no sabía lo que era vivir con honestidad y decencia.
    ……………

    Rosa ha quedado con su amiga Esperanza. Sigue viéndola porque le da mucha pena. Es cierto que es un tanto rara, pero está totalmente justificada su actitud, pues la perrería que le hicieron, siendo niña, es para dejar trastornada a cualquiera. Rosa apura el paso, pues ya es un poco tarde. Cuando ya estaba cerca del lugar del encuentro, oye un ruido muy fuerte, como de un coche derrapando. Cuando llega, horrorizada, comprueba que su amiga está en el suelo, en medio de un gran charco de sangre. “Porca miseria”, piensa, mientras trasladan el cadáver.

  2. Leo entre rejas la historia de aquella mujer embaucadora, la historia de sonrisa y gafas oscuras en días soleados, leo distorsionado por estos barrotes que no me dejan ver la realidad al completo, que me lo tergiversan a su antojo o quizás a mi antojo para acomodar los hechos a un entendimiento más amable, menos doloroso. Leo lo que he escrito, lo que relaté, quizás para librarme de fantasmas que anuncian cada noche una tempestad interna o simplemente para intentar entender qué sucedió, qué incitó ese desequilibrio que aquí me ha llevado.

  3. Poco después de la hora de cerrar, la directora del banco ya estaba en la calle. Se adentró, para ahorrarse tiempo, en el solitario parque. Había quedado para almorzar, con su hermano, en el “Gulag”, un nuevo local de moda. Todo el mundo hablaba de lo bien que se comía allí. Pensando en sus cosas, le sorprendió ver, a través de una verja, a un joven sosteniendo un libro abierto. La curiosidad pudo más que su prisa y el mal aspecto del chaval. Vio que era “Crimen y castigo” de Dostoievski. Cuantos recuerdos le vinieron a la mente. Siempre le había gustado esa novela. Incluso había visto en youtube la teatralización emitida en Televisión Española, cuando aún no había nacido. Ensimismada, no sintió el hachazo que hendió su frente e hizo que cayera ante su evocación.

  4. Mazinger
    Sábado después de comer, los ojos fijos en la pantalla. El Doctor Infierno detalla sus planes para destruir Tokio. La parte masculina del Barón Asher se ríe jajaja, pero la femenina replica Pepe, por favor, no bebas más. El Doctor Infierno  no tolera las objeciones y con voz atronadora responde a su subordinado Tokio será escombros, no me digas lo que tengo que hacer. Así que un robot gigante se lanza contra la ciudad y arrasa todo a su paso y de un trago se bebe otra copa de coñac. Dan la alarma en el laboratorio, planeador abajo hay vecinos, Pepe, por favor, no grites, qué van a pensar. Un policía saca la pistola y dispara al robot mientras grita ¡alto, alto, los vecinos me sudan la polla! Una mujer abraza a su hija y llora Pepe, por favor, deja de beber y el policía le dice ¡corra, huya,  me estás tocando mucho los huevos ya! Mazinger llega y se planta frente al monstruo ay, Pepe, por favor déjalo ya que luego te pones muy violento. El robot malvado dice no te me subas a la parra que te meto dos hostias
y Mazinger se enfrenta déjala en paz, papá. Puños fuera.
    Koji Kabuto tiene los ojos grandes y le tiemblan  al intentar retener una lágrima mientras piensa ojalá el abuelo estuviera aquí.

  5. Miopes

    Hace apenas dos años, Olga y yo adquirimos idénticas gafas, en la misma óptica y con iguales graduaciones. Yo rebajé unas cuantas décimas las dioptrías de mi ojo derecho y ella aumentó un poco las de su ojo izquierdo. Un acto inútil solo al alcance de enamorados o de gemelos con padres cortos de vista. Al principio, nuestra visión del mundo era exacta. Disfrutábamos con las mismas películas, nos intercambiamos los libros o nos indignábamos a la par delante del televisor y, cuando nos entraba la duda, solo bastaba mirarnos para comprobar que Lucia tuvo buen ojo al presentarnos. Más de una vez, seguro que Olga utilizó mis gafas y yo las suyas. Pero hace unas semanas, Mónica nos invitó a su casa para conocer a su última conquista. Un tipo arrogante, egocéntrico, sin cultura, que defendió el capitalismo liberal con fanatismo y, para rematarlo, se destapó como un acérrimo culé. Nada que ver con Mónica, que se mostró especialmente encantadora, dicharachera y ocurrente, en sin duda una de sus mejores noches. Olga no lo vio así, más bien todo lo contrario para mi consternación. Desde entonces, cada vez con más frecuencia, sus ojos y los míos no coinciden en sus miradas, aunque disimulo. Ella asegura que se nos ve genial cuando posamos delante del espejo y yo, aunque en silencio, creo que es hora de renovar las gafas.

  6. Siestas
    Siempre que abría el libro del abuelo, se me escapaba algún personaje. A veces era una señora con vestido antiguo y guantes hasta el codo. Otras, un hombre bajito y bigotudo, que fumaba como un carretero y llenaba el altillo de humo. Y muy de vez en cuando, la mujer misteriosa de las grandes gafas oscuras. Ella era mi preferida, pero jamás conseguí que dijera más que unas pocas palabras. Me miraba sobre su hombro. Daba dos o tres vueltas por el cuarto, desempolvaba los almohadones del viejo sofá y se sentaba en él, cruzando las piernas como una diva del cine. Fruncía la nariz, y se quedaba allí, como esperando que le pidiera un autógrafo.
    Por más que lo intentaba no lograba sacarle más que dos o tres frases misteriosas. Se hacía la hora y tenía que poner el libro a sus pies para que volviera a meterse. Eso lo hacía con cierta docilidad, pero sin dejar de mostrarse muy digna.
    La mujer regordeta de los guantes largos y el bigotudo, en cambio, hablaban hasta por los codos. Al principio era gracioso, pero cuando me di cuenta de que contaban lo mismo una y otra vez, comencé a prestarles cada vez menos atención. Las recetas de ella, las repetidas aventuras de él, me aburrían. Hablaban y hablaban sin parar durante toda la siesta. Así que al final, solía acercarles el libro antes de lo necesario para sacármelos de encima de una vez.
    Ellos se iban refunfuñando y recelosos. Porque de algún modo habían adivinado que mi preferida era la mujer de las gafas oscuras.
    Al final del verano, me despedía de ellos hasta las próximas vacaciones en casa de los abuelos. Hasta las próximas siestas, once meses después.
    El año en que cumplí los doce, cuando abrí el libro en la primera siesta del verano, no funcionó. No salió ni uno solo de todos los personajes conocidos. Lo mantuve abierto durante toda la siesta, pensando que tal vez se habían retrasado. Pero nada. Ni la señora del vestido, ni el fumador, ni, muy a mi pesar, la misteriosa mujer de las gafas.
    Nunca más supe de ellos. Por eso, cuando hoy he venido a poner en venta la casa de los abuelos, y mis zapatos de adulto pisaron la impecable capa de tierra del altillo, me sorprendió ver el libro abierto sobre la mesa desvencijada. Estaba libre de polvo, como si alguien recientemente lo hubiera colocado allí. En el suelo, justo debajo, una colilla aún encendida y un guante largo manchado de sangre.

    http://laletradepie.com/siestas/

  7. CONSTRUCTORA DE PRUEBAS
    Cuando me hablaron tan bien de aquella agencia de detectives —sin pensarlo tres veces—, les encargué que investigaran los líos de minifalda de mi esposo. Previamente, me informé de que tenían todo controlado: en relación a la destrucción de pruebas y en cuanto a la ley de protección de datos —temas que me tenían muy preocupada—, y esto, si cabe, me tranquilizó más todavía. Pero, gracias a la señora Sagrario —que era una pluriempleada empleada del hogar y que, casualmente, compartía con la agencia—, descubrí el pastel, e incluso la botella de cava —la que se tomaba el agente secreto, en horas de servicio—. Días más tarde, doña Sagrario, al husmear en modo alcahueta —a pesar de que esta faceta no le iba con el cargo ni con el sueldo— en el interior de la bolsa de basura que, cada mañana, recogía de la destructora de la agencia para tirarla al contenedor azul, encontró papel fotográfico en el que se adivinaron unas gafas de sol ovaladas —para no freírse los ojos—; y, al tratar de recomponerlo, descubrió una mujer —que le parecía casi como de la familia—, y que lucía un falaz vestido de lino oscuro —con el que se había peleado tantas veces, durante sus horas de planchado, y del que habían emanado sus peores pesadillas laborales—, se percató de que la estupenda señora de la foto, era yo. Aunque, no fue que me confundiese con la amante de mi infiel esposo lo que más me cabreó —al menos de momento, a no ser que los venideros de la muerte nos separen, o que nuevas pruebas me avalen el divorcio—, no. Al tratar de recomponer la otra foto, pudo comprobar que, entre las cualidades detectivescas del investigador privado que me habían asignado: no rezaba la de ser muy avispado en el arte del disimulo —haciéndose selfies en el reflejo de los escaparates, dentro del horario laboral—, ni tan siquiera parecía que hubiera leído un libro en toda su existencia —¿cómo podía tratar de pasar las páginas de tratado sobre la ley de oferta y demanda del látex, con guantes de piel?— y, al parecer, o era su primer día de trabajo en prácticas —con lo cual se destapa la hipótesis de que confundió lo de realizar un espionaje en cubierto, con hacerlo a través de las cubiertas— o tal vez — por no quitarle mérito al chaval— se tratase de un fetichista de las cubiertas de los libros. El caso es que, de momento, me estoy planteando que si, doña Sagrario, me deja todas las horas al precio que marca el convenio colectivo de empleadas del hogar, tal vez le asigne nuevas labores detectivescas remuneradas, para ver si le saco algún dinerillo a la agencia, o tal vez, lo intente de nuevo con el desgraciado con suerte del muflón de mi marido.

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